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viernes, 6 de mayo de 2022

En busca del instante liberado del tiempo

Nos acompañan palabras relacionadas con el tiempo numerosas veces al día, pero no nos preguntamos lo suficiente cuál es la naturaleza del tiempo. Marcel Proust lo hizo, a ello dedicó toda su obra y su vida. Su descubrimiento fue poder “aislar un poco de tiempo en estado puro” y lo consiguió cuando el azar hizo que se fundiesen el pasado y el presente al destaparse la parte de la memoria que guarda impresiones olvidadas, tan cotidianas como el sabor de una magdalena mojada en té, el ruido de una cuchara sobre un plato o la sensación de pisar dos losas desiguales. Pero no voy a hablar de Proust sino a trazar a través de unas líneas un dibujo (impreciso será) sobre las diversas concepciones del tiempo y sobre la experiencia.

Al no disponer de un órgano específico que nos haga sentir el tiempo directamente, necesitamos la imaginación para invocar la memoria y anticipar o desvariar sobre el futuro. No todas las culturas y los seres han entendido y vivido la experiencia temporal y espacial de la misma manera. En esta cultura occidental cristiana nuestra, la concepción que tenemos es longitudinal, controlada, medida y remedida en segundos, minutos, horas, días, meses, años, siglos, delimitada siempre en función del aprovechamiento productivo o de la pérdida, por eso se habla tanto del tiempo ganado, gastado, ahorrado o comprado, como si la vida tuviese como finalidad pertenecer a una cadena de montaje y como si el presente solo tuviese sentido siendo eslabón de esa cadena, no como un estado completo. Así concebido el tiempo, no podemos detenerlo, cada etapa de la vida la vivimos solo como un eslabón para ser adulto y viejo, de ahí nuestro miedo a la vejez y a la muerte, y de ahí también la incomprensión hacia niños y jóvenes a los que nos esforzamos en preparar solo para ser “hombres y mujeres del futuro”, no para vivir y disfrutar de su presente. No en vano la palabra infancia viene del latín “infans” (el mudo, el que no habla, el sin voz), o lo que es lo mismo “cuando seas padre comerás huevo”.

Esta obsesión por el tiempo enlatado y encorsetado en bien de una puntualidad para la mejora de la producción en el trabajo, chocaba en mi infancia y adolescencia con mi despiste continuo por cualquier acontecimiento que se me ofrecía a los sentidos. Por las mañanas, camino de la escuela, me resultaba difícil no poder pararme con mis vecinos cuando los veía realizar sus oficios (entonces se trabajaba con las puertas abiertas) para satisfacer mi curiosidad de niña, o no poder mirar despacio las flores de las que emanaban perfumes tan sugerentes desde los jardines próximos (en aquel tiempo las rosas y los alhelíes olían), o tener que separarme de alguna amiga con la que me hubiese quedado hablando, sin que alguien me avisara de que era ya tarde. Se me antojaba que la hora de entrada en la escuela era una imposición contra natura, por eso comencé a odiar los relojes, los horarios y la palabra “adiós” (y no por su origen religioso).

Uno de los lugares donde me refugiaba y escapaba de los relojes, era bajo el arbusto del jazmín que teníamos en el jardín de la casa familiar y donde me escondía siempre con algún libro, intentando liberarme de las horas. Otro espacio era un molino en ruinas desde donde podía ver correr el agua del río en los veranos y donde el día de mi octavo cumpleaños destruí el reloj que me regalaron, porque sentí, como años más tarde me enteré que Cortázar y otros también, que el regalo era yo y el homenajeado era el reloj. Como el anarquista Martial Bourdin que quiso detener el tiempo atentando contra el Observatorio de Greenwich Park y aunque perdió la vida, hizo su batalla. ¡Es tan bello poder detener el tiempo aunque sea en instantes tan breves!

William Blake, El anciano de los días, 1794

Además de la visión del tiempo longitudinal occidental, existen otras formas de sentirlo y vivirlo. Los humanos primitivos ordenaban los hechos en relación a sucesos próximos, “nació después de los últimos hielos” o “vino cuando florecen los cerezos”.

Para los aymara, habitantes de los Andes, el tiempo y el espacio no se disocian, tienen una concepción holística que recuerda a Einstein, es un tiempo circular y flexible. Lo singular de los aymara es que invierten la flecha interna del tiempo, utilizan el mismo término para referirse al pasado y para nombrar lo que se ve delante, extendiendo los brazos hacia delante cuando se refieren a lo que pasó y hacia su espalda cuando hablan de lo que sucederá, para ellos el futuro está detrás. En general, las culturas latinoamericanas y las orientales, practican la lentitud para vivir los instantes que se nos presentan cada día. Si se llega después de la hora acordada, nadie se enoja, se sabe que una hora de tardanza es un tiempo prudente cuando no depende de ello la vida de alguien.

Borges, apelando a esa concepción circular del tiempo desde la literatura, describe en uno de sus libros la historia del pájaro Goofus, que vuela hacia atrás “porque no le importa adónde va, sino dónde estuvo”. Borges es un gran investigador del tiempo, contó también la historia de Funes el Memorioso, que tenía más recuerdos de los que ha tenido toda la humanidad, pero solo recordaba datos, no abstraía ni pensaba.

Y Ray Bradbury, en su relato “El sonido del trueno”, narra un viaje temporal, preciosa descripción donde se reflexiona sobre lo que puede variar el presente si cambiamos algo del pasado, tras haber pisado una mariposa.

El físico italiano Carlo Rovelli (un continuador de la obra de Stephen Hawking) dice que “si queremos aprender más acerca del universo tenemos que cambiar nuestras visiones sobre el tiempo”. Creer que el tiempo es lineal, como dice la filosofía tradicional cristiana, es pensar en una cuerda estirada con momentos ordenados, medible con relojes, esto es como decir que la tierra es plana. El tiempo no funciona así, aunque nos lo hayan hecho interiorizar de esa forma.

Las preguntas que podemos hacernos dependerán de los ojos nuevos con los que miremos. ¿Se podrá detener de algún modo el tiempo para evitar que el olvido apague nuestra memoria sin convertirnos en el Memorioso? ¿Es el tiempo un río que fluye? ¿Tiene forma? ¿De qué manera podemos liberarnos de la visión tradicional rectilínea y productiva del tiempo? ¿Y si el tiempo es uno con el espacio? ¿Y si el aleteo de una mariposa no solo hace variar las cosas en el espacio sino también en el tiempo?

La imaginación, “el órgano que tenemos para gozar de la belleza” (que diría mi amigo Marcel Proust), ha nutrido el sueño de la humanidad y el afán de científicos, filósofos, poetas y músicos por descubrir de qué material está hecho ese juego de espejos y espejismos que llamamos tiempo. Estoy convencida de que entre las páginas de “En busca del tiempo perdido”, alambiqueando la música contenida en ellas, se halla la respuesta a muchos interrogantes de la ciencia sobre el tiempo.

Eirene

sábado, 23 de abril de 2022

LA PARCA

Por no decir la muerte, que lo digo ahora.

   Se ha convertido en un lugar común el decir que la mera mención de la muerte es un tabú en el mundo occidental. Y, sin embargo, se puede decir sin temor a equivocarse demasiado que la muerte es y ha sido el factor más determinante en la construcción de las sociedades humanas, incluyendo la actual con toda su carga de hedonismo y abundancia material cada vez peor distribuida, y que forma parte e incluso determina un gran número de nuestras decisiones y creencias. El mero intento de enumerar la infinidad de veces que hacemos mención a la muerte de manera indirecta en las expresiones populares –“hace un calor que me muero”, “estas croquetas están de muerte”, etc.– sería agotador.

   Cada sociedad ha tenido una manera diferente de racionalizar o percibir la muerte. El ser humano ha sido víctima de una gran jugarreta por parte de ese extraño ente abstracto que hemos dado en llamar naturaleza; es el único ser vivo con la conciencia clara de su inminente desaparición física y espiritual. Para la mayoría de las civilizaciones y los pensadores anteriores al cristianismo, el Más Allá, si existía, era un lugar oscuro donde los espíritus vagaban por la eternidad sin la menor esperanza. Dentro de Occidente, fueron los pitagóricos los primeros que idearon la idea de que la vida era en realidad una especie de preparación para una existencia posterior con lo cual se empezó a sistematizar la vida y darle algo muy parecido a lo que hoy llamaríamos un valor de mercado; tanto vales, tanto tienes. O, lo que es lo mismo, dependiendo de la vida que hayas llevado, te reencarnaras en un ser mejor del que fuiste o en un sapo. Pero fue Platón el primero en darle a la muerte una dimensión política, y a integrarla en una escala de valores sociales de practicidad casi cotidiana.

   Todo tiene un orden y un porqué en el mundo platónico. El mismo estado ideal diseñado por él, con la vista mucho más puesta en el modelo de Esparta que en el de la propia Atenas, está dividido en tres clases sociales establecidas a perpetuidad; los gobernantes –con un alma racional–, los guerreros –alma irascible– y los artesanos –alma de templanza–. Dichas clases sociales no deben en ningún modo entremezclarse, ya que esto perturbaría lo que se entiende como el modo natural de las cosas. Del mismo modo, esta visión del mundo implicaba también un determinado orden cósmico en el cual la Tierra figuraba como centro del universo, ya que era el lugar de residencia de los seres humanos. Y a partir de allí se dio el paso siguiente; la antropomorfización de la muerte. Esta ya no era el fin del proceso biológico que constituye cualquier vida animal, sino que, corrigiendo y aumentando las creencias pitagóricas, era una puerta a una existencia posterior poco definida pero que de alguna manera reflejaría los méritos contraídos en la existencia terrenal presente. Lo que es más; por primera vez se ligaba la obediencia a ese estado supuestamente perfecto con la piedad religiosa. De ahí que en “Las leyes”, su obra casi póstuma, Platón llegara al extremo de recomendar que aquellos individuos que desobedecieran al estado que él había trazado en sus dos obras más claramente políticas –la propia “Las leyes” y “La república”– fueran internados en campos de concentración e incluso exterminados si perseveraban en su impiedad o falta de reverencia al orden establecido.

   No fue pues por casualidad que los primeros pensadores cristianos de relieve, especialmente Agustín de Hipona, vieran en el platonismo y en su misma teoría del conocimiento, que da preponderancia al mundo ideal ubicado en la mente de Dios antes que al mundo perceptible por los sentidos, una base filosófica que no podían encontrar en ningún otro pensador pagano, ni siquiera el mismo Aristóteles, muy escéptico en cuanto a la existencia del alma, y que no fue reabsorbido por el pensamiento cristiano hasta que Tomás de Aquino entró en contacto con el pensamiento musulmán de la época. Una base filosófica que, además, reproducía las estructuras jerárquicas del propio Platón.

   Dicho de otra forma, por primera vez en la Historia empezaron a diseñarse estados cuya base filosófica esencial era una religión que prometía liberar a los seres humanos de la carga de la muerte y que además ofrecía la golosina metafísica de una recompensa adicional. Unos estados de carga teocrática, en la que cuestiones tales como la moral y el control de la personalidad individual estaban reglamentados de manera más rígida que en ninguna sociedad anterior. De ahí las nuevas prioridades arquitectónicas, como la construcción de inmensas catedrales y otros lugares de culto, la sustitución de la filosofía por la teología, y de la búsqueda del conocimiento por la fe. Una vez que se ha construido semejante edificio ideológico, resulta casi imposible desmontarlo y volver a poner los cimientos de un pensamiento racionalista. Las primeras generaciones de cristianos daban escaso valor a la vida al estar convencidos de la inminencia de la parusía, y uno de los motivos que llevaron a Agustín de Hipona a escribir su libro “La ciudad de Dios”, fue justamente la necesidad de darle una orientación a esas generaciones que vivirían en la espera de una segunda llegada del Cristo de una manera indefinida. De esta manera, el pensamiento cristiano pasó de una visión circular de la Historia (Creación-Edén primigenio --- Expulsión del Paraíso --- Llegada de Jesús --- Parusía-Retorno al Edén) a una visión aparentemente lineal y progresiva (Creación - Expulsión del Paraíso - Llegada de Jesús - Juicio final). Era lo que marcaban las exigencias de una realidad que no iba a poder separarse de las imposiciones terrenales en un futuro previsible.

La Parca

   Seguramente las razones del singular odio que acechó a Spinoza desde los primeros momentos de su carrera filosófica, desarrollada en una semiclandestinidad que duró durante toda su vida, fue su manera tan radical en el fondo como moderada en las formas de romper con todo este esquema de pensamiento. Allí donde el pensamiento cristiano se había fijado en el Más Allá, Spinoza predicó una visión de la existencia basada en el Aquí y el Ahora, y una ética basada en el conocimiento objetivo de la realidad y de la propia naturaleza humana. Si Copérnico, Galileo o Keppler habían tratado por todos los medios de que sus descubrimientos científicos no parecieran estar en una excesiva disonancia con los dogmas cristianos y, sobre todo, evitar entrar en colisión con ellos, el desparpajo libre de ataduras del filósofo holandés le llevó a poner en cuestión la naturaleza del mismo Dios, negando su supuesto antropomorfismo y situándolo en cada uno de los átomos del Universo, con una osadía que no se había visto desde el pensamiento de Demócrito –y más tarde Epicuro–, ese filósofo al que Platón odiaba de tal manera que lo refutaba de manera constante en sus diálogos sin citarlo por su nombre ni una sola vez. A partir de ahora, ya no sería el pensamiento teológico el que regiría el rumbo de la vida pública, sino la libre discusión racional entre individuos con iguales derechos sobre todas las cuestiones que afectasen a la ciudadanía. Más todavía; donde el pensamiento cristiano exigía ascetismo e incluso sacrificio Spinoza recomendaba un moderado hedonismo. Quizá uno de los capítulos más rotundos y memorables del “Tratado Teológico-Político” de Spinoza sea el sexto, aquel en el que refuta la existencia de los milagros con el sencillo pero demoledor argumento de que la existencia de los mismos implicaría una interrupción en el curso normal de las leyes naturales y que, además, de existir tal anomalía, su repetición se produciría de manera uniforme en unos tiempos que en otros, y no en períodos históricos muy concretos. Quizá esta sea una idea a la que incluso la física contemporánea no le haya sacado todavía todo el partido ni las conclusiones posibles.

   Spinoza había plantado una semilla a la que todavía le queda mucho espacio para germinar en nuestra época. Resulta evidente que el pensamiento fundamentalista islamista no tiene ningún interés en seguir los derroteros del filósofo “pulidor de vidrios” –como le llamara Borges–, pero este ha encontrado serios oponentes dentro del mismo pensamiento occidental. La idea del panteísmo spinoziano les causaba auténtico horror a pensadores como Kierkegaard o Unamuno, o el mismísimo Dostoievski, que, al igual que Platón más de dos milenios antes, no podían resignarse a la idea de que lo que ellos llamaban el alma individual se disgregase en el cosmos en una infinidad de átomos sin dejar el menor rastro de su existencia.

   Pero no hace falta centrarse únicamente en los filósofos y en su reacción a estas ideas. ¿Qué es lo que se vota aún hoy en día en numerosos países de todo el mundo, e incluso en nuestro en apariencia tan secularizado mundo occidental? Pues se vota sobre temas que afectan de lleno las creencias religiosas, como por ejemplo el aborto, o si la enseñanza debe ser privada –o sea, en muchos casos religiosa– o estatal –laica–. De una u otra manera, en el trasfondo de la vida política pervive la angustia que le produce al ser humano su finitud como individuo y las respuestas a la misma. Aunque quizá esto resulte más visible en estados que cada día toman más visos de repúblicas teocráticas, tales como Israel o incluso los Estados Unidos, por no mencionar, por demasiado obvios, estados claramente islámicos como Irán, Arabia Saudita, etc. No está claro en qué momento de su historia, si es que llega, los individuos que componen las sucesivas generaciones del experimento humano aceptarán de manera irrevocable su propia mortalidad. De ahí que se le pueda augurar una existencia casi perpetua a creencias como la transmigración de las almas, el haber vivido vidas anteriores –“porque estoy seguro de haber estado en este lugar en una vida anterior”–, o incluso la posibilidad ahora explorada por magnates como Jeff Bezos y en el pasado por hombres como Ponce de León de obtener alguna especie de elixir o el Dorado que garantice la vida eterna.

Veletri

viernes, 1 de abril de 2022

FELIZ CUMPLEAÑOS

En lo que a mí concierne, mis fiestas de cumpleaños nunca se han parecido a las que se ven en las películas, en las que suelen tomar parte incluso el canario del vecino, y ya no digamos el chucho. Eran unas fiestas muy recogidas en el ámbito familiar, y todavía más cuando se trataba de mis padres que a menudo ni siquiera celebraban el suyo propio con un estoicismo y falta de solemnidad que les caracterizaba. Pero a medida que pasan los años, esas fiestas toman un tono más agridulce al tomar conciencia de que cada año que cumples es uno menos que te queda por cumplir. Siempre ha sido así, por supuesto, pero la energía innata de la niñez y la juventud disimula todavía el paso de los años, el cual llega a ser innegable más adelante. Uno piensa entonces en lo que pudo haber hecho en el pasado y no hizo, en las decisiones equivocadas y acertadas, en la búsqueda del tiempo perdido, que habría dicho Marcel Proust. Y se echa a faltar la existencia de esa máquina del tiempo que te permitiese enmendar los errores pasados, esa máquina que se encuentra con tanta facilidad en infinidad de relatos y películas de ciencia ficción y series de dibujos animados, no sólo en la ahora tan cacareada y, en mi opinión, sobrevalorada, Rick y Morty. Pero incluso si dispusiéramos de esa máquina, ¿tendríamos la garantía de no volver a equivocarnos en nuestras elecciones? Quizá ya de partida ninguna de las elecciones posibles fuera buena, quizá el camino en el que nos habían plantado estaba ya tan ausente de buenas alternativas desde el principio de tal manera que cualquier senda hubiese llevado a la desilusión antes que a Roma.




    Por supuesto que la celebración de los cumpleaños, lo mismo que las de las Navidades o fiestas como el día del padre o de la madre se han convertido en una cuestión de marketing. Pero uno se obstina en celebrarlos de cualquier manera, y aprovecha, como es mi caso, para comprar libros que tenía en el punto de mira desde hace tiempo. Mi compra más celebrada de este último cumpleaños ha sido “O livro do desassossego” en el idioma portugués original, un libro con el que uno puede deprimirse a sus anchas viendo la sinceridad y el descarnamiento con el que Bernardo Soares, otro de los heterónimos de Pessoa, explica su propia vida.

    Por si faltará poco, las redes sociales nos han proporcionado otra herramienta del diablo no sólo para recordar la modesta efemérides de nuestro cumpleaños a los demás sino también para pasar lista de quien se toma la mínima molestia de mandarnos una felicitación por Facebook y quién no. Personalmente, siempre me llevo una pequeña sorpresa al ver los nombres de algunos que me felicitan y todavía se acuerdan de mí y también de comprobar la ausencia de personas de las que habrías esperado por lo menos un pequeño recuerdo. Te encuentras aquí con una aplicación práctica del Big Brother orwelliano a muy pequeña escala. Pero más allá de las pequeñas ingratitudes y mezquindades, el anotarte un año más en tu casillero no te hace ni más sabio ni más fuerte, sino sólo un año más frágil. Y por supuesto uno se acuerda también de todos los que ya no están, por haber fallecido o porque han desaparecido de tu vida por un motivo u otro. Pero al final es la irrevocabilidad de la vida la que da valor al paso de los años y a las decisiones que se tomaron, tanto las correctas como las que consideramos equivocadas. En “Viaje a Laputa y otros países”, el tercero de los cuatro viajes de Gulliver que narra Jonathan Swift en su libro, Gulliver llega a un país en el que la gente no muere, pero sí que envejece de tal manera que es incapaz de desempeñar incluso la más pequeña tarea o incluso de recordar en una especie de Alzheimer masivo. Se me ocurre que esta es una de las maneras que hemos encontrado los mortales de consolarnos de nuestra desaparición física; considerar la muerte como una necesidad para evitar males aún peores. Pero quizá el anhelo de la eterna juventud sea la mayor de todas las utopías humanas. De la misma forma que la utopía recurrente de los viajes en el tiempo en tantas y tantas películas de ciencia ficción y películas de dibujos animados parecen uno más de los muchos consuelos ficticios que los humanos hemos desarrollado en un intento de franquear las barreras insalvables del tiempo y el hecho de nuestra desaparición física.


Veletri

domingo, 2 de enero de 2022

IDENTIDAD

 

“Ser o no ser, ésa es la cuestión”: Hamlet, príncipe de Dinamarca (Shakespeare). 

 

A veces hay que ponerse frente al espejo, mirarse a la cara y preguntarse sin miedo, sin medias tintas y por derecho, ¿quiénes somos? Esta es una cuestión que el Mono Sapiens se plantea desde siempre, desde que tiene conciencia de sí mismo. Para responder a esta pregunta puede ayudarnos la neurociencia, que nos dirá que somos circuitos neuronales, bioquímica y neurotransmisores. La genética nos hablará de ADNs cruzados de nuestros antepasados, que pasan de generación a generación. La sicología nos hablará de emociones, razón y autoconciencia. La antropología nos habla de un Mono Sapiens tribal y sociable (hoy las tribus modernas serían países, naciones e ideologías). Y por eso somos usos, costumbres y tradiciones de las distintas tribus, que sedimentarán en el derecho consuetudinario y el derecho positivo. La filosofía intentará responder a esa pregunta trascendental que todos los seres humanos se hacen alguna vez en la vida. Así, somos experiencias (empiristas), emociones (románticos), razón (cartesianos), lenguaje (Wittgenstein), mera existencia (existencialistas), el yo y sus circunstancias (Ortega y Gasset), etc. Por no hablar de las religiones, que, al hablar de alma y espíritu, nos dan una identidad religiosa que trasciende lo corporal y material. 

  

Del mismo modo que hay una identidad personal, hay una identidad social, porque los pueblos tienen ese inconsciente colectivo (como diría Jung), esa memoria social y grupal, sedimento de tradiciones, usos y costumbres que pasaron de generación a generación. Este sedimento o poso cultural es el pegamento que une y da identidad a esas colectividades, naciones, estados e ideologías, tribus modernas que son la prolongación de las antiguas tribus del Mono Sapiens, un ser sociable que se agrupaba en grupos o comunidades. Esas tribus primitivas hoy serían las tribus ideológicas de izquierda o derecha. 

Hablar de identidades en Europa es hablar de su evolución política y social desde imperios, reinos, feudalismo y monarquías hasta el nacimiento de los estados-nación. El tema de la identidad colectiva, tras estos estados modernos, llegó a un punto de inflexión con el marxismo y su materialismo dialéctico, cuyo internacionalismo obrero pretendió superar estos nacionalismos, relatos identitarios impuestos por las clases dominantes a los trabajadores: identidad de clase o identidad obrera frente identidad de clase dominante y explotadora. Y la pregunta es obvia: ¿terminó ese internacionalismo con las identidades de las naciones y estados? 

Obviamente no terminó, porque el Mono Sapiens necesita raíces, una historia, un grupo del que forme parte y al que pertenezca, un pasado al que se sienta ligado y del que sea prolongación. Por eso somos seres con historia, pasado e identidad. Cuando William Faulkner decía que "el pasado no está muerto, ni siquiera es pasado", llevaba toda la razón. Según Marx el hombre es un ser histórico y esa historia se mueve de manera dialéctica en la lucha de clases, motor de la historia. Esa historia terminará cuando esas clases no existan (historicidad presente en Hegel y recientemente en Fukuyama). Para el cristianismo el hombre también es un ser histórico, pero incorporando la presencia de Dios dentro de esa historicidad. Esta historicidad está presente también en los movimientos decoloniales e indigenistas, que intentan recuperar esa historia nativa propia que les ha sido arrebatada y subsumida en una modernidad global que les ha impuesto Occidente, con el consiguiente olvido y destrucción de sus raíces y su identidad. La conclusión sería que la multiculturalidad sería "multihistoricidad y multiidentidad" al coexistir distintas historias y distintas identidades de distintas culturas (digo coexistir porque convivir no siempre es posible: la interculturalidad es un pensamiento sugerente, pero difícil de implementar).  

Dado que ese historicismo e “identitarismo” son inherentes al ser humano, ¿es Occidente identitario? Mi respuesta es que sí, porque en este mundo globalizado y multicultural, los países occidentales también reivindican sus raíces e identidad frente a la reivindicación identitaria de los “desheredados de la tierra” (expresión de Franz Fanon y Sartre). Sería una especie de reacción identitaria de Occidente frente a la pulsión identitaria multicultural de otras culturas. Y de ahí el auge de los movimientos identitarios en Europa, como los casos de Orban, Le Pen, Salvini, Vox y Eric Zemmour. El caso de Zemmour es interesante porque su programa se basa en “recuperar la identidad francesa” y ha creado un nuevo partido llamado “Reconquista” (palabra complicada para referirse a la historia de España). Estos movimientos identitarios son llamados reaccionarios y neofascistas, porque suponen una reacción contra la modernidad, la multiculturalidad y la globalización. Esta globalización, representada por Soros, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y demás magnates mundiales, supone un nuevo orden mundial en un mundo globalizado y sin identidades gobernado por multinacionales, bancos y políticos a su servicio. Según este análisis, habría una lucha entre globalistas e identitarios, internacionalistas y nacionalistas y las identidades nacionales podrían ser sustituidas por ese nuevo internacionalismo capitalista de plutocracia global. Así, este nuevo eje identitarios-globalistas podría sustituir al eje clásico derecha-izquierda (la derecha sería más identitaria y la izquierda más globalista).  

Y en el caso de España, ¿cuál es su identidad? Difícil pregunta, porque España es un problema existencial y una duda metódica andante. España es un país existencial con problemas existenciales y la duda metódica de Descartes no es nada comparada con nuestras dudas identitarias (si Sartre y Camus vivieran, quizás podrían ayudarnos en esta cuestión existencialista hispana). Tenemos dudas sobre quiénes somos, de dónde venimos y ya no sabemos si la cosa empieza con la Hispania Romana, con Leovigildo cuando se proclama rey de Hispania, con San Isidoro de Sevilla al hablar de ella en su Historia Gothorum, los conflictos con Al Ándalus, los RRCC, la constitución de 1812 o cuando narices empezó el tema. Y si a esto le sumamos los conflictos históricos identitarios no resueltos de Cataluña y Euskadi, la cosa no mejora. Estas dudas identitarias se vieron en la guerra civil, donde dos almas o identidades chocaron: la de la izquierda revolucionaria y la de la derecha tradicionalista. Quizás la identidad española tiene muchas banderas y no es fácil que estén todas juntas. O quizás lo que queda de nuestra identidad sea la liga de fútbol, la gastronomía, nuestro estilo de vida, los realitys de Telecinco, los enfrentamientos de las diversas tribus hispanas...y poco más (quizás los exyugoslavos podrían decirnos algo al respecto). 

La vida son luchas de identidad: de niños no sabemos quiénes somos y peleamos por construir nuestra identidad; de adolescentes seguimos buscándola; de adultos creemos haberla encontrado; y cuando llegamos a viejos…bueno, ya nos da igual, porque queremos seguir, con la identidad que sea. Y los problemas de la identidad sexual son razón de ser para el colectivo feminista y LGTBI. 

La Historia de la Humanidad es una sucesión de guerras. Dicen que por territorios, recursos y poder, pero yo creo que son guerras de identidad cultural por imponer nuestra cosmovisión, nuestra identidad de tribu, ideología o nación.  Incluso los enfrentamientos en el blog son luchas de identidades ideológicas, políticas y personales.   

Como decía la canción de Siniestro Total, “¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?” Y mi respuesta es que seguimos sin saberlo, porque somos Sísifos eternos con nuestra identidad a cuestas. Quizás la respuesta ante este exceso de identidad sea dejar las cosas estar, dejarlas ir, dejarlas venir. O el desapego budista para acallar ese exceso de ego e identidad. Quizás deberíamos dejar de focalizarnos tanto en nuestra identidad, salir de ella, fijarnos más en la alteridad, trascender en el otro y mirar a los demás. Y así, al salir de nuestra zona de confort identitario, sentiríamos más las identidades ajenas y terminaríamos con la dicotomía eterna entre identidad propia e identidad ajena. 



Un Tipo Razonable


viernes, 10 de diciembre de 2021

CIENCIA Y METAFISICA: ¿DOS VIAS DE APROXIMACIÓN A LA REALIDAD?

 A efectos de la presente entrada, voy a englobar como “científico” todo lo que describe realidades verificables, medibles o comprensibles según métodos racionales admitidos por la comunidad de académicos e investigadores. Dentro del término “metafísica” incluiré todo lo referente a lo religioso, lo espiritual y lo místico.


En estos tiempos de racionalismo y secularización parece vergonzante hablar de “conocimiento interno”, o de “experiencias interiores” ya que, por ser subjetivas en principio, sólo pueden ser reconocidas y comunicadas entre sujetos de la misma experiencia, pareciendo ajenas al resto. En consecuencia, la mayoría de las veces todo este campo de conocimiento interno (que parte de dentro) ha sido tradicionalmente relegado como irracional, mágico u oscurantista. Hoy día se hace imprescindible, no obstante, la unificación de estos dos campos de experiencia humana, ya que el racionalismo desnudo y el cientifismo de los datos y de los hechos siguen sin ofrecernos una explicación global del Cosmos y de la Vida y, en definitiva de nuestras propias vidas.


Desde hace siglos se ha fragmentado el conocimiento y la ciencia, al separar el conocedor de lo conocido, el sujeto del objeto, el experimentador de lo experimentado. Muchos científicos reconocen hoy día la imposibilidad de una absoluta objetividad científica, puesto que el observador influye en lo observado (Werner Heinserberg) y el mundo “de fuera” no es sino una creación del mundo “de dentro” (Frithof Capra).


Con gran humildad, Max Planck reconocía ya en 1930 que los medios de investigación del físico no le enseñaban nada sobre el mundo real, a pesar de constituir el conocimiento de éste su objetivo e ideal. Posteriormente, científicos como David Bohm, Neils Bohr, John Wheeler y el ya citado Fritjof Capra, entre otros, no bastándoles con la mera toma de conciencia de los límites de los postulados físicos admitidos hasta la actualidad, han emprendido estudios interdisciplinares, abriendo el campo a una “expresión científica” de la unidad entre el conocimiento científico y el conocimiento interno, entre los grandes principios de la Física moderna y las aportaciones hechas por las llamadas tradiciones espirituales.


Igualmente, en el área de la Psicología, fundamentalmente transpersonal, Richard Bucke, Abraham Maslow, Stalinaf Grof, Ken Wilber, Charles Tart y France Vaughan, entre otros, han hecho aportaciones fundamentales en el campo de la investigación de la conciencia, partiendo, en la mayoría de los casos, de experiencias o investigaciones personales. Uno de sus méritos fundamentales es el de haber ampliado la Psicología, desde el terreno de las “tradicionales” patologías psíquicas, al de la autorrealización y trascendencia. Han empezado a poner palabras “científicas” a los llamados estados ampliados, o modificados de conciencia, a las experiencias de supuesto carácter místico y las revelaciones de los grandes clásicos espirituales, que habían quedado tradicionalmente relegados como textos puramente literarios.


Es así como cada vez mayor número de personas que experimentan lo que Abraham Maslow ha denominado experiencia-núcleo o trascendental, han podido comenzar a conceptualizar sus respectivas experiencias, al tiempo que muchos profesionales de la Psicología han comenzado a abrirse a otros enfoques, hasta el punto que se haya podido afirmar la casi identidad de objetivo entre la curación psíquica y las vías de conocimiento interno.


Y es aquí donde quizá haya que distinguir entre religión, espiritualidad y mística. El fenómeno religioso, como todos/as sabemos, es un fenómeno humano vinculado a un sistema de creencias, ritos y normas morales. Como tal, puede ser considerado un fenómeno cultural vinculado a la creación, cohesión y mantenimiento de las civilizaciones que se han ido sucediendo a lo largo de la historia de la humanidad. Se podría convenir con ello en que es “espiritual” todo movimiento que parte del interior hacia el exterior, que está inspirado por el amor incondicional, que tiene una visión global y que sirve el bien de la totalidad mayor a nivel local. En este sentido lo “espiritual” estaría vinculado a un sentimiento que trasciende las necesidades materiales más básicas. En el campo de lo místico sólo incluiríamos la experiencia interna directa: la presunta aprehensión de lo real sin que haya mediación ninguna entre el experimentador y lo experimentado.


Llegados a este punto toda transmisión de la experiencia por medio de las palabras no es la experiencia misma. Es aquí donde las palabras, dentro de su contexto subjetivo, se vuelven poéticas y, como tales, puramente simbólicas, como diría un tal Maestro Eckhart: “El ojo en que veo a dios, es el mismo ojo en el que dios me ve. Mi ojo y el ojo de dios son un sólo y mismo ojo, una sola y misma visión, un sólo y mismo conocimiento, un sólo y mismo amor”… Con la misma dificultad de transmisión se han encontrado místicos cristianos como Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, o sufís como Rumi, Djami, Indries Shah, o el indú-islámico Kabir. Sus escritos poéticos son sólo evocación y pálido reflejo de la supuesta realidad experimentada.





Esta experiencia interna ha sido llamada según las diferentes tradiciones, dioses, transcendencia, el ser, la iluminación, el estado búdico, satori, nirnava, conciencia crística, el fanâ, la revelación, el yo superior, la supraconciencia, el samadhi, etc… A la luz de la historia, de la reciente aproximación entre oriente y occidente y de la multiplicación de experiencias internas de muchas personas, me atrevería a firmar que hoy día el “conocimiento interno” y la “experiencia mística” no son sino un potencial común a cualquier ser humano al margen de su universo de creencias personales. El campo de lo “metafísico” ha dejado de ser patrimonio exclusivo de teólogos, sacerdotes, monjes, gurús, yoguis, ascetas e iniciados esotéricos. El problema que plantea esta “democratización de lo trascendente” es el de la verificación de su autenticidad o inautenticidad y la integración de su profundidad. El científico, como profesional de la Ciencia, formula teorías e hipótesis y, hasta cierto punto, es controlado por la comunidad de científicos. Pero, ¿cómo se reconoce a un “profesional de la espiritualidad” y cómo puede ser controlada su autenticidad y profundidad? No basta con que tenga seguidores, ya que debe ponerse en duda su eventual objetividad legitimadora. Es aquí donde cada persona no puede sino remitirse a la subjetividad de su propia experiencia interna, corroborándola con las de otras personas y grupos que le sirvan de espejo.


Ken Wilber, tras referirse a Marx, Freud y Habermas, elogiando su aportación fundamental emancipadora en los campos de la crítica económica-histórica, sexual-emocional y de la acción comunicativa, respectivamente, se lamenta de que todavía no se ha hecho un análisis que estudie “las opresiones de la espiritualidad, la represión de la trascendencia, la política del Tao y la negación del Ser por parte de los seres”. Pero parece que su llamada ha tenido eco y quizás, vayan apareciendo trabajos unificadores desde las diferentes disciplinas, como así es observable desde hace tiempo, que al criticar los postulados mismos en que se basa tanto la Ciencia como la Espiritualidad conocida, en su amplitud de manifestaciones, vayan eliminando los obstáculos para una comprensión más global, auténtica e integral de lo real.


Flan Sinnata





viernes, 12 de noviembre de 2021

Investiga, imagina y comparte

Cuentan los sabios que la imaginación nos diferencia del resto de los animales. Mediante la imaginación creamos pasados y futuros creíbles, barajamos probabilidades y posibilidades de acción que, gracias a la empatía, además de proyectos individuales, son muchas veces colectivos.

    Los animales carecen de estas herramientas. Imaginamos tanto que antropomorfizamos todo, desde los mismos dioses a las montañas, pasando por nuestras mascotas. Donde una gaviota ve una montaña con dos picos nosotros vemos “Dos hermanos” (punta sur de Tenerife) e imaginamos una historia en la que dos gigantes se convierten en piedra.


    Imaginando y poniéndonos en la piel del otro la humanidad progresa, si bien a trompicones, hacia la conquista de la galaxia… y, en este proyecto, los nacionalismos están fuera de lugar.

    Son dos herramientas poderosas que junto a la curiosidad innata a la inteligencia producen “la conciencia”, el saber ser y estar. Pero… la empatía normalmente solo alcanza un círculo muy menguado, solo alcanza a los más próximos, a la tribu y poco más. Ya con los vecinos reina una rivalidad que nos acerca a los chimpancés; una rivalidad que llevada a los extremos degenera en guerra y que en la paz se refleja en muchos ámbitos de la vida. Un claro ejemplo son los derbys deportivos (putos giputxis) o las selecciones nacionales.

    La Humanidad tiene que superar esas actitudes para conseguir de verdad la libertad del hombre.

    El único recurso para lograrlo es la fraternidad de los pueblos, la solidaridad de clase; consiguiéndola llegaremos a la igualdad entre las personas, y con ella, a la ansiada libertad.

CapitanRed

viernes, 5 de noviembre de 2021

LA INSEGURIDAD SOCIAL

Anécdota de esta mañana, por escribir algo. 

Llevo a mi suegro a la cita concertada con la doctora para tratar de diversos temas relacionados con su salud. El problema, como siempre, el aparcamiento. Y más teniendo en cuenta que, aparque donde aparque, mi suegro no puede hacer por sí mismo el camino a pie y tengo que echar el carrito en el maletero para llevarlo. 

Una vuelta, dos, tres... y ya no me lo pienso más: me meto en el aparcamiento al aire libre, junto al CAP, que usan los señores docentes y similares donde veo como media docena de plazas vacías. Aparco, descargo el carro, saco a mi suegro del coche para sentarlo en el carrito y justo en ese momento entra en el aparcamiento otro coche con cinco personas (tres hombres y dos mujeres) que llevan bata blanca y que vienen departiendo entre ellos con cierto jolgorio. Me queda claro que no vienen de una "urgencia", pero sea lo que sea de donde vengan, están en su derecho (supongo) de hacerlo. 

Circulan delante de mí mientras estoy a la espera de que pase el coche para empezar a empujar el carro, se paran a mi altura, bajan la ventanilla y me dicen que "aquí no puede aparcar, que está reservado exclusivamente para el personal sanitario"... Explico que no lo hago por capricho, di varias vueltas infructuosas y que, ni lejos ni cerca, encontré dónde estacionar el coche, y que, como podían ver, mi suegro no está para caminatas y se nos echaba encima la hora de la cita con el médico... 

El que lleva el volante me dice "que es mi problema"... Hago mención a que el aparcamiento no está lleno, que hay como media docena de plazas vacías y que sé que nunca se llena pues es algo que he podido comprobar numerosas veces cuando paso por allí... E insisto que por un rato de pocos minutos no creo que entorpezca a nadie, añadiendo que,  por otro lado, podrían habilitar dos o tres plazas libres reservadas para casos como el mío y no estaríamos discutiendo por lo evidente... Mientras cierra la ventanilla le oigo decir "si no se va llamaremos a la grúa"... 

Noto que no todos los ocupantes del vehículo están muy de acuerdo con la actitud del conductor pero nadie se atreve a decir nada. Es posible que sea un jefecillo y no se atreven a replicar. Paso de historias y amenazas y me llevo a mi suegro hasta el CAP bajando por el ascensor a la planta donde está la consulta delante de cuya puerta nos situamos a la espera.... 

Pasan los minutos, no hay nadie más esperando y en ningún momento se abre la puerta para que el supuesto paciente que están atendiendo salga y podamos entrar nosotros. A la media hora de reloj, más o menos, se abre la puerta del ascensor y veo que una de las mujeres con bata blanca que venía en el coche se dirige a la consulta donde nos toca, nos mira y no puede evitar un cierto azoramiento que percibo perfectamente como una sensación de vergüenza... 


Abre la puerta, dentro no hay nadie, coge unos papeles y vuelve a salir para preguntar por fulano de tal (mi suegro) y nos hizo pasar. No era la doctora (a la que conozco de otras veces) sino la enfermera, pues se ha puesto "de moda" en algunas consultas hacerlo así, de manera que si la enfermera no sabe dar con el remedio llama por teléfono a la doctora para que le solucione el diagnóstico. 

Ni qué decir que la cara que tenía era todo un poema a la espera de que yo explotase en cualquier momento para echarle en cara no sólo la prepotencia de los cinco ocupantes del vehículo sino también la tardanza, se supone que injustificada por esa media hora transcurrida desde que, tanto ella como nosotros,  entramos en el CAP, no teniendo ninguna prisa al parecer por reintegrarse a su consulta a pesar de la hora de cita que teníamos... 

No dije nada, aunque mi mirada lo decía todo. Cinco minutos duró la consulta... El tiempo que se echa en renovar el recetario de pastillas de mi suegro, en recetarle un Lorazepan de 1 para que se lo tome antes de irse a dormir y programar un análisis de sangre. Cuando ya me levantaba le dije: "Ve usted, cinco minutos ha durado la consulta, y en cinco minutos hubiéramos estado ya en la calle, subidos al coche aparcado en su exclusivo aparcamiento, y mi suegro estaría a esta hora tranquilo en casa sin tener que soportar la incomodidad del carrito de ruedas"... "Ah, y espero que el coche siga en el aparcamiento, porque lo que menos voy a hacer es dar voces"... 

Bajó los ojos y un tímido "ya..." salió de su boca... "Buenos días, señora y gracias por su atención"...


Flan Sinnata

viernes, 30 de julio de 2021

POLÉMICA DE VERDAD

 Y polémica de las buenas, que pienso que estamos a falta de ellas en los últimos tiempos en este blog. Ahí va: la Verdad existe y es sólo Una. Afirmo con rotundidad.

No se altere nadie, pues no he escrito que sea su poseedor. Y es que a menudo se confunden ambos planos, no me digáis que no. De hecho, es perfectamente posible sostener que la Verdad es Una, y al mismo tiempo que nunca se llegó ni se llegará a poseerla. Me explico.

Decir "estoy en posesión de la verdad" no sirve de nada si antes no se han completado unos cuantos pasos. Primero, acceder a la información, a los datos. Segundo, interpretar la información. Tercero, evaluar la interpretación. La evaluación la puede realizar uno a sí mismo u otros, a la luz de nuevos datos que no estaban al principio, o de una interpretación diferente de la misma información, igualmente de uno a sí mismo u otros. Cuarto, repetir el proceso (opcional).... y no escandalizarse demasiado por obtener algo discordante, en parte o en su totalidad, a lo anterior.

Interpretación es una palabra bonita y "chic", no obstante a mí me gusta emplear el denostado término versión, denostado por considerarse que una versión siempre es un relato como mínimo adulterado, si no directamente falso. Claro, yo siempre me pregunto ¿qué es lo contrario a una interpretación o versión? Francamente, no lo sé... mucho menos teniendo en cuenta que quienes abominan del relato versionado / interpretado, por lo general también atacan la idea de Verdad Única, etiquetándola de Mentira Verdadera. Supongo que captáis la falacia de concepto robado que en eso va implícito, Ayn Rand mediante.



Se suele decir que todos somos subjetivos, a mí me parece que como medio de escapar del desasosiego que para muchos supone buscar la objetividad y no saber si la han alcanzado, o la podrán alcanzar alguna vez. O prevenirse de que la subjetividad del contrario lleve ventaja en la carrera por convencer más y mejor. Y es que si hemos dicho que cuando alguien relata unos hechos está exponiendo una versión con la información que maneja, hablar de objetividad o subjetividad ¿tiene relevancia? No, ninguna.

Por supuesto, el receptor de una versión siempre espera de ella que sea una aproximación a la verdad. Por descontado también puedes conformarte con tu versión, la propia tuya o la de otro que haces tuya, porque ya estás convencido que es lo más cerca que estarás nunca de la Verdad, o por pereza de preferir no seguir buscando perfilar tu versión, o porque te da rabia que los demás tengan una versión diferente, más bonita, más redonda, o por cien motivos más. 

Y luego está el contraste de todas las versiones posibles, cuya cantidad lógicamente tiende a ser ilimitada, en mucha mayor medida que la información, que ya de por sí es casi inabarcable. En resumen: Ponerlas "a competir", todas contra todas, en una loca y salvaje carrera en la que, tened por seguro, las primeras en caer serán las versiones más burdas, las más primitivas elaboradas sin trabajo o con mala fe, sí: la mala fe de mentir, que también existe. Uy por cierto, he escrito "competir", mil perdones.

Ahora en serio: Lo honesto y digno es ir por delante con tu versión ofreciendo a los demás la posibilidad de contrastarla con la suya propia. Con eso no estás diciendo que todos tenemos parte de razón, ni que todos estamos un poco equivocados, ni que alguien tiene que alcanzar toda la verdad en detrimento de otros. No: lo que se está diciendo es que todos podemos ir en busca de la Verdad, que hay una igualdad universal en la oportunidad de encontrarla, respetando el procedimiento por el cual afirmarse como su seguro poseedor, o su compartido poseedor, o su imposible poseedor, es irrelevante. Que no irreverente, permitidme el simpático guiño para finalizar.

Mickdos

viernes, 9 de julio de 2021

LOS ÁNGELES DEL INFIERNO

 Tras sufrir una insuficiencia respiratoria grave y haber llamado al SUMMA 112. Los sanitarios del SUMMA hicieron un magnifico trabajo hasta que me recuperaron y me condujeron en la ambulancia al servicio de urgencias de la Paz. Allí me hicieron una extracción para una gasometría arterial que consiste en una extracción de sangre arterial de la muñeca que puede resultar bastante dolorosa pero que gracias a la habilidad de la enfermera me resultó prácticamente indolora. Después me acoplaron a una máquina que introduciéndome aire a presión en los pulmones me ayudó a poder respirar con relativa normalidad dadas las circunstancias. Rodeado de sanitarios en todo momento y tras un tiempo indeterminado con respiración forzada me hicieron una PCR (la única que se me ha hecho en toda la pandemia). Entonces me comunicaron que hasta conocer el resultado sería llevado a la zona COVID. Debido a que había pasado casi un mes de la segunda dosis de la vacuna fui muy tranquilo y más me tranquilicé cuando vi que era el único paciente en la sala.



Una vez que salió el resultado negativo de la PCR fui llevado a un nuevo servicio creado a partir de la necesidad producida por la pandemia de COVID, la UCIR (Unidad de cuidados intensivos respiratorios). Allí llegué con la máquina de ventilación forzada a la que estuve conectado toda la noche. Estaba en una sala dividida en dos partes, yo estaba en la primera cama junto a la entrada y al fondo, junto a la ventana había un hombre inmóvil tumbado boca arriba en silencio, supe que se llamaba Ángel. En la sala había otro hombre al que no podía ver pero sí oír, éste estaba bastante activo y era muy protestón.

A la mañana siguiente me quitaron la ventilación forzada y me empezaron a suministrar oxígeno mediante unas gafas nasales. Entonces empecé darme cuenta de donde estaba metido, las otras dos personas que estaban en la sala venían de haber pasado una larga temporada en la UCI a causa de la COVID, no me atreví a preguntar cuanto tiempo habían pasado  en la UCI. El estado de Ángel era lamentable, un hombre de 74 años, 1,90 de altura que no podía hablar, ni levantar los brazos, ni comer por si mismo y a penas podía tragar las papillas que le daban. Durante una cura olvidaron echar la cortina y lo que vi fue espeluznante, el hombre no tenía culo, en su lugar había una enorme llaga que no puedo ni quiero describir, solo lo vi durante la fracción de segundo que tardé en darme la vuelta para no verlo. Tampoco tenía talones. A parte de eso los dos compañeros de sala tenían que llevar pañales.

Me volvieron a hacer otra gasometría arterial y esa noche me volvieron a colocar la máscara de respiración forzada para combatir la acidosis respiratoria debido a la cantidad de CO2 que tenía en sangre.

Al día siguiente vinieron los fisios a tratar a los compañeros, empezaron haciendo ejercicios con Ángel para ayudarle para que pudiera empezar a hablar y en esto le preguntaron por su trabajo y dijo que era ganadero en Ciudad Real, le preguntaron por el tipo de ganado y dijo que criaba vacas, desde ese momento Ángel para mi se convirtió en "el vaquero". Poca rehabilitación podían hacer con él debido a su gran tamaño y sus enormes llagas, pero le sentaban en el sillón para que pudiera descansar de tanta cama.

Me hicieron otra gasometría y viendo mi mejoría pude dormir ya sin la máquina que me metía aire a presión en los pulmones.

Al día siguiente llegó otro paciente con una traqueotomía, su ánimo era como una montaña rusa, quería estar bien pero debió de haberlo pasado muy mal y debía tener bastante dolor.

Yo era el único que podía levantarse de la cama, comparado con los otros era muy afortunado.

Al día siguiente me dijeron que me pasaban a planta, cuando me sacaban me despedí de los compañeros y de Ángel me despedí con un "a mejorarse, vaquero", me pareció percibir en su cara como una ligera intención de sonreír...

Me pasaron a planta, un lugar mucho más amable pero ahí no acabó todo, si por una cosa o por otra desde que no bebo cerveza meo bastante poco, pero dejé de mear prácticamente del todo y tuvieron que meterme una sonda para poder vaciar la vejiga.

Ya poco más hay que contar de mi paso por el infierno, un infierno lleno de ángeles de colores blancos, verdes, amarillos fosforito junto un color parecido al vino tinto de los ambulancieros  y otra veces envueltos en batas verdes o moradas. Ángeles que hacen de conductores de ambulancia, limpiadoras, celadores, enfermeras, fisioterapeutas, médicos... Muchos de ellos con indignos contratos basura y que dan todo por nada, pululan por el infierno sin dar una sola muestra de desaliento aliviando el dolor de otros mientras tratan de ocultar o a lo mejor olvidar su propio dolor.

En el hospital pensaba terminar dedicando unas palabras a quienes son partidarios de que haya quien se haga millonario a costa de la labor de los ángeles deshumanizando la sanidad, la educación y los servicios públicos que todos necesitamos, no solo hay ángeles en el infierno... Pero me voy a cortar, no por miedo a que algún censor pretenda banearme, de todas formas todos conocéis el "cariño" que proceso a semejantes elementos y me parece que es más elegante así.

Mi hermano murió entre los ángeles hace un par de años tras dos transplantes de pulmón fallidos.

A mi me han mandado a casa con un aparato de oxígeno, una botella de oxígeno por si se va la luz, un tubo metido por el tubillo (el de mear) conectado a una bolsa de plástico y una proposición de estudio para un posible trasplante de pulmón.

Y un par de cosas más el de la foto del perfil fui yo con 20 años. (os pongo la foto aunque solo sea para presumir de pasado)

En un par de días me voy a ejercer de veraneante, tengo un proyecto para este verano (voy a montar una guitarra eléctrica) también hay mucho que leer y me toca ponerme fuerte para lo que venga en el futuro. Este año me llevaré el portátil, pero tampoco estoy para haceros mucho caso...




Para todos los ángeles especialmente para Matinada que ha cuidado a muchos y para Ximena que también ha cuidado a muchos y también a mi.


Wendix

viernes, 4 de junio de 2021

SABER COMO SOMOS (o como nos dicen que somos)

 “Si la miseria de los hombres no se debe a la naturaleza, sino a nuestras instituciones, grande es nuestra culpa.” 

Charles Darwin, Voyage of the Beagle 


Ninguna ocupación es más propia del ser humano que el catalogarse a sí mismo y a sus semejantes. Pascal llamó al ser humano “le roseau pensant” –el junco pensante-, e hizo esta definición  de la relación del ser consciente con su entorno: “El hombre no es más que un junco, el más endeble de la naturaleza, pero es un junco pensante. No hace falta que todo el universo se ocupe de aplastarlo. Un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero aún cuando el Universo lo estuviese destruyendo, el hombre sería más noble que aquello que le mata; porque él sabe que está muriendo, mientras que el universo no tiene ni idea de la superioridad que tiene sobre él”. Pero ese junco pensante , desde el inicio de su andanza por el planeta Tierra, no se dedicó sólo a explorar su relación con ese entorno natural que le era a la vez hostil y beneficioso, sino en determinar el lugar de cada individuo en la escala jerárquica de la sociedad, de la misma forma que se determinaba el valor de cada elemento material en función a su utilidad para la vida humana. Porque sin una determinación del valor de los individuos, no puede haber jerarquías. El quid de la cuestión radicó desde el principio en quien iba a establecerlas y bajo qué parámetros. 

Una vez dejadas atrás las primitivas estructuras comunales, empezó a ser el excedente de producción y la propiedad del mismo el primer determinante del puesto que ocupaba en la escala social cada individuo. El lema “Tanto tienes, tanto vales”, se convirtió en una especie de valor universal que servía para organizar las sociedades humanas. En la antigua Roma, era imposible aspirar a un cargo de peso dentro de la estructura del estado si no se disponía previamente de un peculio considerable (en realidad, esta práctica se ha perpetuado en las sociedades modernas; son raros los congresistas estadounidenses, sobre todo en el Senado, que no disponen de una buena fortuna ). Sólo así se podía llegar a ser senador o cónsul. Existía la diferencia entre patricios y plebeyos, y aunque estos llegaron a constituir su propia asamblea y elegir sus propios tribunos,  la sociedad romana siguió siendo no sólo profundamente clasista hasta su colapso, sino también esclavista. Unos esclavos que eran reclutados esencialmente entre los pueblos sometidos por el Imperio, que por su misma condición de “bárbaros”, y pertenecientes a pueblos “inferiores” tenían muy pocas posibilidades de escapar a su condición. 

El orden feudal que siguió en Europa a la desaparición de Roma presuponía la existencia de un Dios que había delegado su autoridad en los príncipes de la Iglesia y en la monarquía de derecho divino. Todo ello asentado en una cosmogonía que presuponía que la Tierra era el centro del Universo, y , a su vez, el Hombre el epicentro de toda la Creación. Por su parte, los reyes congregaban a su alrededor a una aristocracia que servía para articular de alguna forma el estado feudal y extraían del campesinado sus diezmos y demás prebendas. Era una sociedad en principio hermética y compacta, en la que también las clases populares estaban estructuradas dentro de gremios, si vivían en los centros urbanos, o bien pertenecían al campesinado. 

Pero a medida que la complejidad de la sociedad aumentaba, también lo hacía la intensidad de sus conflictos. Estos podían ser en apariencia de carácter religioso, como los conflictos entre católicos y protestantes, o claramente de clase,  como en el caso de la rebelión del reverendo Thomas Müntzer –condenado hasta la saciedad por Lutero- ,caudillo revolucionario de los campesinos , organizados bajo la llamada “Liga de los elegidos”, y derrotados a sangre y fuego en la batalla de Frankenhausen (1525). ¿Pero es casualidad que Alemania, el país que sufrió los conflictos sociales más agudos fuera también el escenario de la caza de brujas más sangrienta de la Historia? ¿O se trataba de una represión y de una “recodificación” de las diversas capas de la población en base a otros parámetros e intereses? La autora italiana Silvia Federici sostiene en su libro “Calibán y la bruja” la teoría de que :” La caza de brujas está relacionada con el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo”, y en concreto con los inicios del capitalismo que requería acabar con el feudalismo y aumentar el mercado de trabajo, eliminando la agricultura de subsistencia y cualquier otra práctica de subsistencia autónoma ligada en ocasiones a tareas agrícolas en terrenos comunales. Federici sostiene que la irrupción del incipiente capitalismo fue “uno de los períodos más sangrientos de la historia de Europa”, al coincidir la caza de brujas , el inicio del comercio de esclavos y la colonización del Nuevo Mundo. Todavía según Federici, los tres procesos estarían relacionados; se trataba de aumentar a cualquier precio la reserva de mano de obra. 

En cualquier caso, se hacía necesario un proceso de categorización de aquellos individuos que , o bien no eran aprovechables para el sistema y por lo tanto debían ser exterminados, como las supuestas brujas,  o bien tenían que ser disciplinados y explotados, como era el caso del comercio de esclavos y de las poblaciones nativas americanas. Los grandes teólogos del protestantismo, como Lutero, Zuinglio o Calvino eran plenamente favorables a la persecución judicial de las brujas e incluso a su exterminio. Aunque las estimaciones varían según las fuentes, se estima que sólo en Alemania fueron quemadas unas 100.000 mujeres bajo la acusación de brujería. Se trataba de aquellas mujeres que no sólo ya no eran apetecibles sexualmente, sino que habían dejado de jugar un papel útil en la sociedad, salvo el de atesorar unos saberes terapéuticos que tardarían siglos en ser reivindicados por la medicina naturista. En cuanto a los esclavos negros, se daba por supuesto que el hombre blanco gozaba del derecho a traficar con ellos y explotarlos para suplir las “deficiencias” de la mano de obra indígena en América. 

Quedaban otras categorizaciones por hacer; la de los locos y la de los delincuentes. Eran los cabos sueltos que quedaban por atar en unas sociedades que aspiraban a un orden jerárquico perfecto, y al fin esos cabos se ataron aunque los grilletes tardasen siglos en forjarse por completo. Poco a poco, tanto los manicomios como las prisiones se fueron institucionalizando y perfeccionando en su mecanismo. Como el pensar en una idea como la injusticia social era inaceptable, en sociedades como la Inglaterra de finales del siglo XVIII y principios del XIX se podía ejecutar a un niño por un delito menor como el hurto o en la Francia de la restauración monárquica –Victor Hugo lo cuenta en “Los Miserables”- , una persona podía ir a parar a presidio durante años por robar comida. El inicio del siglo XIX fue la época de la concepción  del sistema carcelario tal y como lo conocemos hoy en día. Más avanzado el siglo, aparecieron figuras como la de Cesare Lombroso. Si la craneometría había “demostrado” que los negros y los indios eran especies separadas e inferiores, y, por lo tanto, aptas para su explotación, Lombroso fue unos cuantos pasos más allá: con su teoría del “uomo delinquente” y al inventar la disciplina de la antropología criminal, trató de fijar para siempre las tipologías humanas de los delincuentes. Según él, los criminales eran tipos atávicos desde el punto de vista de la evolución que perduran entre nosotros. Armado con este arsenal ideológico, llegó a determinar incluso el tipo de pies que, según él, debían tener las prostitutas: “Mis observaciones muestran admirablemente que la morfología de la prostituta es aún más anormal que la del criminal, sobre todo por las anomalías atávicas, puesto que el pie prensil constituye un atavismo”. De esta forma, la sociedad capitalista quedaba alejada y al abrigo de cualquier posible crítica a su funcionamiento y estructuras. Ni la pobreza ni las circunstancias sociales del individuo podían jugar papel alguno en las conductas delictivas; se nacía delincuente, y se moría delincuente. 

La falsa medida del hombre


Un proceder semejante se aplicó a las personas que padecían trastornos mentales hasta muy avanzado el siglo XX. De hecho, incluso hasta nuestros días. Como explicó el psiquiatra Ronald D. Laing –en realidad, uno de los iniciadores de la antipsiquiatría, aunque él rechazara ese título-, le estaba prohibido al personal médico de las instituciones psiquiátricas a mediados del siglo XX hablar siquiera con sus pacientes, ya que la ideología imperante daba por hecho que hablar con una persona con un diagnóstico era algo así como echarle leña o gasolina al fuego, y , por lo tanto, había que confiarlo todo a métodos como el electroshock, la contención mecánica o la medicación a mansalva. Tampoco aquí las situaciones de trauma social que atraviesan millones de personas en las sociedades capitalistas modernas tendrían mucho que ver con el padecimiento mental, sino que obedecerían a meras características innatas del individuo, no a una especie de síndrome post-traumático social. Por supuesto que las más interesadas en que perviva esta manera de contemplar la psiquiatría son las grandes compañías farmacéuticas, muy atentas a cualquier oportunidad de psiquiatrizar y medicar a mayores sectores de la sociedad con los consiguientes beneficios para ellas. Basta con pensar en la reciente “epidemia” de hiperactivismo que asola a nuestra población infantil.  Todo esta seudociencia ha ido acompañada de la célebre sociobiología y su primo hermano, el darwinismo social, que, al estilo de un moderno Pangloss como el del “Cándido” de Voltaire, pretenden demostrar que vivimos en el mejor de los mundos –capitalistas- posibles. 

Y es de esta forma como los juncos pensantes con una cierta influencia dentro de sus respectivas sociedades han ido catalogando y mediatizando a sus congéneres. A través del arma de la estigmatización, ya sea contra los individuos o contra grupos sociales e incluso razas enteras. Toda una panoplia de herramientas de la marginación a disposición de las clases dirigentes que se han sucedido en la Historia. 


Bibliografía: 

-Calibán y la bruja, de Silvia Federici (Ed. Traficantes de sueños)

-Vigilar y castigar , de Michel Foucault (Ed. Siglo XXI)

-La falsa medida del hombre , de Stephen Jay Gould (Ed. Orbis)

-Wikipedia: 

 https://es.wikipedia.org/wiki/Pena_capital_en_el_Reino_Unido

https://es.wikipedia.org/wiki/Caza_de_brujas


Veletri

viernes, 4 de diciembre de 2020

EL CASTIGO

 Desde los tiempos más inmemoriales, el ser humano ha intentado siempre interpretar y hacer suyos los designios de la Naturaleza. Con el devenir de las generaciones, y ante la imposibilidad de dominar ninguno de los accidentes atmosféricos, climáticos o sísmicos que destrozaban sus vidas, los humanos buscaron alguna explicación que pusiera un aparente orden en la violencia y caos frío y sin sentido que se abatía sobre ellos. Aterrorizados por una cólera que provenía de la nada, empezaron a inventarse dioses a los que responsabilizar por aquellos cataclismos, y también a idear los sacrificios que pudieran apaciguar a esos dioses. Así es como hay que interpretar las grandes obras de la antigüedad , especialmente  de la cultura griega, como los poemas épicos de Homero o las tragedias de Esquilo y Sófocles (Eurípides empieza a poner en tela de juicio a las divinidades). 

Esta tendencia se corrigió y aumentó con el advenimiento de las religiones monoteístas inspiradas en el judaísmo. Dichas creencias religiosas supusieron no sólo una visión crecientemente antropomórfica del universo, sino, sobre todo, una codificación estricta de las maneras en que se podía ofender a los dioses –en este caso, al Dios único, omnipotente y omnisciente-, y también de las maneras en que había que expiar esa culpa. En el caso del cristianismo, no sólo había los Diez Mandamientos, sino toda una serie de pecados mayores y menores, catalogados en los evangelios supuestamente genuinos y denostados por una infinidad de teólogos desde la época de la patrística. Con ello, la gran coartada estaba dispuesta, no sólo para los lideres de todas esas confesiones monoteístas, sino para los gobernantes , reyes y emperadores que se apresuraron a investirse con la autoridad divina, empezando por Constantino, el emperador romano que inició la gran liquidación del paganismo. Ya que no se podía dominar la Naturaleza y los designios de Dios eran inescrutables, se disponía al menos de una guía espiritual para evitar incurrir las iras divinas. Era lícito llorar a los muertos, pero existía la consolación de una vida eterna en un mundo mejor a salvo de todo tipo de adversidades y devastaciones de la Naturaleza. Las epidemias, al igual que los grandes temporales o los terremotos,  eran consideradas por los místicos de guardia como un castigo enviado por la Divinidad contra la Humanidad descarriada y pecadora.

Fue el gran terremoto de Lisboa de 1755 , ciudad católica por excelencia, el que movió a los intelectuales de la época a cuestionar este orden de cosas. Lisboa era por aquella época la cuarta ciudad más populosa de Europa, superada solo por Londres, París y Napolés, pero fue casi aniquilada por el seísmo. La gran mayoría de los 70.000 fallecidos de ese 1 de noviembre, día de Todos los Santos, perdieron la vida dentro de las iglesias donde estaban rindiendo tributo a la divinidad. Voltaire escribió ampliamente sobre la tragedia, no sólo en un pasaje de su “Candide”, sino en un célebre poema titulado “Poème sur le desastre de Lisbonne”. En ambas obras Voltaire arremete contra el pensamiento optimista de pensadores anteriores como Leibniz o incluso Descartes: “ Filósofos engañados que gritan /”Todo está bien”/Vengan y contemplen estas ruinas espantosas / Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas/ Esas mujeres, esos niños, unos sobre otros apilados/”. 

Todavía en 1722, el gran escritor inglés Daniel Defoe en su “A Journal of the Plague Year” era capaz de ver en la gran epidemia de peste que había asolado Londres en el año 1655 una prueba que Dios había puesto a los hombres, y de la cual habían salido fortalecidos los más puros de corazón y los que más fieles eran a los mandatos divinos y a virtudes como la laboriosidad. Pero habían bastado unas pocas décadas dentro del mismo siglo y el trabajo de los filósofos franceses de la Ilustración para que esta idea cayera en desgracia. No bastaba con la fe ciega, sino que empezó a comprenderse que había que buscar explicaciones más racionales y, por así decirlo, inhumanas, a los fenómenos y catástrofes naturales. La postura radicalmente contraria a la de Defoe la encontraríamos en la célebre novela de Albert Camus, “La peste” (1947). En ella la idea del castigo divino ni siquiera se plantea, sino que mientras que la epidemia devasta la ciudad de Orán, la pregunta constante y angustiosa que se plantean los protagonistas es el por qué Dios, si existe, permite el sufrimiento de los débiles y los inocentes. Y  la solución que encuentra uno de los personajes es reivindicar una “santidad sin Dios”. Es decir, una dedicación incondicional a nuestros semejantes que sufren y perecen en la enfermedad. 

Pero incluso una vez descartada la idea de Dios, de un dios bondadoso e omnipotente pero a la vez vengativo, seguía el problema de la Naturaleza. ¿Qué es la Naturaleza? ¿Es la realización de algún proyecto? ¿Tiene algún sentido? ¿Existe algún plan en el Universo? Uno de los heterónimos del poeta portugués Fernando Pessoa –en mi opinión el mayor poeta del siglo XX- resuelve el problema de esta manera:

Num día excesivamente nítido 

Día em que dava a vontade de ter trabalhado muito 

Para nele nao trabalhar nada,

Entreví, como uma estrada por entre as arvores

O que talvez seja o Grande Segredo,

Aquele Grande Misterio de que os poetas falsos falam

Ví que nao há Natureza

Que Natureza nao existe

Que há montes, vales, planicies

Que há arvores, flores, ervas

Que há ríos e pedras ,

Mas que nao há um tudo a que isso pertença,

Que um conjunto real e verdadeiro

E uma doença das nossas ideias.

A Natureza é partes sem um todo.

Isto é talvez o tal misterio de que falam

Foi isto o que sem pensar nem parar

Acertei que devia ser a verdade 

Que todos andam a achar e que nao acham

E que so eu, porque a nào foi achar, achei 


(Alberto Caeiro)

Atrás queda incluso el sofisticado y nada ingenuo ni pueril panteísmo de un Spinoza. Para Caeiro, quizá para el propio Pessoa, en el universo no existe un plan, sino que simplemente ocurren cosas. ¿Acaso la extinción de los dinosaurios supuestamente por un meteorito formaba parte de un plan divino para que los mamíferos se apoderasen de la Tierra? Caeiro se reiría de semejante idea, lo mismo que la inmensa mayoría de los científicos de nuestro tiempo, y de hecho una de las preocupaciones mayores de los astrónomos es justamente que nuestro fin como especie sea muy similar al de nuestros gigantescos predecesores. En la película “Melancolia” (2011) ,del cineasta danés Lars Von Trier, se plantea esta posibilidad. El planeta Melancholia, fugado de su órbita, se precipita hacia la Tierra y acaba colisionando con ella acabando con toda la vida sobre nuestro planeta. Pero no haría falta colisionar con un planeta entero para ello; bastaría con un meteorito o asteroide de un determinado tamaño. Y de esta forma, nuestra especie terminaría su historia sin haber encontrado a ninguno de nuestros imaginados y deseados congéneres inteligentes intergalácticos. 

El coronavirus ha revitalizado la idea del castigo de la Naturaleza, esta vez sobre todo desde la izquierda o, al menos, desde una cierta izquierda. Ya no es Dios quien nos castiga, sino la Madre Naturaleza, que no tiene bastante con azotarnos con terremotos, huracanes, cánceres, enfermedades diversas de una crueldad inimaginable que acaban con la vida no sólo de los más viejos y también a menudo de los más inocentes, sino que ha tenido que sacarse de la manga el Covid para abrumarnos con su ira. En este caso, la falta la habría cometido el capitalismo, aunque, como en tiempos de la divinidad más o menos derrocada, seguirían pagando justos por pecadores. El planeta, o Madre Tierra, mostraría su enfado mandándonos esta plaga del siglo XXI. 

Sin embargo, tanto la historia de la Humanidad como de las epidemias parece demostrar algo distinto. Cuando los humanos no han salido a buscar las pestilencias en terrenos inhóspitos, han sido las plagas los que han ido a buscarlos. Cólera, tifus, la misma peste negra, y tantas otras. Como dice el polemista y ocasionalmente filósofo francés Bernard Henry Levy  en su reciente libro “Ce virus qui rend fou”- no es santo de mi devoción, pero en esto no puedo evitar estar de acuerdo con él-, los virus no miran a quien infectan, ni hacen política, ni tienen conciencia de razón histórica alguna. ¿Por qué entonces esta izquierda se aferra a esta idea del castigo sobrenatural o, quizá habría que decir, hipernatural? ¿Simplemente para tener un argumento más que esgrimir contra el sistema capitalista? Al capitalismo se le puede recriminar muchas cosas, pero considero que culparle del coronavirus es una pretensión cuando menos discutible. Creo más bien que esas personas tampoco aceptan la idea de la insoportable soledad de nuestra especie, tanto entre las demás especies como a nivel cósmico, y por eso creen que hay que ajustarse a un orden natural supuestamente inalterable. Por supuesto que hay que respetar a nuestro planeta, pero no porque nos amenace un castigo impuesto por una sabiduría superior que con toda probabilidad ni siquiera existe, sino por una solidaridad elemental hacia las demás especies animales y  porque si no se siguen las reglas del juego, quedas fuera de la partida, como quien quisiera saltar con su caballo fuera del tablero de ajedrez. 


 


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