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viernes, 18 de marzo de 2022

INVASIONES, GUERRAS, PROVOCACIONES Y FAKE NEWS

Son pocos los países que desean ser vistos como los agresores en una guerra. Por lo general, se procura que sea el adversario el que cargue con la culpa y el sambenito de haber iniciado las hostilidades. Para ello, los estrategas de la geopolítica, un concepto especificado como tal en el siglo XIX pero que se ha practicado desde siempre, han buscado con harta frecuencia la manera de responsabilizar al enemigo de toda la carga de horror y crueldad que siempre implica un gran conflicto. Sin embargo, no todos los países han empleado de manera invariable o en todas las situaciones prebélicas este recurso. Por ejemplo, el razonamiento que emplearon los Estados Unidos de América ni siquiera consideraba que México tuviera el derecho a conservar los territorios como Texas o California que el gobierno de Washington le estaba arrebatando, sino sencillamente que los pobladores norteamericanos de esos estados hacían un mejor uso de las tierras que los propios mexicanos. Todo esto fue argumentado por el propagandista y columnista John O’Sullivan en agosto del 1845, el mismo autor del concepto del “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos que, según él, justificaba cualquier conquista futura de los Estados Unidos en territorio americano. En palabras del propio O’Sullivan: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”. Quizá cabría explicarse toda la historia subsiguiente del continente americano, con el alrededor de centenar de golpes de estado e intervenciones militares propiciadas por Estados Unidos, como la definitiva puesta en práctica de esta doctrina.
   Pero otros estadistas, como por ejemplo el canciller alemán Otto Von Bismarck, prefirieron actuar de una manera más disimulada, y procurando por todos los medios que fuera el otro bando el que diera el primer cañonazo. Prusia venía de ganar dos guerras con sus vecinas Dinamarca y Austria que le sirvieron no sólo para obtener ganancias territoriales sino, sobre todo, para engrasar su máquina militar y empezar a aglutinar lo que luego sería el estado alemán que hoy conocemos. Pero para obtener la preponderancia en el continente europeo, parecía indispensable una victoria sobre la Francia de Napoleón III. Los jefes del estado mayor prusiano llegaron a la acertada conclusión de que su ejército era superior al francés, y empezaron a maquinar la manera en que podría producirse una guerra entre los dos países. La ocasión se presentó con motivo de la sucesión al trono de España tras el exilio de Isabel II en 1868, cuando desde Prusia se impulsó la candidatura de Leopoldo de Hohenzollern. Esto causó una oposición frontal de Francia, que temía verse cercada entre dos países como Prusia y España ambos con monarcas de la misma dinastía hostil a sus intereses.

   El ardid que se le ocurrió a Bismarck consistió en dar a conocer a la opinión pública una nota del rey de Prusia Wilhelm I, manipulada por el mismo canciller para hacerla aún más rotunda y ofensiva, en la que se rechazaban las exigencias francesas en el sentido de que Prusia retirase su candidatura al trono español. La ira francesa alcanzó cotas de histeria colectiva hasta el punto de llegar a la declaración de guerra. Justo lo que los estrategas prusianos, con el propio Bismarck y el mariscal Moltke a la cabeza, habían estado esperando. La victoria de Prusia fue clara y rotunda, y a la vez sembró las semillas de lo que cuatro décadas más tarde sería la Primera Guerra Mundial, con la muy conocida reivindicación francesa de recuperar Alsacia y Lorena. No contento con haberse extendido su influencia por casi todo el continente americano, el gobierno de los Estados Unidos fue a fijarse en Cuba, la última colonia española que quedaba en América. La guerra entre la decadente potencia europea y los Estados Unidos era ya casi inevitable, pero el detonante y catalizador de la declaración de guerra fue la explosión producida en el acorazado USS Maine, un buque por otra parte obsoleto incluso antes de entrar en funcionamiento, pero que fue utilizado como casus belli por la prensa amarilla de los magnates William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer, quienes no vacilaron en culpar al gobierno español del desastre. El eslogan “Remember the Maine, to Hell with Spain” hizo fortuna, y dio paso a una ofensiva naval que llevaría a una rotunda derrota española que causó un profundo trauma entre quienes habían creído en el triunfalismo de la prensa española que menospreció de manera sistemática el poderío estadounidense en las vísperas de la guerra. A veces las provocaciones ni siquiera son necesarias, sino que ciertos gobiernos son tan torpes que proporcionan a los gobernantes de los países enemigos el motivo perfecto para la declaración de guerra. Este sería el caso del llamado telegrama Zimmermann, enviado por el secretario de asuntos exteriores alemán de ese nombre en el que se sugería al gobierno mexicano que se uniera a la causa alemana si estallaban las hostilidades entre Alemania y los Estados Unidos. El trato consistiría en que en ese caso Alemania ayudaría a México a recuperar los territorios perdidos a manos de Estados Unidos en el siglo XIX proporcionando armamento y apoyo diplomático.

   El telegrama fue interceptado por los servicios secretos británicos, quienes se apresuraron a darlo a conocer, a pesar de que con ello revelaban de manera indirecta que estaban espiando comunicaciones alemanas que se producían a través de una línea telegráfica estadounidense, algo para lo que los británicos carecían de autorización. El escándalo producido a raíz de esto, unido a la tragedia del hundimiento del trasatlántico Lusitania, facilitó mucho los planes del presidente Woodrow Wilson de entrar en la contienda bélica que se estaba desarrollando en Europa. A pesar de los conflictos en que ya se había metido Estados Unidos en su corta historia existía una fuerte resistencia en la opinión pública americana a involucrarse en la sanguinaria pesadilla europea. Una resistencia que el famoso telegrama, cuya autenticidad fue reconocida por el propio Zimmermann, contribuyó mucho a quebrar.

   La derrota en la Primera Guerra Mundial causó una herida incurable en el orgullo alemán, algo que fue cultivado por un partido que luego resultaría ser un maestro en la propagación de lo que hoy llamaríamos fake news, el NSDAP, Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores, vulgo nazis. El propio Hitler afirmó en su libro “Mein Kampf”, que él había aprendido todo lo que sabía de propaganda de los países anglosajones vencedores en la contienda de 1914. Una de las infinitas patrañas nazis que hubiera podido pasar a la historia como verdad absoluta fue el relativamente poco conocido incidente de Gleiwitz, también denominado Operación Himmler. Este suceso consistió en la toma de una estación de radio alemana por parte de un grupo de agentes de las SS que simularon ser polacos y emitieron por las ondas un mensaje antialemán en polaco. Para dar mayor credibilidad a esa macabra pantomima, sacaron a unos cuantos prisioneros del campo de concentración de Dachau y los asesinaron en las inmediaciones de la emisora tras haberles vestido con uniformes del ejército polaco. De haber ganado Alemania la Segunda Guerra Mundial, los libros de historia dirían seguramente que este había sido el detonante del conflicto.

   En las últimas décadas, y tras la derrota alemana, han sido muy pocas las potencias que se han atrevido a desencadenar guerras mediante estas maniobras propagandísticas. Una de las más celebres fue el supuesto ataque contra el navío de guerra norteamericano Maddox en el golfo de Tonkin por parte de unas lanchas lanzatorpedos vietnamitas. Un ataque que nunca existió pero que le serviría de pretexto al presidente Lyndon B. Johnson para multiplicar casi por diez la presencia de soldados norteamericanos en Vietnam, pasando de 60.000 a unos 500.000. ¿Y qué decir de las fake news más recientes que sirvieron para justificar las dos guerras contra Iraq encabezadas por Estados Unidos, la primera a raíz de la anexión fallida de Kuwait por parte del ejército de Saddam Hussein y la definitiva invasión de Iraq realizada por la famosa “Coalition of the Willing”, en el año 2003? A fin de justificar la primera de manera emocional ente la opinión pública mundial, se utilizó el falso testimonio de Nariyah Al Sabah, hija del embajador en Kuwait de Estados Unidos, quien haciéndose pasar por voluntaria en un hospital de Kuwait, dijo que los soldados de Saddam se dedicaban a arrebatar a los niños de las incubadoras sólo para verles morir. En cuanto a la guerra del 2003, es archisabida la historia de esas supuestas armas de destrucción masiva en territorio iraquí que nunca se encontraron y de las que tan profusamente hablaba el trío de las Azores compuesto por Bush, Blair y Aznar. O los pretextos igualmente engañosos que se utilizaron para derrocar al dictador libio Gadafi, tales como el supuesto bombardeo contra la población civil en Bengashi, llevando a ese país mediterráneo a un caos y sufrimiento que todavía no ha cesado. Es por eso que la guerra que ha estallado entre Rusia y Ucrania me causa una tal satisfacción. Acostumbrado a tantas mentiras, resulta una gran alivio asistir a una contienda en la que se nos asegura con tanto aplomo que sólo un bando miente –el ruso, por si había dudas–, mientras que las intenciones de todos los integrantes de esta nueva “Coalition of the Willing”, son de una prístina pureza. Hasta tal punto que la censura absoluta de las versiones del otro bando sobre los aconteceres de la guerra debe ser indiscutible, sin olvidar acompañarla de una estigmatización de todo un pueblo y su cultura sin apenas precedentes en la Historia.

Veletri

viernes, 18 de diciembre de 2020

HUMANIZAR LOS DERECHOS

 Según la Constitución española, el derecho a la vivienda no es un derecho fundamental. El artículo 47 es así pues un mero principio de política social y económica, pero no un derecho comparable a la libertad de expresión o al derecho a la propiedad privada. Quienes niegan ese derecho como algo inalienable recuerdan que ni siquiera en la Europa comunitaria, ese supuesto non plus ultra de la civilización mundial, el derecho a la vivienda es considerado como un derecho fundamental. 

Quizá siguiendo la vieja máxima de George Bernard Shaw de que tanto un multimillonario como un mendigo tienen el mismo derecho a dormir en un banco del parque si lo desean. 

Claro está que por la misma razón hay más margen para interpretar ese derecho a la vivienda, lo mismo que el derecho a una sanidad gratuita o a la educación, por citar sólo dos, desde perspectivas ideológicas. Por ejemplo, cualquier ciudadano estadounidense es libre de morir sin asistencia médica de ningún tipo si así lo desea, o incluso si no lo desea, y, de hecho, alrededor de cien mil estadounidenses al año mueren de esta forma. La famosa ACA (Affordable Care Act) , pensada también para favorecer a las grandes empresas del sector sanitario y denigrada por los republicanos como “Obamacare”, dio algunos tímidos pasos en el camino de remediar esa situación, pero se quedó a medias, lo que muy probablemente era su propósito original, ya que un “single payer system” , como se conoce en Estados Unidos a la sanidad pública universal, está anatemizado en ese país como “socialista”. 

¿Pero qué es lo que tienen el derecho a la propiedad privada y el derecho a la libertad de expresión para ser los derechos reconocidos sin límite alguno en todos los países capitalistas por encima de todos los demás? ¿La unanimidad respecto a ambos obedece a un amor desaforado a la libertad de expresión? ¿Existe quizá un vínculo estrecho entre los dos?

Nadie puede negar la importancia de la libertad de expresión en el funcionamiento de una sociedad dinámica y saludable. La falta del libre intercambio de ideas que sufrió Europa durante la llamada Alta Edad Media a causa del predominio absoluto del pensamiento de la patrística cristiana fue el origen de una época de enclaustramiento de las ideas que sólo empezaría a relajarse a partir del siglo XIII de nuestra era. Del mismo modo que el actual fundamentalismo islamista es una clara prueba de adonde puede llevar este tipo de pensamiento circular. Algo parecido podría decirse de los períodos más duros del estalinismo en la extinta Unión Soviética.

¿Pero por qué esta obsesión de que el libre pensamiento y la libre circulación de las ideas ha de estar indisolublemente ligada al capitalismo? ¿No es esa idea ya en sí una forma de pensamiento único? Pero peor todavía es cuando los supuestos campeones de la libertad de pensar y de elegir empiezan a otorgar licencias y patentes de corso para romper sus propias reglas. ¿Por qué es legítimo hacer negocios con Arabia Saudita pero no con Venezuela o Cuba? ¿Por qué Mohamed Bin Salman sí pero 



Kim-Jong Un no? – un espíritu travieso podría preguntar también cuántas veces va a dar la prensa occidental por muerto a Kim-Jong Un, pero ese sería otro tema-. Estas incoherencias podrían llevar a pensar que la supuesta defensa por parte de Occidente de estos tan cacareados derechos humanos no es más que una forma velada de continuar con el imperialismo de los siglos precedentes. Mientras que países como Cuba, Venezuela o Bolivia sufren un escrutinio incansable e implacable sobre todo lo que hacen, incluidos sus procesos electorales, las constantes infracciones de todos los derechos humanos imaginables por parte de Arabia Saudita en el Yemen son objeto de un clamoroso silencio por todos los gobiernos occidentales. Otro ejemplo de un gobierno con patente de corso para realizar toda clase de atropellos sería el de Haití, apoyado sin reservas por el gobierno de Donald Trump e incluso el gobierno canadiense.(https://www.counterpunch.org/2020/12/11/canada-haiti-and-hong-kong/). Por no hablar de la ignorancia absoluta del constante agravio contra el pueblo palestino a manos del gobierno israelí o de otras minorías étnicas ignoradas en el mundo como por ejemplo los rohingyas o los cachemiros (los uigures quizá tengan mejor suerte). (https://www.counterpunch.org/2020/12/11/pukr-palestinians-uighurs-kashmiris-and-rohingyas/ )   Contrasta todo esto de manera más notable todavía con la muy reciente campaña occidental contra Siria, y el envío y apoyo militar por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia a todos esos yihadistas de Al-Nusra –la marca local de Al-Qaida – y del Estado Islámico reciclados a toda prisa como “freedom fighters” al estilo de los talibanes jaleados por Ronald Reagan en los 80. Al parecer, los derechos humanos de los sirios sí que merecen este apoyo por parte de Occidente al estilo de los famosos amores que matan. 

Y , desde luego, sí que existe un nexo inefable entre la libertad de expresión y el derecho a la propiedad o el capitalismo. Porque sin libertad de expresión no hay propaganda, como muy bien sabía Edward Bernays (1891-1995), https://es.wikipedia.org/wiki/Edward_Bernays) el inventor de la teoría moderna de la propaganda, uno de cuyos más aventajados discípulos fue el mismísimo Goebbels. No en vano, la tarea de la mayoría de los “think-tanks” radicados en Washington , entre ellos el célebre “National Endowment for Democracy”, que es poco menos que el brazo propagandístico de la CIA, consiste  en facilitar los cambios de régimen que sean oportunos en el país que en aquel momento sea el blanco de los dos imperios occidentales de referencia, el norteamericano y el británico –el segundo, eso sí, muy subordinado al primero-, acompañados de los compañeros de viaje ocasionales ( Alemania, Francia, Italia, España, etc…). Si se busca un cambio “pacífico”, el método elegido suele ser el de “la revolución de colores”, siguiendo el manual redactado en su día por el politólogo Gene Sharp ( https://es.wikipedia.org/wiki/Gene_Sharp ) Sería el caso de países como Ucrania . En el caso de regímenes muy sólidos y/o totalitarios en los que tal estrategia resulta improductiva, se recurre a la intervención militar directa (Iraq, Libia, Siria). En otros , como Venezuela, se ha intentado un procedimiento mixto de revolución de colores e intervención militar. Y luego estarían los casos de los golpes de estado en el sentido más clásico, reminiscencia del infame golpe de estado en España del 1936, como el golpe de Pinochet en Chile en 1973 –el auténtico inicio de la era neoliberal que luego arrasaría el mundo entero- o, más recientemente, Honduras y Paraguay. Tomas de poder por parte de los militares con el sabor añejo del típico alzamiento decimonónico que se hizo famoso en todo el mundo partiendo de España. 

Pero quizá el colmo de la duplicidad de la propaganda occidental se da en casos como la estigmatización y condena simbólica a la hoguera de personajes como Julian Assange o Edward Snowden. Los que para nuestra desgracia ya tenemos una edad recordamos como se canonizó en su día a disidentes de la antigua URSS como Aleksandr Solzhenitsyn  o Andrei Sajarov, ambos premiados con sendos premios Nobel. Quizá por eso sea para nosotros un motivo de consternación aún mayor el trato que están sufriendo tanto Snowden como, sobre todo, Assange, sometido en Londres a un juicio a medio camino entre los procesos de Moscú del padrecito Stalin y la ira inquisidora del senador de infausto recuerdo Joseph McCarthy. Y resulta más escandalosa todavía la manera en la que la muy democrática e ilustrada “main stream media” occidental ha dejado en la estacada a quien fuera en su día un antiguo colaborador, cuyos wikileaks fueron publicados por los más destacados periódicos liberales del mundo (The New York Times, The Guardian, El País, Der Spiegel, Le Monde…). Los mismos medios que ahora le difaman y condenan. Como es bien sabido, Assange se enfrenta ahora a una más que probable cadena perpetua en Estados Unidos en cuanto se de vía libre a su extradición, algo que parece inminente y que se sabrá con certeza el próximo 4 de enero. 

Por todo eso sería quizá mejor dejar de lado tanta hipocresía y aparcar la palabrería sobre los derechos humanos para sustituirla por una humanización de los derechos. Una ética que reconociera que no puede existir nada que se parezca a una auténtica democracia sin el reconocimiento explícito de  una serie de derechos humanos esenciales tales como el derecho  a la vivienda, el derecho a una educación gratuita e independiente de tutelas políticas y religiosas o el derecho a una sanidad universal gratuita y un respeto elemental a las minorías inmigrantes. Una ética política que aceptara el hecho de que si estos derechos no están al alcance de la totalidad de la población, la supuesta libertad de expresión no es más que un estéril derecho al pataleo , en el ejercicio del cual acaban prevaleciendo los sofistas y los bufones del sistema, convenientemente apoltronados en sus cátedras universitarias, en sus salas de redacción y en sus tribunas televisivas o radiofónicas, sin olvidar los ejércitos de cibermercenarios a sueldo que repiten a diario el argumentario recibido de sus superiores en los laboratorios de pensamiento como quien repite el padrenuestro en sus oraciones diarias. Aunque sean oraciones al dios Mammón.  

Veletri

viernes, 10 de abril de 2020

ORIENTE MEDIO: EL CONFLICTO ETERNO

"Si hay un pueblo que después de los avatares de la historia se merece tener su territorio, su nación, es el pueblo judío. Sí, hace 80 años eran merecedores de volver a su “Tierra prometida” y hacerse un hueco en el crisol de pueblos de Oriente Medio. Pero es una idea razonable que ha acabado mal; que pervertida y fanatizada les ha convertido en lo que nunca debieron ser: verdugos".

El texto que abre la entrada es de CapitanRed. Me pareció curioso y le prometí usarlo en mi entrada.

Yo no sé si estar de acuerdo con semejante afirmación. Cuando uno proclama que “un pueblo” tiene derecho a “su propia” tierra, acaba diciendo que quien no pertenezca a ese pueblo, tampoco puede habitar esa tierra. Es peligroso.

Israel-Palestina. La Tierra de las Religiones Monoteístas por excelencia. La casa de la guerra.

Por motivos de espacio es imposible explicar el conflicto en toda su extensión histórica, así que procuraré centrarlo en sus orígenes. Me consta que es la etapa menos conocida por el público en general, así que trataré de arrojar un poco de luz sobre el tema.

Hasta la década de 1880, un pequeño pero significativo número de judíos habitaron Palestina en paz y con total normalidad entre una mayoría de musulmanes. Fue entonces, cuando desde Europa y convencidos por el nacionalismo de Theodor Herzl, comenzaron a regresar a “la tierra de nuestros ancestros”.


Este primer retorno o primera aliyá, duró hasta comienzos del siglo XX y el Imperio Otomano lo vio con buenos ojos. Los judíos eran gentes instruidas que podían sumar conocimientos en aquellas áridas tierras. La agricultura fue uno de los principales desarrollos de los que se aprovecharon, pero también la ciencia y la medicina aportaron bienestar.

Hasta aquí todo es paz y amor.

Hasta aquí.

Desde 1904 y hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial, una segunda aliyá retorna a 40.000 judíos provenientes de Rusia y en menor medida de Polonia huyendo de los pogromos. Muchos de estos judíos influidos por el nacionalismo y sobre todo por el socialismo marxista, compraron terrenos y comenzaron a crear asentamientos agrícolas comunales. Fueron los llamados Kibutz.

En estos asentamientos el comunismo alcanzó la máxima expresión. Exceptuando profesionales técnicos como médicos o profesores, el resto de los habitantes (sin distinción de sexo) rotaban sus trabajos. Un mes pelaban patatas en la cocina, otro mes roturaban la tierra para hacerla fértil, limpiaban las letrinas, construían edificios…


Comienzan las tiranteces entre autóctonos y recién llegados, aunque la firme mano del Imperio Otomano no permite grandes carnicerías.

La cosa cambia a peor tras el fin de La Gran Guerra. El Imperio Otomano (aliado de las Potencias Centrales) es derrotado y pierde gran parte de sus territorios. El Acuerdo Sykes-Picot reparte el Próximo Oriente en dos grandes zonas; una es controlada por Francia y la otra por Gran Bretaña, donde se incluye lo que ahora conocemos como Israel.

Mientras tanto, comienza una tercera aliyá. En 1918 los kibutz reciben a miles de judíos provenientes de Europa Oriental. Son en su mayoría jóvenes idealistas que animados por la Declaración Balfour, deciden viajar a Palestina para crear un Estado Judío.

A los palestinos esto no les hace mucha gracia y la sangre comienza a correr.

Los pogromos en las ciudades y los ataques a Kibutz estaban a la orden del día. A las habituales labores de los comuneros, se les suma la obligación de aprender a manejar armas de fuego, defensa personal y montar guardias en las trincheras que rodeaban los asentamientos.

Ahí nació la Haganá como fuerza de defensa y apoyo entre los diferentes kibutz.


Pogromos como el de Jerusalén en 1920 o masacres como la de Jaffa el Primero de Mayo de 1921 comenzaron a minar la moral del Imperio Británico, que no sabía cómo detener la sangría de asesinatos. Los continuos ataques a los kibutz dejan miles de muertos.

Llega la cuarta aliyá en 1924. Más urbanos y menos rurales, 80.000 judíos se instalan en Palestina mientras continúan los problemas entre británicos, árabes y hebreos.


La quinta aliyá fue obra y gracia del nazismo. A partir de 1929 y durante 10 años, cientos de miles de judíos abandonan Europa escapando de las Leyes de Núremberg ayudados por el cierre de fronteras inglesas y americanas.

La Matanza de Hebrón en 1929 instigada por Amin Al-Husayni (Gran Muftí de Jerusalén) protegido y admirador de Hitler, dio el impulso necesario a un grupo de judíos para escindirse de la Haganá y fundar el Irgún, grupo terrorista que promueve pasar a la acción contra los imperialistas ingleses y los atacantes palestinos. Hay años de mucha tensión interna entre una mayoría de judíos partidarios de continuar la defensa clásica (Haganá) y los partidarios de defenderse atacando (Irgún).


El atentado más famoso del grupo terrorista fue el cometido contra la Comandancia Militar del Mandato Británico, cuando un comando voló el Hotel Rey David causando 92 muertos (entre ellos muchos judíos).

Los ingleses están hasta los bemoles de tanta violencia sin obtener el más mínimo rédito, así que dejan en manos de la ONU la situación, la cual llega en forma de Resolución 181.

Partición del territorio: una parte para los judíos y otra para los musulmanes, mientras Jerusalén y Belén quedarán bajo control internacional.

Los dirigentes judíos aceptan; los países musulmanes la rechazan.

El secretario de la Liga Árabe realiza dos famosas declaraciones días antes de la votación:

“Espero que los judíos no nos obliguen a la guerra, porque serán exterminados en una terrible matanza comparable a los estragos de los mongoles y las Cruzadas”.

“El mundo árabe no está en disposición de llegar a un arreglo. Es probable, Sr Horowitz, que su plan sea racional y lógico, pero el destino de las naciones no se decide por una lógica racional. Las naciones nunca conceden; luchan. Ustedes no lograrán nada por medios pacíficos o por arreglos. Tal vez puedan lograr algo, pero sólo por la fuerza de las armas. Nosotros intentaremos derrotarlos. No estoy seguro de que tendremos éxito, pero lo intentaremos. Pudimos expulsar a los cruzados; pero, por otra parte, perdimos España y Persia. Puede ser que perdamos Palestina. Pero es demasiado tarde para soluciones pacíficas”.

Y llegamos al famoso 1948. David Ben-Gurión se adelanta unas horas al fin del Mandato Inglés y declara la Independencia de Israel con las fronteras contempladas en la resolución 181 de la ONU.

 
El recién nacido Estado de Israel es reconocido rápidamente por EEUU y la URSS entre otros muchos Estados.

Al día siguiente, tropas de Egipto, Líbano, Jordania (entonces Transjordania), Siria y Libia invaden Israel con la intención de “echar a los judíos al mar”.

Acabo aquí el breve relato. He intentado ser lo más conciso posible y soy consciente de que cualquier persona con conocimientos sobre el tema, encontrará multitud de hechos dignos de mencionar que he pasado por alto. En mi defensa, he de decir que cualquier etapa de las que he mencionado daría para escribir una enciclopedia.

☣️Zubizarreta☣️

viernes, 17 de enero de 2020

IMPERIO S.A.

EEUU es el Imperio contemporáneo y de ahí el lógico anti-americanismo mundial, como corresponde. Pero EEUU tiene peculiaridades que lo convierten en un Imperio más odioso, y a la vez, paradójicamente en apariencia, más soportable. Veámoslo.

No tiene aspiraciones de dominación política de territorios, no los anexiona a su soberanía nacional, ni convierte en súbditos a los habitantes ¿No los sojuzga y sin embargo los domina? Parece contradictorio pero no lo es tanto.

La explicación reside en que no está enraizado en la cultura política e histórica estadounidense usar al hombre como medio para un fin, sea este fin moralmente loable o no; lo loable moralmente para ellos es siempre el hombre como fin, la "felicidad" establecida por uno mismo para bien o para mal  –sueño o pesadilla americano– , sea la conducta de este hombre, en su camino por alcanzarla, más o menos moral o incluso por completo inmoral bajo estándares exigentes. Entender esta distinción, que suele despacharse con la etiqueta de feroz individualismo pero que tiene implicaciones más profundas, supone entender el carácter "soft", laxo, de la dominación del Estado estadounidense, que por algo es más gobierno o administración que Estado.

La cultura política norteamericana, que desde un principio fue muy defectuosa respecto a la elevada inspiración democrática que albergaban sus llamados Padres Fundadores, también fue consciente de estos defectos y las flagrantes contradicciones asociadas –esclavitud, racismo, violencia desmedida, lobbys…–  y pese a ellos resuelta a mantenerse firme en la defensa a ultranza de sus instituciones. Con ello evitaron el ensoñamiento en la "Diosa Virtud" y el sacrosanto "Bien común", una lacra que tanto afectó a los revolucionarios europeos y de otros continentes, que al revelarse sus instituciones predestinadas a tan altos ideales contaminados de vicio y crimen arbitrario, caían en la frustración permanente y con ello en la inacabable vocación de destruir para construir en la ilusa esperanza que el último intento será el definitivo. En cambio el estadounidense no se frustra por sus instituciones y si algunas veces piensa que están en crisis, como cuando Vietnam, es porque no se parecen lo suficiente a como eran en 1776.

Ey, pero masacraron a sangre y fuego las tribus nativas americanas, se podrá objetar. Sí, es verdad, porque su habitat era la Frontera en el sentido que ellos le dieron: el enorme espacio destinado a ser el granero y el rancho de los masificados cinturones urbanos del Este. Los amerindios les estorbaban no por el hecho de existir, sino porque deambulaban libremente en su anárquico estilo de vida nómada por las grandes praderas que debían dedicarse al cultivo de cereal en interminables campos, o a pastos para los rebaños de miles y miles de cabezas, o a yacimientos de minerales o petróleo. A los amerindios se les podía exterminar a la vez que se les reconocía como nación soberana de igual a igual a Washington. Lo que no se les podía permitir era subsistir como entidad territorial diferenciada aunque fuera dependiente  –llámese este dominio, colonia, o provincia: las reservas eran otra cosa–  dentro de la nación surgida de la lucha contra la dominación precisamente territorial de los Imperios.

Dominación imperial de otro tipo, entonces. Sin duda. Económica fundamentalmente. Producir tanta cantidad de bienes conlleva venderlos a todo el planeta, inundar el mundo de ellos en realidad. Así se construyó la hegemonía yanqui fuera de sus fronteras: esta fue su auténtica invasión imperialista. Pero hay que tener en cuenta que la inundación alcanzó su punto álgido en la Segunda Guerra Mundial, cuando su abundancia material era requerida con desesperación por las naciones aliadas en su lucha a muerte contra el nazismo. La ración de combate, la chocolatina, el camión: esta fue la avanzadilla de lo que vendría después: McDonalds, Chevrolet e IBM, que no son más que una sofisticación hedonista, en consonancia con el advenimiento de la era del consumismo, de aquellos bienes que primero desembarcaron desde la otra orilla del Atlántico para cumplir una función de lo más austera y práctica.

¿Y qué vino después, tras los cachibaches de consumo? La dominación cultural, por supuesto. Una cultura también ciertamente peculiar cuando no contradictoria. Rica en su herencia de la tradicion europea, de la que es crisol por puro aluvión migratorio multinacional, y pobre en cuanto a sucedáneo del refinamiento de aquella; pobre en cuanto al perfil medio de ciudadano, del estereotipo risible del ámbito rural o el anodino del urbano  –exceptuando la costa Noreste–  y el relativo cuando no falsete paradigma publicitario del "american way of life"; y rica en cuanto a su potencia creadora de símbolos y referencias populares, de la cultura de masas (música, cine, comic, tv, mass media...) que hizo saltar por los aires el enclaustramiento típico europeo, la tendencia al elitismo y a la "alta cultura" como si no pudiera haber otra, libre y desprejuiciada de gustos endogámicos, de pautas y modelos encorsetados, y abierta a todo el que tenga algo que aportar de interés y mérito para alguien, en algún lugar del mundo.

Y por último dominación militar, como no podía ser de otra manera. El Egipto de Ramsés II, la Babilonia de Nabucodonosor, la Grecia de Pericles, la Roma de Octavio Augusto, la Francia de Napoleón, la Inglaterra de la Reina Victoria y la Alemania de Hitler también gozaron de esta: 10 años, 25 años, 50 años a lo sumo. Los EEUU se acercan ya al siglo y "lo que te rondaré morena" ¿Su secreto de perdurabilidad? Con la perspectiva del tiempo se verá, pero más allá de su tremenda y por ahora inigualable capacidad de producción, material y cultural, quizá no sea casual la sucesión sin solución de continuidad en la Casa Blanca de malvados, corruptos, inanes o ridículos presidentes que nada pueden hacer por evitar que su país sea como es.

Mickdos

jueves, 3 de agosto de 2017

OCCIDENTE

Vivimos en un sistema de naturaleza imperialista, de extensión casi global, llamado Occidente,  de esto pienso que no hay ninguna duda. Un sistema que goza de buena y mala salud a la vez, según el prisma de datos con el que se analice; de buena y mala reputación, según el prisma de ideas propias con el que se lo evalúe.

Yo soy un defensor a ultranza de lo que significa Occidente, lo que al mismo tiempo me hace ser su crítico más feroz. Veo tantos fallos, tantas injusticias y cosas mejorables en el sistema occidental, que me abruma, me atora el cerebro y tengo que dejar de pensar en ello. No soy el único, en realidad esta parece ser la norma que suscita un gran desasosiego entre mis conciudadanos repartidos por el “Imperio” occidental. Y este foro, un botón diario de muestra.

 Al tener como uno de sus rasgos definitorios la crítica permanente, los occidentales tienen la conciencia de lo imperfecto como otro de los rasgos que define su sistema. Tener conciencia de la propia imperfección, te hace aspirar a mejorar, y también a la perfección. A la perfección como horizonte que guía el camino para mejorar, con la ilusión de que acabe llegando en un estado final inmutable. Pero ninguna situación creada por los asuntos humanos puede permanecer en una inmutabilidad, y mucho menos perfecta. Occidente lo sabe, y hace de ello su seña de identidad que le permite sobrevivir, sobreponerse y evolucionar  en su cambiante imperfección, a veces progresista, a veces involucionista, y siempre sujeta a la crítica constante de los “occidentalitos”.

El siglo XX fue una gran prueba para la supervivencia de Occidente. Los sistemas fascista y comunista lo pusieron en jaque, y no pudieron con él. Hubo armas de por medio e intereses, claro, pero también profunda convicción moral. Hoy parece haber menos de esta convicción, o eso dicen los sesudos intelectuales. Yo no estoy tan seguro de ello. Se habla de los valores occidentales que hay que preservar; por supuesto, pero eso no significa que sean frágiles. La gran fuerza de Occidente es que sus valores, una vez que se experimentan en las propias carnes, no se puede renunciar a ellos por las buenas. Y esta es una gran fuerza, la mayor que existe. En realidad, Occidente es un sistema de "metavalores" que te dice: ten los valores que quieras, ten valores antagónicos a lo occidental, no tengas valores, o incluso discute el significado de lo que es valor. Haz lo que quieras mientras permitas que los demás también lo hagan. Este es el gran valor de Occidente. Esto es Occidente.


PD:  Agradecimientos a Titito, que despertó a la musa que me hizo escribir este formidable artículo… ¡la modestia nunca figuró entre mis valores!

Mickdos