viernes, 25 de diciembre de 2020

CRITICA A LA DERIVA DEL BLOG

 Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros”.

Frase de Estanislao Figueras, primer presidente de la malograda I República Española. Cuenta la leyenda que el presidente Figueras, tras la enésima reunión de políticos incapaces de llegar a ningún acuerdo, pronunció estas palabras.

En primer lugar, quiero dejar claro que defiendo el lenguaje inclusivo, pero la frase es la que es, y supongo que se entiende.



Bueno a lo que voy:

Cuando Arturo González dejó de publicar sus entradas o ‘articulillos’ en el Blog ‘Puntadas sin hilo’ (Público.es), allá por marzo de 2016, el ínclito Okupado nos hizo la generosa oferta de hacer un blog para quienes habíamos quedado huérfanos del primero, y se puso manos a la obra publicando en esta nueva casa la última entrada de Arturo. Así comenzó la andadura de este blog coral.

Sería cansino y aburrido relatar todas las vicisitudes que hemos pasado hasta llegar al día de hoy. Como es sabido por todos, en el faldón derecho está el historial completo de estos cuatro años y pico, para quien quiera documentarse y curiosear todo lo que le dé la gana.

En los diferentes vaivenes de estos años hemos sufrido: la poca participación, la poca aportación de entradas y comentarios y la permanente desaparición de algunos de los padres de esta casa. Como no han dado razones de su huida, no tengo nada que decir. Este blog nació con vocación de contrastar opiniones políticas e ideologías, como un rincón libertario, con libertad total de opinión y expresión.

A los que nos hemos quedado, la endogamia de estos años, los roces, las suposiciones, la insidias y por fin los insultos y descalificaciones nos han ido minando y a la vez crispando la buena marcha del blog.

Se pusieron moderadores, pero aquello no terminó de fraguar porque se suponía que, en aras de la libertad de opinión, se podía decir lo que se quisiera, pero claro, de opinar a insultar hay un largo trecho que terminó por ser inexistente.

También se dijo que la moderación era una especie de venganza personal, algo que solo podía caber en una mente vengativa, aunque los insultos y descalificaciones todavía siguen escritos para verificación de quien quiera leerlos.

Tras una votación, se quitaron los moderadores, se cambió el administrador (por cansancio o lo que fuese que le pasase a Oku). Pero resultó que el nuevo moderador censuraba y baneaba, e incluso insultaba, a quien le parecía, en aras a una pureza ideológica que iba en contra de la libertad de opinión de esta casa. Dicho moderador dejó de administrar el blog y apareció Yuan pen, volviendo a revivir a este enfermo.

Durante este largo tiempo, también hemos sufrido ataques de trols y algunos de los más veteranos, que dejaron esta casa, tuvieron la crueldad de borrar todos sus comentarios quedando algunas entradas hechas unos zorros, pues los comentarios restantes quedaron casi sin sentido, con el argumento peregrino de que los comentarios eran de su propiedad.

Más tarde llegaron nuevos blogueros y, parecía que la sangre nueva nos vivificaría, pero tras un corto periodo se polarizaron aún más las diferencias y en esas estamos.

Cuando me he referido a este blog, siempre lo he hecho como si este fuese una posada o una cocina donde, mal que bien, pero con total entrega, cada voluntario que nos regalaba una entrada, nos cocinaba un plato y lo servía al paladar de todos.

Como cada cual es como es, algunos cocineros han sido más creativos y sabrosos al paladar, otros más selectivos y menos participativos y otros solo han aportado sus comentarios, masticando y tragando o escupiendo cada nuevo plato.

Solo quien escribe una entrada sabe lo que cuesta escribirla y lo ingrato que es que, a las 12 horas, pasemos de ella y comentemos noticias del día, del tiempo que hace o de enfermedades, cumpleaños y muchos saludos y despedidas, transformando el blog en un insustancial chateo capaz de aburrir hasta a las ovejas.

También es muy cansino, ver y releer comentarios repetidos hasta la extenuación ocular, así como tener que leer a quien escribe como un niño pequeño que aparenta no saber de ortografía para mortificarnos aún más las córneas. También, en mi opinión, se abusa de múltiples falacias como las descalificaciones ad hominem (a la persona y no al argumento) y la falacia del hombre de paja (refutar una proposición diferente), pero es el precio que al final pagamos todos por el respeto a la libertad y la diversidad.

Algunos curtidos en estos lares, esgrimen a veces, la peregrina excusa de que su comentario-respuesta es una ironía o sarcasmo, lo que viene siendo ¡una tomadura de pelo!, vamos. Es bueno recordar que no es lo mismo reírse con que reírse de.

Podría aburrir, pero ya lo voy dejando. Como en cualquier orden de esta sociedad aquí en el blog hay muy diferentes niveles de comprensión, de expresión y de educación, y lo peor de todo es que, aunque aquí paramos bastantes jubilatas aburridos, entre los que me encuentro, venimos y aparecemos cuando podemos, queremos o nos dejan nuestras ocupaciones diarias que casi todos tenemos y, según el día que hayamos pasado o cómo sople el viento, venimos más o menos alegres o crispados. Esto lo digo porque cuando alguien se siente vejado, vituperado o insultado, recurre al: “Me insultaron y nadie dijo nada…”

Durante cierto tiempo aparecieron y aun hoy aparecen académicos fracasados de la Lengua viperina que se dedican a corregir errores gramaticales o de teclado, “con la mejor intención”, aunque curiosamente, encima o debajo haya otro comentario con errores más gordos aún. Ahora ¡¡diles tú a ellos algo y leerás que tienen mil excusas!!

Y la última es, cuando pones un enlace o noticia, siempre hay un lorito que te dice: “Eso lo puse yo ayer”, “no, yo anteayer” o “yo hace 5 días”.

Muchas medallas hay que traer para repartirnos a tantos egos.

El interés que me mueve a lo escrito es que deberíamos tratar de compartir y aprender del conocimiento, de las vivencias o sinsabores que hemos pasado cada uno, aunque a veces eso esté muy profundo. Lo malo que pasa es que al tener ese conocimiento de los demás, lo usamos como arma arrojadiza en caso de trifulca. Por eso es por lo que a veces hay quién prefiere callar.

Como una vez dijo aquí un fanfarrón que huyó como un conejo, yo tengo en mi mochila para publicar cienes de entradas, pero animo a que quien aún no se haya atrevido a publicar una, que lo haga, para que sienta y valore el esfuerzo que cuesta, lo ingrato y cruel de las críticas, pero que así al menos, pueda compartir sus sueños de un mundo mejor y colabore en mantener este blog.

Texto escrito el 6 de diciembre.

Adenda:

Ha reaparecido un personaje convenientemente disfrazado, que con su fino bisturí se ha propuesto romper el blog y aburrirnos a todos, en especial a los que ahora por razones varias, tienen poco tiempo para visitarnos y prefieren no entrarle al trapo.

Por mi parte, deciros que, aunque esta visita pueda parecer negativa, para mí, es un revulsivo a todo lo anteriormente expuesto, y que yo no estoy dispuesto a concederle la posibilidad de que consiga su fin.

Usa hábilmente la técnica del guepardo: al principio, ataca al más débil de la manada y después trata de seguir cobrándose deudas que supongo tendrá pendientes.

No debería conseguirlo, de nosotros depende.

Ivanjoe


viernes, 18 de diciembre de 2020

HUMANIZAR LOS DERECHOS

 Según la Constitución española, el derecho a la vivienda no es un derecho fundamental. El artículo 47 es así pues un mero principio de política social y económica, pero no un derecho comparable a la libertad de expresión o al derecho a la propiedad privada. Quienes niegan ese derecho como algo inalienable recuerdan que ni siquiera en la Europa comunitaria, ese supuesto non plus ultra de la civilización mundial, el derecho a la vivienda es considerado como un derecho fundamental. 

Quizá siguiendo la vieja máxima de George Bernard Shaw de que tanto un multimillonario como un mendigo tienen el mismo derecho a dormir en un banco del parque si lo desean. 

Claro está que por la misma razón hay más margen para interpretar ese derecho a la vivienda, lo mismo que el derecho a una sanidad gratuita o a la educación, por citar sólo dos, desde perspectivas ideológicas. Por ejemplo, cualquier ciudadano estadounidense es libre de morir sin asistencia médica de ningún tipo si así lo desea, o incluso si no lo desea, y, de hecho, alrededor de cien mil estadounidenses al año mueren de esta forma. La famosa ACA (Affordable Care Act) , pensada también para favorecer a las grandes empresas del sector sanitario y denigrada por los republicanos como “Obamacare”, dio algunos tímidos pasos en el camino de remediar esa situación, pero se quedó a medias, lo que muy probablemente era su propósito original, ya que un “single payer system” , como se conoce en Estados Unidos a la sanidad pública universal, está anatemizado en ese país como “socialista”. 

¿Pero qué es lo que tienen el derecho a la propiedad privada y el derecho a la libertad de expresión para ser los derechos reconocidos sin límite alguno en todos los países capitalistas por encima de todos los demás? ¿La unanimidad respecto a ambos obedece a un amor desaforado a la libertad de expresión? ¿Existe quizá un vínculo estrecho entre los dos?

Nadie puede negar la importancia de la libertad de expresión en el funcionamiento de una sociedad dinámica y saludable. La falta del libre intercambio de ideas que sufrió Europa durante la llamada Alta Edad Media a causa del predominio absoluto del pensamiento de la patrística cristiana fue el origen de una época de enclaustramiento de las ideas que sólo empezaría a relajarse a partir del siglo XIII de nuestra era. Del mismo modo que el actual fundamentalismo islamista es una clara prueba de adonde puede llevar este tipo de pensamiento circular. Algo parecido podría decirse de los períodos más duros del estalinismo en la extinta Unión Soviética.

¿Pero por qué esta obsesión de que el libre pensamiento y la libre circulación de las ideas ha de estar indisolublemente ligada al capitalismo? ¿No es esa idea ya en sí una forma de pensamiento único? Pero peor todavía es cuando los supuestos campeones de la libertad de pensar y de elegir empiezan a otorgar licencias y patentes de corso para romper sus propias reglas. ¿Por qué es legítimo hacer negocios con Arabia Saudita pero no con Venezuela o Cuba? ¿Por qué Mohamed Bin Salman sí pero 



Kim-Jong Un no? – un espíritu travieso podría preguntar también cuántas veces va a dar la prensa occidental por muerto a Kim-Jong Un, pero ese sería otro tema-. Estas incoherencias podrían llevar a pensar que la supuesta defensa por parte de Occidente de estos tan cacareados derechos humanos no es más que una forma velada de continuar con el imperialismo de los siglos precedentes. Mientras que países como Cuba, Venezuela o Bolivia sufren un escrutinio incansable e implacable sobre todo lo que hacen, incluidos sus procesos electorales, las constantes infracciones de todos los derechos humanos imaginables por parte de Arabia Saudita en el Yemen son objeto de un clamoroso silencio por todos los gobiernos occidentales. Otro ejemplo de un gobierno con patente de corso para realizar toda clase de atropellos sería el de Haití, apoyado sin reservas por el gobierno de Donald Trump e incluso el gobierno canadiense.(https://www.counterpunch.org/2020/12/11/canada-haiti-and-hong-kong/). Por no hablar de la ignorancia absoluta del constante agravio contra el pueblo palestino a manos del gobierno israelí o de otras minorías étnicas ignoradas en el mundo como por ejemplo los rohingyas o los cachemiros (los uigures quizá tengan mejor suerte). (https://www.counterpunch.org/2020/12/11/pukr-palestinians-uighurs-kashmiris-and-rohingyas/ )   Contrasta todo esto de manera más notable todavía con la muy reciente campaña occidental contra Siria, y el envío y apoyo militar por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia a todos esos yihadistas de Al-Nusra –la marca local de Al-Qaida – y del Estado Islámico reciclados a toda prisa como “freedom fighters” al estilo de los talibanes jaleados por Ronald Reagan en los 80. Al parecer, los derechos humanos de los sirios sí que merecen este apoyo por parte de Occidente al estilo de los famosos amores que matan. 

Y , desde luego, sí que existe un nexo inefable entre la libertad de expresión y el derecho a la propiedad o el capitalismo. Porque sin libertad de expresión no hay propaganda, como muy bien sabía Edward Bernays (1891-1995), https://es.wikipedia.org/wiki/Edward_Bernays) el inventor de la teoría moderna de la propaganda, uno de cuyos más aventajados discípulos fue el mismísimo Goebbels. No en vano, la tarea de la mayoría de los “think-tanks” radicados en Washington , entre ellos el célebre “National Endowment for Democracy”, que es poco menos que el brazo propagandístico de la CIA, consiste  en facilitar los cambios de régimen que sean oportunos en el país que en aquel momento sea el blanco de los dos imperios occidentales de referencia, el norteamericano y el británico –el segundo, eso sí, muy subordinado al primero-, acompañados de los compañeros de viaje ocasionales ( Alemania, Francia, Italia, España, etc…). Si se busca un cambio “pacífico”, el método elegido suele ser el de “la revolución de colores”, siguiendo el manual redactado en su día por el politólogo Gene Sharp ( https://es.wikipedia.org/wiki/Gene_Sharp ) Sería el caso de países como Ucrania . En el caso de regímenes muy sólidos y/o totalitarios en los que tal estrategia resulta improductiva, se recurre a la intervención militar directa (Iraq, Libia, Siria). En otros , como Venezuela, se ha intentado un procedimiento mixto de revolución de colores e intervención militar. Y luego estarían los casos de los golpes de estado en el sentido más clásico, reminiscencia del infame golpe de estado en España del 1936, como el golpe de Pinochet en Chile en 1973 –el auténtico inicio de la era neoliberal que luego arrasaría el mundo entero- o, más recientemente, Honduras y Paraguay. Tomas de poder por parte de los militares con el sabor añejo del típico alzamiento decimonónico que se hizo famoso en todo el mundo partiendo de España. 

Pero quizá el colmo de la duplicidad de la propaganda occidental se da en casos como la estigmatización y condena simbólica a la hoguera de personajes como Julian Assange o Edward Snowden. Los que para nuestra desgracia ya tenemos una edad recordamos como se canonizó en su día a disidentes de la antigua URSS como Aleksandr Solzhenitsyn  o Andrei Sajarov, ambos premiados con sendos premios Nobel. Quizá por eso sea para nosotros un motivo de consternación aún mayor el trato que están sufriendo tanto Snowden como, sobre todo, Assange, sometido en Londres a un juicio a medio camino entre los procesos de Moscú del padrecito Stalin y la ira inquisidora del senador de infausto recuerdo Joseph McCarthy. Y resulta más escandalosa todavía la manera en la que la muy democrática e ilustrada “main stream media” occidental ha dejado en la estacada a quien fuera en su día un antiguo colaborador, cuyos wikileaks fueron publicados por los más destacados periódicos liberales del mundo (The New York Times, The Guardian, El País, Der Spiegel, Le Monde…). Los mismos medios que ahora le difaman y condenan. Como es bien sabido, Assange se enfrenta ahora a una más que probable cadena perpetua en Estados Unidos en cuanto se de vía libre a su extradición, algo que parece inminente y que se sabrá con certeza el próximo 4 de enero. 

Por todo eso sería quizá mejor dejar de lado tanta hipocresía y aparcar la palabrería sobre los derechos humanos para sustituirla por una humanización de los derechos. Una ética que reconociera que no puede existir nada que se parezca a una auténtica democracia sin el reconocimiento explícito de  una serie de derechos humanos esenciales tales como el derecho  a la vivienda, el derecho a una educación gratuita e independiente de tutelas políticas y religiosas o el derecho a una sanidad universal gratuita y un respeto elemental a las minorías inmigrantes. Una ética política que aceptara el hecho de que si estos derechos no están al alcance de la totalidad de la población, la supuesta libertad de expresión no es más que un estéril derecho al pataleo , en el ejercicio del cual acaban prevaleciendo los sofistas y los bufones del sistema, convenientemente apoltronados en sus cátedras universitarias, en sus salas de redacción y en sus tribunas televisivas o radiofónicas, sin olvidar los ejércitos de cibermercenarios a sueldo que repiten a diario el argumentario recibido de sus superiores en los laboratorios de pensamiento como quien repite el padrenuestro en sus oraciones diarias. Aunque sean oraciones al dios Mammón.  

Veletri

viernes, 11 de diciembre de 2020

UNIPARTIDISMO

 ¿Son los países gobernados por partidos únicos democracias?

La respuesta es clara y contundente ¡No!

Antes de nada, digamos que, en la actualidad, los cinco principales países gobernados por partidos únicos son:

- China.

- Corea del Norte

- Cuba.

- Laos y

- Vietnam.

Todos tienen algunas características comunes, como es que la ideología que los sustenta a todos es el socialismo: Socialismo a secas (en Cuba), socialismo Juche (en Corea del Norte) o socialismo de mercado (en China, Laos y Vietnam).

Otra característica es que todas provienen o se instauraron tras una cruenta guerra civil, con una gran represión y posterior eliminación de la disidencia.

Y aunque la mayoría tiene una Constitución envidiable, pero con artículos sobre la inmovilidad del socialismo y la apertura a la Economía de mercado, todas presentan restricciones: a la libertad de movimiento, control y bloqueo de internet y de las redes sociales, a la libertad de expresión, de manifestación o reunión, a la libertad de prensa y la propiedad privada está muy limitada. También la mayoría realiza detenciones de ciudadanos díscolos catalogados como detenidos de conciencia, incluso son llevados en algunos casos a centros de reeducación.

Se podría argüir dialécticamente que estos tipos de socialismo en realidad son un paso previo al ansiado comunismo y que, a su vez, este comunismo es un segundo paso previo al comunismo libertario. Pero la realidad a día de hoy nos golpea y nos dice que estos países siguen anclados en la dictadura del proletariado, que es la otra o la misma cara de la dictadura del capital, y que la entrada de capital y empresas extranjeras y las transacciones comerciales con el exterior han dulcificado un tanto esa dictadura, así como que gracias a tener en sus manos los medios de producción han conseguido un gran crecimiento económico. El uso posterior de dicho crecimiento económico para conseguir la igualdad, 

la asistencia sanitaria y educativa de todos los ciudadanos o para mejorar la defensa del socialismo potenciando el ejército y la tecnología armamentística, marcaría el progreso de dicha revolución.


FOTO Monkey Parliament de Banksy

En las democracias pluripartidistas consolidadas, se podría afirmar que la distribución de la riqueza está garantizada por los impuestos que cada individuo o empresa aporta al erario público y que el Gobierno distribuye proporcionalmente en la asistencia universal sanitaria y social, en la educación, la investigación, las infraestructuras, etc., para corregir las desigualdades sociales. Aunque haya casos de corrupción política.

¿Pero cuáles son los retos con los que se encuentran los países y sociedades modernas?

Uno de ellos es la carrera armamentística, o el pulso por la supremacía militar y económica que todas las grandes potencias quieren liderar. Porque estar bien armado es una medida disuasoria ante los enemigos, la sumisión de los amigos y un buen negocio para encender la mecha de una guerra, a ser posible, lejos del imperio.

Esto lleva a que, por un lado, las grandes corporaciones tecnológicas capitalistas se apoderen de la producción militar y tecnológica, y por el otro, los países socialistas, para competir en el mercado global, recortan las libertades sociales: de expresión, de prensa y manifestaciones y, armándose hasta los dientes, reducen el gasto en beneficios económicos a sus clases trabajadoras.

Todo esto ha revolucionado y complicado el panorama mundial, pues en países donde existe la pluralidad de partidos, podría decirse que ante Constituciones donde no están garantizados los derechos fundamentales de los ciudadanos: cuando gobierna la derecha, reduce los derechos laborales y sociales y cuando gobierna la izquierda, los aumenta, en una especie de baile de la Yenka: 

¡¡Izquierda, izquierda, derecha, derecha,

adelante, detrás, un, dos, tres.


Lo que viene siendo una intolerable pérdida de tiempo, ya que los derechos laborales y sociales deberían estar consolidados y ser susceptibles solo de mejoría y no de reducción.

Hay una característica común a todos los sistemas políticos actuales que es la excesiva burocratización y aumento del aparato del Estado.

Otro reto que afecta a las democracias occidentales es la avalancha de inmigrantes, personas que no teniendo nada que perder, nada más que sus vidas, la arriesgan huyendo de la tiranía de sus países y las guerras, y llegan a los países fronterizos como al Dorado en pos de una Arcadia feliz que los nativos aun no conocemos, pero que los inmigrantes creen que disfrutamos.

Aquí se produce otro curioso fenómeno que es que los lugareños, o sea los que llegaron aquí primero, ante esa muchedumbre de hambrientos, ven peligrar su pan con manteca y sienten xenofobia y en consecuencia sufren una exacerbación de nacionalismo rancio.

La realidad es que, aunque haya aproximaciones, no existe un país que haya conseguido la sociedad perfecta, más justa en bienestar y derechos sociales, con pluralidad de partidos y libertades individuales.

Foto Parlamento chino

Si miramos a China, observamos cómo ha pasado en tres décadas del maoísmo o comunismo chino a una economía capitalista, autoritaria y con un fuerte componente nacionalista.

Es cierto que China permite que haya ocho partidos que colaboran y aceptan la autoridad del PCCh. Aunque la Constitución china garantiza la libertad de expresión, utiliza la cláusula de “subversión del poder estatal” para encarcelar a cualquier persona. Controla, censura y encarcela a disidentes y periodistas. Prohíbe religiones como la islámica.

En China no hay elecciones. Cada 5 años, más de 2000 delegados, llegados a Pekín de todos los rincones, a puerta cerrada, votarán a los miembros del Comité Central, formado actualmente por 205 personas. Entre ellos, saldrán posteriormente los elegidos para entrar en el Politburó (ahora compuesto por 24 miembros) y, finalmente, el Comité Permanente, el órgano ubicado en la cúspide de la pirámide de poder del PCCh: actualmente sólo está formado por siete hombres, los más poderosos de China. De ellos sale el presidente que a su vez es el secretario general del PCCh. Su mandato era de 5 años y dos mandatos. En 2018, una reforma constitucional permite presentarse indefinidamente a la reelección.

Algunos especialistas en el marxismo opinan que actualmente China se encuentra en una fase similar a la de la Nueva Política Económica en los primeros años de la URSS, asentando el capitalismo para, una vez superada esa fase de transición, poder dar el salto definitivo a un modelo socialista afianzado.

Por el contrario, si miramos a otro gran país también surgido tras una guerra civil, los Estados Unidos de América (USA), paradigma del capitalismo mundial, donde vales por lo que tienes, apenas hay Sanidad pública y servicios asistenciales mínimos, y tiene 40 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. Su sociedad es bastante racista con la población negra e hispana. Aunque podemos afirmar sin titubeos, que allí cualquiera puede ser presidente, la realidad es que solo cualquiera que consiga que le avalen los padrinos capitalistas.

Su Constitución legitima el pluripartidismo, hasta tiene un partido comunista americano, pero residual. En las elecciones teóricamente puede ganar cualquiera, pero de hecho, solo pueden ganar o los demócratas o los republicanos, o sea: o la derecha o la extrema derecha.


foto parlamento europeo

Simpatizo con algunas socialdemocracias centroeuropeas, sobre todo con Dinamarca (el séptimo país más rico del mundo) que, aunque es una monarquía parlamentaria con casi seis millones de habitantes, ha favorecido el estado de bienestar y garantizado el acceso a los servicios públicos, haciendo gran hincapié en la redistribución de las riquezas, la inclusión social y la universalidad de las prestaciones, con una elevada participación de los sindicatos.

Dinamarca es el país que menos corrupción ha experimentado en el mundo. La mayoría de los daneses apoyan el nivel de impuestos porque saben que es manejado correctamente, en favor del Estado de bienestar y para beneficio de todos.

En Dinamarca, la Educación y la Sanidad son gratuitas, con ayudas para los estudiantes y para adquirir una vivienda los que tengan salarios bajos.

Si me diesen a elegir un país para vivir, elegiría a Dinamarca sin duda. Aunque Vietnam también me llama mucho la atención, por ser el 80% de la población practicante del Budismo Mahayana, por practicar la medicina tradicional natural y la Acupuntura, exenta de efectos secundarios.

foto parlamento vietnamita


Ivanjoe


viernes, 4 de diciembre de 2020

EL CASTIGO

 Desde los tiempos más inmemoriales, el ser humano ha intentado siempre interpretar y hacer suyos los designios de la Naturaleza. Con el devenir de las generaciones, y ante la imposibilidad de dominar ninguno de los accidentes atmosféricos, climáticos o sísmicos que destrozaban sus vidas, los humanos buscaron alguna explicación que pusiera un aparente orden en la violencia y caos frío y sin sentido que se abatía sobre ellos. Aterrorizados por una cólera que provenía de la nada, empezaron a inventarse dioses a los que responsabilizar por aquellos cataclismos, y también a idear los sacrificios que pudieran apaciguar a esos dioses. Así es como hay que interpretar las grandes obras de la antigüedad , especialmente  de la cultura griega, como los poemas épicos de Homero o las tragedias de Esquilo y Sófocles (Eurípides empieza a poner en tela de juicio a las divinidades). 

Esta tendencia se corrigió y aumentó con el advenimiento de las religiones monoteístas inspiradas en el judaísmo. Dichas creencias religiosas supusieron no sólo una visión crecientemente antropomórfica del universo, sino, sobre todo, una codificación estricta de las maneras en que se podía ofender a los dioses –en este caso, al Dios único, omnipotente y omnisciente-, y también de las maneras en que había que expiar esa culpa. En el caso del cristianismo, no sólo había los Diez Mandamientos, sino toda una serie de pecados mayores y menores, catalogados en los evangelios supuestamente genuinos y denostados por una infinidad de teólogos desde la época de la patrística. Con ello, la gran coartada estaba dispuesta, no sólo para los lideres de todas esas confesiones monoteístas, sino para los gobernantes , reyes y emperadores que se apresuraron a investirse con la autoridad divina, empezando por Constantino, el emperador romano que inició la gran liquidación del paganismo. Ya que no se podía dominar la Naturaleza y los designios de Dios eran inescrutables, se disponía al menos de una guía espiritual para evitar incurrir las iras divinas. Era lícito llorar a los muertos, pero existía la consolación de una vida eterna en un mundo mejor a salvo de todo tipo de adversidades y devastaciones de la Naturaleza. Las epidemias, al igual que los grandes temporales o los terremotos,  eran consideradas por los místicos de guardia como un castigo enviado por la Divinidad contra la Humanidad descarriada y pecadora.

Fue el gran terremoto de Lisboa de 1755 , ciudad católica por excelencia, el que movió a los intelectuales de la época a cuestionar este orden de cosas. Lisboa era por aquella época la cuarta ciudad más populosa de Europa, superada solo por Londres, París y Napolés, pero fue casi aniquilada por el seísmo. La gran mayoría de los 70.000 fallecidos de ese 1 de noviembre, día de Todos los Santos, perdieron la vida dentro de las iglesias donde estaban rindiendo tributo a la divinidad. Voltaire escribió ampliamente sobre la tragedia, no sólo en un pasaje de su “Candide”, sino en un célebre poema titulado “Poème sur le desastre de Lisbonne”. En ambas obras Voltaire arremete contra el pensamiento optimista de pensadores anteriores como Leibniz o incluso Descartes: “ Filósofos engañados que gritan /”Todo está bien”/Vengan y contemplen estas ruinas espantosas / Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas/ Esas mujeres, esos niños, unos sobre otros apilados/”. 

Todavía en 1722, el gran escritor inglés Daniel Defoe en su “A Journal of the Plague Year” era capaz de ver en la gran epidemia de peste que había asolado Londres en el año 1655 una prueba que Dios había puesto a los hombres, y de la cual habían salido fortalecidos los más puros de corazón y los que más fieles eran a los mandatos divinos y a virtudes como la laboriosidad. Pero habían bastado unas pocas décadas dentro del mismo siglo y el trabajo de los filósofos franceses de la Ilustración para que esta idea cayera en desgracia. No bastaba con la fe ciega, sino que empezó a comprenderse que había que buscar explicaciones más racionales y, por así decirlo, inhumanas, a los fenómenos y catástrofes naturales. La postura radicalmente contraria a la de Defoe la encontraríamos en la célebre novela de Albert Camus, “La peste” (1947). En ella la idea del castigo divino ni siquiera se plantea, sino que mientras que la epidemia devasta la ciudad de Orán, la pregunta constante y angustiosa que se plantean los protagonistas es el por qué Dios, si existe, permite el sufrimiento de los débiles y los inocentes. Y  la solución que encuentra uno de los personajes es reivindicar una “santidad sin Dios”. Es decir, una dedicación incondicional a nuestros semejantes que sufren y perecen en la enfermedad. 

Pero incluso una vez descartada la idea de Dios, de un dios bondadoso e omnipotente pero a la vez vengativo, seguía el problema de la Naturaleza. ¿Qué es la Naturaleza? ¿Es la realización de algún proyecto? ¿Tiene algún sentido? ¿Existe algún plan en el Universo? Uno de los heterónimos del poeta portugués Fernando Pessoa –en mi opinión el mayor poeta del siglo XX- resuelve el problema de esta manera:

Num día excesivamente nítido 

Día em que dava a vontade de ter trabalhado muito 

Para nele nao trabalhar nada,

Entreví, como uma estrada por entre as arvores

O que talvez seja o Grande Segredo,

Aquele Grande Misterio de que os poetas falsos falam

Ví que nao há Natureza

Que Natureza nao existe

Que há montes, vales, planicies

Que há arvores, flores, ervas

Que há ríos e pedras ,

Mas que nao há um tudo a que isso pertença,

Que um conjunto real e verdadeiro

E uma doença das nossas ideias.

A Natureza é partes sem um todo.

Isto é talvez o tal misterio de que falam

Foi isto o que sem pensar nem parar

Acertei que devia ser a verdade 

Que todos andam a achar e que nao acham

E que so eu, porque a nào foi achar, achei 


(Alberto Caeiro)

Atrás queda incluso el sofisticado y nada ingenuo ni pueril panteísmo de un Spinoza. Para Caeiro, quizá para el propio Pessoa, en el universo no existe un plan, sino que simplemente ocurren cosas. ¿Acaso la extinción de los dinosaurios supuestamente por un meteorito formaba parte de un plan divino para que los mamíferos se apoderasen de la Tierra? Caeiro se reiría de semejante idea, lo mismo que la inmensa mayoría de los científicos de nuestro tiempo, y de hecho una de las preocupaciones mayores de los astrónomos es justamente que nuestro fin como especie sea muy similar al de nuestros gigantescos predecesores. En la película “Melancolia” (2011) ,del cineasta danés Lars Von Trier, se plantea esta posibilidad. El planeta Melancholia, fugado de su órbita, se precipita hacia la Tierra y acaba colisionando con ella acabando con toda la vida sobre nuestro planeta. Pero no haría falta colisionar con un planeta entero para ello; bastaría con un meteorito o asteroide de un determinado tamaño. Y de esta forma, nuestra especie terminaría su historia sin haber encontrado a ninguno de nuestros imaginados y deseados congéneres inteligentes intergalácticos. 

El coronavirus ha revitalizado la idea del castigo de la Naturaleza, esta vez sobre todo desde la izquierda o, al menos, desde una cierta izquierda. Ya no es Dios quien nos castiga, sino la Madre Naturaleza, que no tiene bastante con azotarnos con terremotos, huracanes, cánceres, enfermedades diversas de una crueldad inimaginable que acaban con la vida no sólo de los más viejos y también a menudo de los más inocentes, sino que ha tenido que sacarse de la manga el Covid para abrumarnos con su ira. En este caso, la falta la habría cometido el capitalismo, aunque, como en tiempos de la divinidad más o menos derrocada, seguirían pagando justos por pecadores. El planeta, o Madre Tierra, mostraría su enfado mandándonos esta plaga del siglo XXI. 

Sin embargo, tanto la historia de la Humanidad como de las epidemias parece demostrar algo distinto. Cuando los humanos no han salido a buscar las pestilencias en terrenos inhóspitos, han sido las plagas los que han ido a buscarlos. Cólera, tifus, la misma peste negra, y tantas otras. Como dice el polemista y ocasionalmente filósofo francés Bernard Henry Levy  en su reciente libro “Ce virus qui rend fou”- no es santo de mi devoción, pero en esto no puedo evitar estar de acuerdo con él-, los virus no miran a quien infectan, ni hacen política, ni tienen conciencia de razón histórica alguna. ¿Por qué entonces esta izquierda se aferra a esta idea del castigo sobrenatural o, quizá habría que decir, hipernatural? ¿Simplemente para tener un argumento más que esgrimir contra el sistema capitalista? Al capitalismo se le puede recriminar muchas cosas, pero considero que culparle del coronavirus es una pretensión cuando menos discutible. Creo más bien que esas personas tampoco aceptan la idea de la insoportable soledad de nuestra especie, tanto entre las demás especies como a nivel cósmico, y por eso creen que hay que ajustarse a un orden natural supuestamente inalterable. Por supuesto que hay que respetar a nuestro planeta, pero no porque nos amenace un castigo impuesto por una sabiduría superior que con toda probabilidad ni siquiera existe, sino por una solidaridad elemental hacia las demás especies animales y  porque si no se siguen las reglas del juego, quedas fuera de la partida, como quien quisiera saltar con su caballo fuera del tablero de ajedrez. 


 


Veletri