sábado, 30 de abril de 2022

UNA OMISIÓN HISTÓRICA

Marie Le Jars de Gournay (1565-1645), mujer culta y ampliamente respetada en su tiempo (aunque más tarde fuera olvidada), gran seguidora de los escritos de Montaigne, aseguraba en su obra Sobre la igualdad de hombres y mujeres que «estrictamente hablando, el ser humano no es ni masculino ni femenino: los sexos distintos no están ahí para establecer y señalar una diferencia, sino que sirven solamente para la reproducción. La única característica esencial radica en el alma dotada de inteligencia». Marie decidió permanecer soltera y, producto de su gran cultura y tesón para el estudio, fue artífice de uno de los salones franceses más eminentes en el que se reunían intelectuales de diverso calado donde se hablaba sobre literatura, política o filosofía. El mismísimo cardenal Richelieu fue un confeso admirador de Marie.

Apoyándose en algunas tesis del mencionado Montaigne (que llegó a tratar a nuestra protagonista como a una «hija adoptiva espiritual»), De Gournay centró su pensamiento en la reflexión sobre la muerte y en la necesidad de imprimir un sentido a nuestra vida. Pero, sobre todo, puso sobre el tapete la cuestión del género, al afirmar que si bien hombre y mujer se diferencian físicamente, en su interior, sin embargo, albergan una característica idéntica: poseen un alma. Y es que no dudó en denunciar que si las mujeres no alcanzaban puestos más destacados en el panorama cultural de la Francia que le tocó en suerte vivir, era debido a la carencia de posibilidades para formarse. Por esta razón nunca dejó de animar a sus amigas y conocidas, a través de sus libros y en las reuniones que ella misma organizaba, a adquirir el aprendizaje necesario para situarse al mismo nivel intelectual que los hombres para, con el tiempo, demostrar la igualdad de los sexos a este respecto. En un breve texto, titulado Quejas de las mujeres, harta de las falsas acusaciones que sobre ella se cernían (brujería, prostitución, demencia, «vieja solterona», etc.) llegó a escribir que «más de uno dice treinta tonterías y todavía triunfa, por su barba o por el orgullo de sus supuestas capacidades».

Cuando la historia de la filosofía se ha hecho cargo de la mujer (aunque haya sido colateral y parcialmente), da la impresión que se ocupa de una realidad que no es completamente humana. Si tenemos en cuenta que la filosofía responde a la universal y perentoria necesidad humana de dar solución a los grandes interrogantes de la existencia, es difícil entender cómo hay quien ha intentado hacer de esta disciplina un campo destinado exclusivamente a los hombres. El problema es que, cada vez que las mujeres han intentado hacerse un hueco en la filosofía, han sido condenadas a ser y existir en un mundo construido por el varón, por lo que escapar de los fuertes prejuicios arraigados en la sociedad en cuestión ha supuesto un esfuerzo en ocasiones insuperable. Immanuel Kant, por ejemplo, inmerso de lleno en el complejo contexto de la Ilustración, declaró en una clase del curso 1790-1791 que «las mujeres son siempre niños grandes, es decir, no se fijan nunca un objetivo, sino que se dejan caer ahora aquí, ahora allá, pero no contemplan objetivos importantes; esto último es tarea del hombre». En aquella misma época, sin embargo, en la que el acceso de las mujeres a la cultura seguía sujeto casi por completo a la condición de que sus familias ostentaran un alto nivel económico, o que se decantaran por la vía religiosa de un monasterio, existían auténticas filósofas que se vieron condenadas a vivir bajo la sombra de las grandes figuras masculinas (el propio Kant, Fichte, Schelling o Hegel, entre otros).

Si viajamos por un momento hasta la actualidad descubrimos, tras la aparición de los grandes grupos feministas del siglo XX, que lo que llamamos «masculinidad» y «femineidad» no son notas esenciales de la naturaleza humana, como pensaban Kant, Rousseau o Schopenhauer, sino constructos sociales o culturales que pueden ser modificados con el esfuerzo de una sociedad. Aquella expulsión premeditada de las mujeres del mundo de la cultura, se expresa como omisión histórica que ha borrado los rastros dejados por mujeres. Afirmarse como mujer no significa dejar de ser parte de la humanidad. Desde muy pronto, en mitos difíciles de fechar, el Sol fue identificado con el varón, junto a las características de la fuerza, la actividad y la responsabilidad, mientras que a la mujer se le adscribían notas más oscuras (Luna), como la falta de creatividad o la irracionalidad. Hasta bien entrado el siglo XX, el principal negocio femenino fue, pues, seducir para engendrar. Es el caso de Olympe de Gouges (1748-1793), autora de la primera Declaración de los Derechos de la Mujer en el año 1791. En ella acusaba a la Asamblea Nacional de París de haber publicado una Constitución dirigida en exclusiva a los «hombres y ciudadanos», en la que, como cabe suponer, quedaban excluidas las mujeres. Después de un matrimonio forzado con un viejo empresario, y tras quedar viuda, adujo sin temor que el casamiento supone «la tumba de la confianza y el amor». En sus escritos, que tuvieron gran repercusión, trataba diversos temas (religión, matrimonio, celibato, sociedad, etc.). A pesar de que la revolución fuera acogida como un soplo de aire fresco por gran parte del pueblo francés frente a los abusos del Antiguo Régimen, bajo el estandarte del famoso lema revolucionario «Libertad, igualdad, fraternidad», Olympe pensaba que la situación de las mujeres, a pesar de todo, no había cambiado ni un ápice. Con una voluntad férrea, reclamó un trato de igualdad en cualquier aspecto para hombres y mujeres. Lo importante, pensaba, no es demostrar que la naturaleza de ambos sexos no difieren en lo esencial, sino obligar al Estado a que la ley les sea aplicada de igual forma: los derechos no son un privilegio que puedan dispensarse aleatoriamente. En su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, Olympe llamaba la atención a sus compañeras de esta forma: «Mujer, ¡despierta! La campana que toca la razón resuena por todo el universo; ¡conoce tus derechos! El reino poderoso de la naturaleza ya no está rodeado de prejuicios, fanatismo, escepticismo y mentiras. Solo la ley tiene derecho a poner límites a esta libertad cuando degenera caprichosamente, pero debe ser igual para todo el mundo». El punto clave de la libertad, aseguraba la enérgica Olympe, reside en que la sociedad admita que cualquier ciudadano, sea cual sea su condición o su sexo, pueda progresar sin impedimentos artificiales mediante la libre ejercitación de sus capacidades. Olympe de Gouges murió ejecutada en defensa de esa misma libertad, tras oponerse frontalmente a la represión jacobina que por aquel entonces comandaban Marat y Roberspierre. La acusación del tribunal revolucionario: reaccionaria.

Para evitar estridencias que pudieran afectar al tranquilo devenir masculino de la historia de la filosofía, la estrategia a seguir fue clara: silenciar el ejercicio intelectual de las mujeres.

Ya en el siglo XIX existieron algunas mujeres que, tras la aventura ilustrada en la que la filosofía prosiguió su recorrido eminentemente masculino, fueron conscientes de su condición y decidieron tomar parte activa en ella a través de la política y la filosofía. Hedwig Dohm (1831-1919), que vivió cerca y conoció de primera mano la élite intelectual de Berlín, fue una de ellas. ¿Su tesis? Ya era hora de escribir menos teoría sobre las mujeres; ya era hora de que los postulados que quedaban expuestos en los libros se pusieran en práctica: lo relevante es examinar la vida cotidiana de cualquier mujer para darse cuenta de que su situación no es comparable a la de los hombres. El período de la Ilustración no debía pasar en balde, sus principios debían aplicarse sin excepción a todos los seres humanos: el derecho a la educación solo puede ser universal, la desigualdad es producto de la diferencia existente en el proceso de socialización entre mujeres y hombres. Solo de este modo, a través del desarrollo intelectual, pueden aquellas interesarse por la política e intervenir, así, en los temas que incumben a los miembros de cualquier sociedad. Para ello, sin embargo, era necesario el sufragio universal. A este respecto, Dohm escribía en uno de sus tratados (La naturaleza y el derecho de las mujeres): «Exigimos el derecho al voto como nuestro derecho. Pero, ¿por qué tengo que demostrar primero que tengo este derecho? Soy un ser humano, pienso, siento, soy ciudadana del Estado. ¿Por qué se equipara a la mujer con los idiotas y los criminales? No, con los criminales no. Al criminal se le priva de sus derechos políticos solo temporalmente; tan solo la mujer y el idiota pertenecen a la misma categoría política».

No fue hasta finales del siglo XVII cuando se publicó por vez primera un libro bajo el título de Historia de las mujeres filósofas (editado por Herder), escrito por Gilles Ménage y dedicado, según el autor, a «la más sabia de las mujeres actuales y del pasado»: Anne Lefebvre Dacier, una intelectual francesa, editora y traductora de clásicos griegos y latinos. Cuando Umberto Eco echó un vistazo a la obra, explicó que, tras haber hojeado al menos tres enciclopedias actuales sobre filosofía, no encontró ninguno de los nombres que cita Ménage en su llamativo libro. El autor italiano aseguró tras este análisis que «no es que no hayan existido mujeres que filosofaran. Es que los filósofos han preferido olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas». Lo cierto es que Eco no andaba desencaminado. Una de las primeras mujeres conocidas bajo el título de scientific ladies (apelativo surgido en Inglaterra en el siglo XVII), fue Anne Finch Conway (1631-1679), quien a pesar de sus achaques crónicos de migraña y de las dificultades económicas familiares se dedicó fervientemente al estudio. Solo se conserva uno de sus escritos, Principios de la más antigua y más moderna filosofía, donde presenta la naturaleza (en oposición al sistema de René Descartes) como un gigantesco organismo vivo, y no como una inerte máquina. Todos los cuerpos están repletos de vida, de manera que la oposición cartesiana de cuerpo y alma es, a ojos de Anne, innecesaria y superflua. El cuerpo es una suerte de espíritu concentrado, mientras que el espíritu, a su vez, es un cuerpo etéreo. Llamativamente, Conway llamó a cada una de estas sustancias vivas que pueblan el universo y que actúan en la naturaleza de un modo que nos resulta muy familiar: «mónadas», cada una de las cuales son indivisibles y que, además, encierran en su totalidad la complejidad del mundo. Sin embargo, el concepto de mónada ha pasado a la historia de la filosofía como un concepto propio del sistema de Leibniz, quien no tuvo reparos en explicar en distintos lugares de su obra que las ideas de Conway le habían influenciado hondamente.

Otro ejemplo del influjo que las mujeres han tenido en la historia de la filosofía es el de Harriet Hardy Taylor Mill (1807-1858), esposa de uno de los pensadores más estudiados en las facultades de Humanidades y Ciencias Económicas: John Stuart Mill. Este, concienciado de la injusta situación que vivían las mujeres casadas, renunció a todos los derechos que el contrato matrimonial le otorgaba sobre Harriet. Ambos se influyeron mutuamente y de su trabajo conjunto emanaron algunas de las tesis más importantes del pragmatismo de John: todos los seres humanos albergan el mismo derecho a su realización personal para, así, obtener la felicidad; la lucha por la igualdad y la emancipación de las mujeres; el derecho de autodeterminación, etc. En uno de los escritos de Harriet leemos: «Por qué cada mujer tiene que ser mero accesorio de un hombre, sin que se le permita tener intereses propios: la única razón que se puede dar es que así lo quieren los hombres. Los que tienen el poder consiguen que los súbditos consideren durante mucho tiempo como sus virtudes apropiadas aquellas cualidades y aquella conducta que agradan a los gobernantes».

Aunque hemos repasado solo algunos de los ejemplos menos conocidos, es indudable que el campo de la filosofía realizada por mujeres está repleto de ejemplos aún por descubrir esperando a que alguien les dé voz. A modo de homenaje y como invitación para la investigación debemos mencionar por su importancia a Hipatia, Hiparquia, Diotima, Fintis, Marguerite Porète, Christine de Pizan, Teresa de Ávila, Margaret Cavendish, Emily Dickinson, Rosa Mayreder, Rosa Luxemburgo, Hanna Arendt, Ayn Rand, Alexandra Kollontai, Lou Andreas-Salomé, Simone Weil, Simone de Beauvoir, Edith Stein, Philippa Foot, Sarah Kofman, Natalia Ginzburg, Emma Goldman, Victoria Camps, Judith Butler, Luce Irigaray o Martha Nussbaum, sin olvidar a aquellas que, con la ayuda de la literatura, hicieron del mundo un lugar más habitable, como las hermanas Brönte, Safo, Jane Austen, Gabriela Mistral, Flora Tristán, George Sand, Concepción Arenal o Virgina Woolf. Y es que «un día existirá la muchacha y la mujer cuyo nombre no signifique meramente una oposición a lo masculino, sino algo por sí, algo que no se piense como un completamiento y un límite, sino solo vida y existencia: la persona femenina» (Rilke).

maleficae

sábado, 23 de abril de 2022

LA PARCA

Por no decir la muerte, que lo digo ahora.

   Se ha convertido en un lugar común el decir que la mera mención de la muerte es un tabú en el mundo occidental. Y, sin embargo, se puede decir sin temor a equivocarse demasiado que la muerte es y ha sido el factor más determinante en la construcción de las sociedades humanas, incluyendo la actual con toda su carga de hedonismo y abundancia material cada vez peor distribuida, y que forma parte e incluso determina un gran número de nuestras decisiones y creencias. El mero intento de enumerar la infinidad de veces que hacemos mención a la muerte de manera indirecta en las expresiones populares –“hace un calor que me muero”, “estas croquetas están de muerte”, etc.– sería agotador.

   Cada sociedad ha tenido una manera diferente de racionalizar o percibir la muerte. El ser humano ha sido víctima de una gran jugarreta por parte de ese extraño ente abstracto que hemos dado en llamar naturaleza; es el único ser vivo con la conciencia clara de su inminente desaparición física y espiritual. Para la mayoría de las civilizaciones y los pensadores anteriores al cristianismo, el Más Allá, si existía, era un lugar oscuro donde los espíritus vagaban por la eternidad sin la menor esperanza. Dentro de Occidente, fueron los pitagóricos los primeros que idearon la idea de que la vida era en realidad una especie de preparación para una existencia posterior con lo cual se empezó a sistematizar la vida y darle algo muy parecido a lo que hoy llamaríamos un valor de mercado; tanto vales, tanto tienes. O, lo que es lo mismo, dependiendo de la vida que hayas llevado, te reencarnaras en un ser mejor del que fuiste o en un sapo. Pero fue Platón el primero en darle a la muerte una dimensión política, y a integrarla en una escala de valores sociales de practicidad casi cotidiana.

   Todo tiene un orden y un porqué en el mundo platónico. El mismo estado ideal diseñado por él, con la vista mucho más puesta en el modelo de Esparta que en el de la propia Atenas, está dividido en tres clases sociales establecidas a perpetuidad; los gobernantes –con un alma racional–, los guerreros –alma irascible– y los artesanos –alma de templanza–. Dichas clases sociales no deben en ningún modo entremezclarse, ya que esto perturbaría lo que se entiende como el modo natural de las cosas. Del mismo modo, esta visión del mundo implicaba también un determinado orden cósmico en el cual la Tierra figuraba como centro del universo, ya que era el lugar de residencia de los seres humanos. Y a partir de allí se dio el paso siguiente; la antropomorfización de la muerte. Esta ya no era el fin del proceso biológico que constituye cualquier vida animal, sino que, corrigiendo y aumentando las creencias pitagóricas, era una puerta a una existencia posterior poco definida pero que de alguna manera reflejaría los méritos contraídos en la existencia terrenal presente. Lo que es más; por primera vez se ligaba la obediencia a ese estado supuestamente perfecto con la piedad religiosa. De ahí que en “Las leyes”, su obra casi póstuma, Platón llegara al extremo de recomendar que aquellos individuos que desobedecieran al estado que él había trazado en sus dos obras más claramente políticas –la propia “Las leyes” y “La república”– fueran internados en campos de concentración e incluso exterminados si perseveraban en su impiedad o falta de reverencia al orden establecido.

   No fue pues por casualidad que los primeros pensadores cristianos de relieve, especialmente Agustín de Hipona, vieran en el platonismo y en su misma teoría del conocimiento, que da preponderancia al mundo ideal ubicado en la mente de Dios antes que al mundo perceptible por los sentidos, una base filosófica que no podían encontrar en ningún otro pensador pagano, ni siquiera el mismo Aristóteles, muy escéptico en cuanto a la existencia del alma, y que no fue reabsorbido por el pensamiento cristiano hasta que Tomás de Aquino entró en contacto con el pensamiento musulmán de la época. Una base filosófica que, además, reproducía las estructuras jerárquicas del propio Platón.

   Dicho de otra forma, por primera vez en la Historia empezaron a diseñarse estados cuya base filosófica esencial era una religión que prometía liberar a los seres humanos de la carga de la muerte y que además ofrecía la golosina metafísica de una recompensa adicional. Unos estados de carga teocrática, en la que cuestiones tales como la moral y el control de la personalidad individual estaban reglamentados de manera más rígida que en ninguna sociedad anterior. De ahí las nuevas prioridades arquitectónicas, como la construcción de inmensas catedrales y otros lugares de culto, la sustitución de la filosofía por la teología, y de la búsqueda del conocimiento por la fe. Una vez que se ha construido semejante edificio ideológico, resulta casi imposible desmontarlo y volver a poner los cimientos de un pensamiento racionalista. Las primeras generaciones de cristianos daban escaso valor a la vida al estar convencidos de la inminencia de la parusía, y uno de los motivos que llevaron a Agustín de Hipona a escribir su libro “La ciudad de Dios”, fue justamente la necesidad de darle una orientación a esas generaciones que vivirían en la espera de una segunda llegada del Cristo de una manera indefinida. De esta manera, el pensamiento cristiano pasó de una visión circular de la Historia (Creación-Edén primigenio --- Expulsión del Paraíso --- Llegada de Jesús --- Parusía-Retorno al Edén) a una visión aparentemente lineal y progresiva (Creación - Expulsión del Paraíso - Llegada de Jesús - Juicio final). Era lo que marcaban las exigencias de una realidad que no iba a poder separarse de las imposiciones terrenales en un futuro previsible.

La Parca

   Seguramente las razones del singular odio que acechó a Spinoza desde los primeros momentos de su carrera filosófica, desarrollada en una semiclandestinidad que duró durante toda su vida, fue su manera tan radical en el fondo como moderada en las formas de romper con todo este esquema de pensamiento. Allí donde el pensamiento cristiano se había fijado en el Más Allá, Spinoza predicó una visión de la existencia basada en el Aquí y el Ahora, y una ética basada en el conocimiento objetivo de la realidad y de la propia naturaleza humana. Si Copérnico, Galileo o Keppler habían tratado por todos los medios de que sus descubrimientos científicos no parecieran estar en una excesiva disonancia con los dogmas cristianos y, sobre todo, evitar entrar en colisión con ellos, el desparpajo libre de ataduras del filósofo holandés le llevó a poner en cuestión la naturaleza del mismo Dios, negando su supuesto antropomorfismo y situándolo en cada uno de los átomos del Universo, con una osadía que no se había visto desde el pensamiento de Demócrito –y más tarde Epicuro–, ese filósofo al que Platón odiaba de tal manera que lo refutaba de manera constante en sus diálogos sin citarlo por su nombre ni una sola vez. A partir de ahora, ya no sería el pensamiento teológico el que regiría el rumbo de la vida pública, sino la libre discusión racional entre individuos con iguales derechos sobre todas las cuestiones que afectasen a la ciudadanía. Más todavía; donde el pensamiento cristiano exigía ascetismo e incluso sacrificio Spinoza recomendaba un moderado hedonismo. Quizá uno de los capítulos más rotundos y memorables del “Tratado Teológico-Político” de Spinoza sea el sexto, aquel en el que refuta la existencia de los milagros con el sencillo pero demoledor argumento de que la existencia de los mismos implicaría una interrupción en el curso normal de las leyes naturales y que, además, de existir tal anomalía, su repetición se produciría de manera uniforme en unos tiempos que en otros, y no en períodos históricos muy concretos. Quizá esta sea una idea a la que incluso la física contemporánea no le haya sacado todavía todo el partido ni las conclusiones posibles.

   Spinoza había plantado una semilla a la que todavía le queda mucho espacio para germinar en nuestra época. Resulta evidente que el pensamiento fundamentalista islamista no tiene ningún interés en seguir los derroteros del filósofo “pulidor de vidrios” –como le llamara Borges–, pero este ha encontrado serios oponentes dentro del mismo pensamiento occidental. La idea del panteísmo spinoziano les causaba auténtico horror a pensadores como Kierkegaard o Unamuno, o el mismísimo Dostoievski, que, al igual que Platón más de dos milenios antes, no podían resignarse a la idea de que lo que ellos llamaban el alma individual se disgregase en el cosmos en una infinidad de átomos sin dejar el menor rastro de su existencia.

   Pero no hace falta centrarse únicamente en los filósofos y en su reacción a estas ideas. ¿Qué es lo que se vota aún hoy en día en numerosos países de todo el mundo, e incluso en nuestro en apariencia tan secularizado mundo occidental? Pues se vota sobre temas que afectan de lleno las creencias religiosas, como por ejemplo el aborto, o si la enseñanza debe ser privada –o sea, en muchos casos religiosa– o estatal –laica–. De una u otra manera, en el trasfondo de la vida política pervive la angustia que le produce al ser humano su finitud como individuo y las respuestas a la misma. Aunque quizá esto resulte más visible en estados que cada día toman más visos de repúblicas teocráticas, tales como Israel o incluso los Estados Unidos, por no mencionar, por demasiado obvios, estados claramente islámicos como Irán, Arabia Saudita, etc. No está claro en qué momento de su historia, si es que llega, los individuos que componen las sucesivas generaciones del experimento humano aceptarán de manera irrevocable su propia mortalidad. De ahí que se le pueda augurar una existencia casi perpetua a creencias como la transmigración de las almas, el haber vivido vidas anteriores –“porque estoy seguro de haber estado en este lugar en una vida anterior”–, o incluso la posibilidad ahora explorada por magnates como Jeff Bezos y en el pasado por hombres como Ponce de León de obtener alguna especie de elixir o el Dorado que garantice la vida eterna.

Veletri

viernes, 8 de abril de 2022

ÉPICA Y HEROÍSMO (PERO HASTA EL FINAL)

"Se cubren de ropajes de violencia" (Salmos 73: 6).

"Ojo por ojo, diente por diente" (Código de Hammurabi).

 "Tiempos nuevos, tiempos salvajes; toma un arma, eso te salvará; levántate y lucha, ésta es tu pelea" (Los Ilegales).

Voy a seguir el principio de "camina por el lado salvaje", que diría Lou Reed. Por tanto, ésta será una entrada provocadora e incorrecta, tal que una conversación de taberna después de cuatro cubatas y cinco gin-tonics. Con palillo en la boca si hace falta y escupiendo al hablar. Advertidos quedáis, como esos carteles antes de las películas que dicen “estas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador”. Ya está bien de entradas buenrrollistas y correctas, hombre. Demos rienda suelta a la épica y al heroísmo. Con su dosis de odio si fuera menester. Una entrada salvaje y destroyer. Y que les den a los buenistas equidistantes que buscan el equilibrio, a los eruditos que buscan el diálogo y a las flojeras y blanditos budistas Zen que buscan la armonía. Aquí lo que se necesita es épica, héroes y motivación. Y sobre todo odio. Porque sin odio no hay héroes ni épica y no se alcanza el poder, que es lo que se pretende. 

 Así que ya está bien de entradas academicistas, correctas, mainstream y blandengues con personajes históricos aburridos, filfas académicas y ejercicios de teoría hueca. Hagamos una entrada dura (como la droga), alternativa y que remueva conciencias. Un puñetazo en los higadillos y partes blandas, un masaje intracraneal. Una entrada épica que hable de actitudes épicas de peña que toma el poder de forma épica. Una oda a los héroes que se la juegan para llegar al poder. Con mucho odio si hace falta, como cuando Aníbal juró a su padre odio eterno a los romanos. O como Gramsci hablando del odio a los indiferentes y de hacer valer la voluntad para tomar el poder. O como los bolcheviques cuando apiolaban a revisionistas, burgueses y contrarrevolucionarios. O como el Che Guevara diciendo antes de morir “serénese y apunte bien: va usted a matar a un hombre”. O cuando Ho Chi Minh dijo “por cada diez de los nuestros que matéis, nosotros mataremos a uno de los vuestros. Y al final vosotros os cansaréis antes “. Si el mundo es una mierda, necesitamos cambiarlo por una realidad que nos haga sentir vivos y con sentido de historia. Y no ser aburguesados acomodaticios, revolucionarios de sofá ni hípsters de diseño que se van a la sierra a hacer un retiro de fin de semana en plan budismo Zen Prêt-á-Porter. O sí o no, o frío o calor, o arriba o abajo, o dentro o fuera, pero mariconadas, las justas (sí, he dicho mariconada, está en la RAE, aunque alguien se ofenda). 


Por eso pregunto en corto y por derecho, ¿es correcto utilizar la violencia para alcanzar el poder? ¿es justificable el derramamiento de sangre para lograrlo? ¿deben rodar cabezas en una revolución “comme il faut”? ¿el fin justifica los medios? Parafraseando a Hegel cuando decía que la guerra es justa, buena, santa y fecunda, ¿es justo, bueno, santo y fecundo que los oprimidos, perdedores y desheredados les corten los huevos a los mandamases? ¿hay déficit de guillotinas? 

La respuesta que me pide el cuerpo es que sí. En esta sociedad anestesiada de adocenamiento, infantilismo, consumo, Poder Blando, Neuromarketing emocional, Psicopolítica y demás zarandajas postmodernas, uno echa en falta algo de la épica de los antiguos héroes clásicos.  Necesitamos nuevos Aquiles de guerras de Troyas modernas, nuevos Odiseos postmodernos y nuevos Espartacos con un par que nos liberen de tanta tontería social “líquida”. Otro Durruti fusil en mano y otro Lenin con los perendengues bien puestos y dispuestos a darlo todo. Incluso la vida. El mundo es de los atrevidos, de los que asumen riesgos, de los que se la juegan sabiendo que todos moriremos, pero que podemos elegir cómo y cuándo. Por eso Putin es un tío con un par, tenga razón o no (eso son minucias, detalles sin importancia). Por eso Robespierre estará siempre en nuestros corazones y el Che en nuestras camisetas. Y por eso casi nadie recuerda a Kerenski y Stolypin, unos pringaos y pusilánimes que no supieron defender sus convicciones con un par. Necesitamos menos flojos y más héroes duros, menos pragmáticos posibilistas y más maximalistas que lo den todo. 


 Si Durruti viviera ahora y le hablaran de democracia representativa, diría que esa mierda burguesa no la quiere ni en pintura. Si al Che le hablaran de democracia occidental, se limpiaría el culo con ella y pensaría que hay mucho cobarde suelto que merece ser fusilado. Si a Ho Chi Minh le hubieran propuesto un arreglo con los yankees, diría que “yankees go home” y a tomar por culo.  Y nosotros, mientras tanto, seguiríamos tomándonos una cervecita en el bar mientras comentamos el partido de futbol de la Champions. O esperando el finde para echar un polvo en condiciones después de apretarnos un buen chuletón entre pecho y espalda. 

Si hacemos algo, hagámoslo bien y hasta el final. En la odiosa y estupidizada sociedad actual, ya basta de ser influencer, youtuber,  instagramer o gilipoller haciendo dialéctica en red y virtual. Así que, pasemos a la acción y despertemos ese lado épico oculto que llevamos dentro, esa fuerza de la venganza histórica y social. Si decidimos algo, hagámoslo bien, en condiciones y hasta el final (como diría Bukowski, que no se andaba con remilgos ni medias tintas). Por eso yo digo “sí a la guerra”: la guerra de los perdedores cansados de serlo. O como diría un colega con el palillo en la boca: “el mundo es una mierda, lo que yo te diga”. Así que ¿lo limpiamos? 


Seamos épicos, coño. Si queremos cambiar las relaciones de poder, echemos toda la carne en el asador. Violencia incluida.  Mejor vivir luchando que arrastrarse y sobrevivir en una existencia gris. Mejor morir peleando que seguir de rodillas en una existencia mediocre y aburrida. Nada es gratis y todo tiene un precio. ¿Estamos dispuestos a pagarlo? ¿o seguiremos engordando en nuestros sofás acumulando lorzas y michelines cerebrales? Como decía Bowie, “podemos ser héroes, aunque sea por un día”. Justo lo contrario que decía Tina Turner: “no necesitamos otro héroe”. Porque los necesitamos. Y mucho. 


Un Tipo Razonable

viernes, 1 de abril de 2022

FELIZ CUMPLEAÑOS

En lo que a mí concierne, mis fiestas de cumpleaños nunca se han parecido a las que se ven en las películas, en las que suelen tomar parte incluso el canario del vecino, y ya no digamos el chucho. Eran unas fiestas muy recogidas en el ámbito familiar, y todavía más cuando se trataba de mis padres que a menudo ni siquiera celebraban el suyo propio con un estoicismo y falta de solemnidad que les caracterizaba. Pero a medida que pasan los años, esas fiestas toman un tono más agridulce al tomar conciencia de que cada año que cumples es uno menos que te queda por cumplir. Siempre ha sido así, por supuesto, pero la energía innata de la niñez y la juventud disimula todavía el paso de los años, el cual llega a ser innegable más adelante. Uno piensa entonces en lo que pudo haber hecho en el pasado y no hizo, en las decisiones equivocadas y acertadas, en la búsqueda del tiempo perdido, que habría dicho Marcel Proust. Y se echa a faltar la existencia de esa máquina del tiempo que te permitiese enmendar los errores pasados, esa máquina que se encuentra con tanta facilidad en infinidad de relatos y películas de ciencia ficción y series de dibujos animados, no sólo en la ahora tan cacareada y, en mi opinión, sobrevalorada, Rick y Morty. Pero incluso si dispusiéramos de esa máquina, ¿tendríamos la garantía de no volver a equivocarnos en nuestras elecciones? Quizá ya de partida ninguna de las elecciones posibles fuera buena, quizá el camino en el que nos habían plantado estaba ya tan ausente de buenas alternativas desde el principio de tal manera que cualquier senda hubiese llevado a la desilusión antes que a Roma.

    Por supuesto que la celebración de los cumpleaños, lo mismo que las de las Navidades o fiestas como el día del padre o de la madre se han convertido en una cuestión de marketing. Pero uno se obstina en celebrarlos de cualquier manera, y aprovecha, como es mi caso, para comprar libros que tenía en el punto de mira desde hace tiempo. Mi compra más celebrada de este último cumpleaños ha sido “O livro do desassossego” en el idioma portugués original, un libro con el que uno puede deprimirse a sus anchas viendo la sinceridad y el descarnamiento con el que Bernardo Soares, otro de los heterónimos de Pessoa, explica su propia vida.

    Por si faltará poco, las redes sociales nos han proporcionado otra herramienta del diablo no sólo para recordar la modesta efemérides de nuestro cumpleaños a los demás sino también para pasar lista de quien se toma la mínima molestia de mandarnos una felicitación por Facebook y quién no. Personalmente, siempre me llevo una pequeña sorpresa al ver los nombres de algunos que me felicitan y todavía se acuerdan de mí y también de comprobar la ausencia de personas de las que habrías esperado por lo menos un pequeño recuerdo. Te encuentras aquí con una aplicación práctica del Big Brother orwelliano a muy pequeña escala. Pero más allá de las pequeñas ingratitudes y mezquindades, el anotarte un año más en tu casillero no te hace ni más sabio ni más fuerte, sino sólo un año más frágil. Y por supuesto uno se acuerda también de todos los que ya no están, por haber fallecido o porque han desaparecido de tu vida por un motivo u otro. Pero al final es la irrevocabilidad de la vida la que da valor al paso de los años y a las decisiones que se tomaron, tanto las correctas como las que consideramos equivocadas. En “Viaje a Laputa y otros países”, el tercero de los cuatro viajes de Gulliver que narra Jonathan Swift en su libro, Gulliver llega a un país en el que la gente no muere, pero sí que envejece de tal manera que es incapaz de desempeñar incluso la más pequeña tarea o incluso de recordar en una especie de Alzheimer masivo. Se me ocurre que esta es una de las maneras que hemos encontrado los mortales de consolarnos de nuestra desaparición física; considerar la muerte como una necesidad para evitar males aún peores. Pero quizá el anhelo de la eterna juventud sea la mayor de todas las utopías humanas. De la misma forma que la utopía recurrente de los viajes en el tiempo en tantas y tantas películas de ciencia ficción y películas de dibujos animados parecen uno más de los muchos consuelos ficticios que los humanos hemos desarrollado en un intento de franquear las barreras insalvables del tiempo y el hecho de nuestra desaparición física.


Veletri