sábado, 23 de abril de 2022

LA PARCA

Por no decir la muerte, que lo digo ahora.

   Se ha convertido en un lugar común el decir que la mera mención de la muerte es un tabú en el mundo occidental. Y, sin embargo, se puede decir sin temor a equivocarse demasiado que la muerte es y ha sido el factor más determinante en la construcción de las sociedades humanas, incluyendo la actual con toda su carga de hedonismo y abundancia material cada vez peor distribuida, y que forma parte e incluso determina un gran número de nuestras decisiones y creencias. El mero intento de enumerar la infinidad de veces que hacemos mención a la muerte de manera indirecta en las expresiones populares –“hace un calor que me muero”, “estas croquetas están de muerte”, etc.– sería agotador.

   Cada sociedad ha tenido una manera diferente de racionalizar o percibir la muerte. El ser humano ha sido víctima de una gran jugarreta por parte de ese extraño ente abstracto que hemos dado en llamar naturaleza; es el único ser vivo con la conciencia clara de su inminente desaparición física y espiritual. Para la mayoría de las civilizaciones y los pensadores anteriores al cristianismo, el Más Allá, si existía, era un lugar oscuro donde los espíritus vagaban por la eternidad sin la menor esperanza. Dentro de Occidente, fueron los pitagóricos los primeros que idearon la idea de que la vida era en realidad una especie de preparación para una existencia posterior con lo cual se empezó a sistematizar la vida y darle algo muy parecido a lo que hoy llamaríamos un valor de mercado; tanto vales, tanto tienes. O, lo que es lo mismo, dependiendo de la vida que hayas llevado, te reencarnaras en un ser mejor del que fuiste o en un sapo. Pero fue Platón el primero en darle a la muerte una dimensión política, y a integrarla en una escala de valores sociales de practicidad casi cotidiana.

   Todo tiene un orden y un porqué en el mundo platónico. El mismo estado ideal diseñado por él, con la vista mucho más puesta en el modelo de Esparta que en el de la propia Atenas, está dividido en tres clases sociales establecidas a perpetuidad; los gobernantes –con un alma racional–, los guerreros –alma irascible– y los artesanos –alma de templanza–. Dichas clases sociales no deben en ningún modo entremezclarse, ya que esto perturbaría lo que se entiende como el modo natural de las cosas. Del mismo modo, esta visión del mundo implicaba también un determinado orden cósmico en el cual la Tierra figuraba como centro del universo, ya que era el lugar de residencia de los seres humanos. Y a partir de allí se dio el paso siguiente; la antropomorfización de la muerte. Esta ya no era el fin del proceso biológico que constituye cualquier vida animal, sino que, corrigiendo y aumentando las creencias pitagóricas, era una puerta a una existencia posterior poco definida pero que de alguna manera reflejaría los méritos contraídos en la existencia terrenal presente. Lo que es más; por primera vez se ligaba la obediencia a ese estado supuestamente perfecto con la piedad religiosa. De ahí que en “Las leyes”, su obra casi póstuma, Platón llegara al extremo de recomendar que aquellos individuos que desobedecieran al estado que él había trazado en sus dos obras más claramente políticas –la propia “Las leyes” y “La república”– fueran internados en campos de concentración e incluso exterminados si perseveraban en su impiedad o falta de reverencia al orden establecido.

   No fue pues por casualidad que los primeros pensadores cristianos de relieve, especialmente Agustín de Hipona, vieran en el platonismo y en su misma teoría del conocimiento, que da preponderancia al mundo ideal ubicado en la mente de Dios antes que al mundo perceptible por los sentidos, una base filosófica que no podían encontrar en ningún otro pensador pagano, ni siquiera el mismo Aristóteles, muy escéptico en cuanto a la existencia del alma, y que no fue reabsorbido por el pensamiento cristiano hasta que Tomás de Aquino entró en contacto con el pensamiento musulmán de la época. Una base filosófica que, además, reproducía las estructuras jerárquicas del propio Platón.

   Dicho de otra forma, por primera vez en la Historia empezaron a diseñarse estados cuya base filosófica esencial era una religión que prometía liberar a los seres humanos de la carga de la muerte y que además ofrecía la golosina metafísica de una recompensa adicional. Unos estados de carga teocrática, en la que cuestiones tales como la moral y el control de la personalidad individual estaban reglamentados de manera más rígida que en ninguna sociedad anterior. De ahí las nuevas prioridades arquitectónicas, como la construcción de inmensas catedrales y otros lugares de culto, la sustitución de la filosofía por la teología, y de la búsqueda del conocimiento por la fe. Una vez que se ha construido semejante edificio ideológico, resulta casi imposible desmontarlo y volver a poner los cimientos de un pensamiento racionalista. Las primeras generaciones de cristianos daban escaso valor a la vida al estar convencidos de la inminencia de la parusía, y uno de los motivos que llevaron a Agustín de Hipona a escribir su libro “La ciudad de Dios”, fue justamente la necesidad de darle una orientación a esas generaciones que vivirían en la espera de una segunda llegada del Cristo de una manera indefinida. De esta manera, el pensamiento cristiano pasó de una visión circular de la Historia (Creación-Edén primigenio --- Expulsión del Paraíso --- Llegada de Jesús --- Parusía-Retorno al Edén) a una visión aparentemente lineal y progresiva (Creación - Expulsión del Paraíso - Llegada de Jesús - Juicio final). Era lo que marcaban las exigencias de una realidad que no iba a poder separarse de las imposiciones terrenales en un futuro previsible.

La Parca

   Seguramente las razones del singular odio que acechó a Spinoza desde los primeros momentos de su carrera filosófica, desarrollada en una semiclandestinidad que duró durante toda su vida, fue su manera tan radical en el fondo como moderada en las formas de romper con todo este esquema de pensamiento. Allí donde el pensamiento cristiano se había fijado en el Más Allá, Spinoza predicó una visión de la existencia basada en el Aquí y el Ahora, y una ética basada en el conocimiento objetivo de la realidad y de la propia naturaleza humana. Si Copérnico, Galileo o Keppler habían tratado por todos los medios de que sus descubrimientos científicos no parecieran estar en una excesiva disonancia con los dogmas cristianos y, sobre todo, evitar entrar en colisión con ellos, el desparpajo libre de ataduras del filósofo holandés le llevó a poner en cuestión la naturaleza del mismo Dios, negando su supuesto antropomorfismo y situándolo en cada uno de los átomos del Universo, con una osadía que no se había visto desde el pensamiento de Demócrito –y más tarde Epicuro–, ese filósofo al que Platón odiaba de tal manera que lo refutaba de manera constante en sus diálogos sin citarlo por su nombre ni una sola vez. A partir de ahora, ya no sería el pensamiento teológico el que regiría el rumbo de la vida pública, sino la libre discusión racional entre individuos con iguales derechos sobre todas las cuestiones que afectasen a la ciudadanía. Más todavía; donde el pensamiento cristiano exigía ascetismo e incluso sacrificio Spinoza recomendaba un moderado hedonismo. Quizá uno de los capítulos más rotundos y memorables del “Tratado Teológico-Político” de Spinoza sea el sexto, aquel en el que refuta la existencia de los milagros con el sencillo pero demoledor argumento de que la existencia de los mismos implicaría una interrupción en el curso normal de las leyes naturales y que, además, de existir tal anomalía, su repetición se produciría de manera uniforme en unos tiempos que en otros, y no en períodos históricos muy concretos. Quizá esta sea una idea a la que incluso la física contemporánea no le haya sacado todavía todo el partido ni las conclusiones posibles.

   Spinoza había plantado una semilla a la que todavía le queda mucho espacio para germinar en nuestra época. Resulta evidente que el pensamiento fundamentalista islamista no tiene ningún interés en seguir los derroteros del filósofo “pulidor de vidrios” –como le llamara Borges–, pero este ha encontrado serios oponentes dentro del mismo pensamiento occidental. La idea del panteísmo spinoziano les causaba auténtico horror a pensadores como Kierkegaard o Unamuno, o el mismísimo Dostoievski, que, al igual que Platón más de dos milenios antes, no podían resignarse a la idea de que lo que ellos llamaban el alma individual se disgregase en el cosmos en una infinidad de átomos sin dejar el menor rastro de su existencia.

   Pero no hace falta centrarse únicamente en los filósofos y en su reacción a estas ideas. ¿Qué es lo que se vota aún hoy en día en numerosos países de todo el mundo, e incluso en nuestro en apariencia tan secularizado mundo occidental? Pues se vota sobre temas que afectan de lleno las creencias religiosas, como por ejemplo el aborto, o si la enseñanza debe ser privada –o sea, en muchos casos religiosa– o estatal –laica–. De una u otra manera, en el trasfondo de la vida política pervive la angustia que le produce al ser humano su finitud como individuo y las respuestas a la misma. Aunque quizá esto resulte más visible en estados que cada día toman más visos de repúblicas teocráticas, tales como Israel o incluso los Estados Unidos, por no mencionar, por demasiado obvios, estados claramente islámicos como Irán, Arabia Saudita, etc. No está claro en qué momento de su historia, si es que llega, los individuos que componen las sucesivas generaciones del experimento humano aceptarán de manera irrevocable su propia mortalidad. De ahí que se le pueda augurar una existencia casi perpetua a creencias como la transmigración de las almas, el haber vivido vidas anteriores –“porque estoy seguro de haber estado en este lugar en una vida anterior”–, o incluso la posibilidad ahora explorada por magnates como Jeff Bezos y en el pasado por hombres como Ponce de León de obtener alguna especie de elixir o el Dorado que garantice la vida eterna.

Veletri