viernes, 30 de julio de 2021

POLÉMICA DE VERDAD

 Y polémica de las buenas, que pienso que estamos a falta de ellas en los últimos tiempos en este blog. Ahí va: la Verdad existe y es sólo Una. Afirmo con rotundidad.

No se altere nadie, pues no he escrito que sea su poseedor. Y es que a menudo se confunden ambos planos, no me digáis que no. De hecho, es perfectamente posible sostener que la Verdad es Una, y al mismo tiempo que nunca se llegó ni se llegará a poseerla. Me explico.

Decir "estoy en posesión de la verdad" no sirve de nada si antes no se han completado unos cuantos pasos. Primero, acceder a la información, a los datos. Segundo, interpretar la información. Tercero, evaluar la interpretación. La evaluación la puede realizar uno a sí mismo u otros, a la luz de nuevos datos que no estaban al principio, o de una interpretación diferente de la misma información, igualmente de uno a sí mismo u otros. Cuarto, repetir el proceso (opcional).... y no escandalizarse demasiado por obtener algo discordante, en parte o en su totalidad, a lo anterior.

Interpretación es una palabra bonita y "chic", no obstante a mí me gusta emplear el denostado término versión, denostado por considerarse que una versión siempre es un relato como mínimo adulterado, si no directamente falso. Claro, yo siempre me pregunto ¿qué es lo contrario a una interpretación o versión? Francamente, no lo sé... mucho menos teniendo en cuenta que quienes abominan del relato versionado / interpretado, por lo general también atacan la idea de Verdad Única, etiquetándola de Mentira Verdadera. Supongo que captáis la falacia de concepto robado que en eso va implícito, Ayn Rand mediante.



Se suele decir que todos somos subjetivos, a mí me parece que como medio de escapar del desasosiego que para muchos supone buscar la objetividad y no saber si la han alcanzado, o la podrán alcanzar alguna vez. O prevenirse de que la subjetividad del contrario lleve ventaja en la carrera por convencer más y mejor. Y es que si hemos dicho que cuando alguien relata unos hechos está exponiendo una versión con la información que maneja, hablar de objetividad o subjetividad ¿tiene relevancia? No, ninguna.

Por supuesto, el receptor de una versión siempre espera de ella que sea una aproximación a la verdad. Por descontado también puedes conformarte con tu versión, la propia tuya o la de otro que haces tuya, porque ya estás convencido que es lo más cerca que estarás nunca de la Verdad, o por pereza de preferir no seguir buscando perfilar tu versión, o porque te da rabia que los demás tengan una versión diferente, más bonita, más redonda, o por cien motivos más. 

Y luego está el contraste de todas las versiones posibles, cuya cantidad lógicamente tiende a ser ilimitada, en mucha mayor medida que la información, que ya de por sí es casi inabarcable. En resumen: Ponerlas "a competir", todas contra todas, en una loca y salvaje carrera en la que, tened por seguro, las primeras en caer serán las versiones más burdas, las más primitivas elaboradas sin trabajo o con mala fe, sí: la mala fe de mentir, que también existe. Uy por cierto, he escrito "competir", mil perdones.

Ahora en serio: Lo honesto y digno es ir por delante con tu versión ofreciendo a los demás la posibilidad de contrastarla con la suya propia. Con eso no estás diciendo que todos tenemos parte de razón, ni que todos estamos un poco equivocados, ni que alguien tiene que alcanzar toda la verdad en detrimento de otros. No: lo que se está diciendo es que todos podemos ir en busca de la Verdad, que hay una igualdad universal en la oportunidad de encontrarla, respetando el procedimiento por el cual afirmarse como su seguro poseedor, o su compartido poseedor, o su imposible poseedor, es irrelevante. Que no irreverente, permitidme el simpático guiño para finalizar.

Mickdos

viernes, 23 de julio de 2021

LES FLÂNEURS



El poeta es un fingidor.

Finje tan completamente

que hasta finge que es dolor

el dolor que en verdad siente.

Y, en el dolor que han leído,

a leer sus lectores vienen,

no los dos que él ha tenido,

sino sólo el que no tienen.

Y así en la vida se mete,

distrayendo a la razón,

y gira, el tren de juguete,

que se llama corazón.

(el heterónimo Fernando Pessoa)



“Flâner” es un verbo francés que significa “vagar, callejear, gandulear, matar el tiempo”….Por consiguiente, el “flaneur” será alguien que deambula por las calles sin un objetivo definido. En su escrito “Poesía y Capitalismo” , parte de ese complejo proyecto que fue “Illuminationen”, su obra capital, Walter Benjamin incluyó al poeta Charles Baudelaire en esta categoría de personajes. El flaneur, tal y como lo entiende Benjamin, es típicamente urbano. Hablar de un flaneur campestre sería algo así como hablar de un gasolinero que vendiese trigo. Es también un producto del nuevo tipo de ciudad y de entorno social que ha surgido con el capitalismo. Surge en gran parte del desclasamiento y de la zozobra que ese tipo de vida implica para muchas personas, y también de ese “grand malheur de ne pouvoir être seul” del que habla La Bruyére y que es la cita que Edgar Allan Poe , ese otro flaneur del otro lado del Atlántico, pone al inicio de su relato “The Man of the Crowd”.


En esa historia, el anónimo narrador, convaleciente de una enfermedad, observa desde el interior de un hotel londinense la fauna urbana que desfila ante él; los hombres de negocios, abogados, empleadillos, carteristas, modistillas, prostitutas, incluso mendigos. y un largo etcétera. Hasta que por fin un hombrecillo llama de manera especial la atención del narrador; un viejo decrépito de unos sesenta y cinco o setenta años de edad, bajo de estatura, de apariencia endeble y ropa sucia pero que originariamente había sido de buena calidad. 

A través de una rasgadura de sus ropas, el narrador cree percibir un diamante y una daga. Intrigado por la apariencia del individuo, el narrador empieza a seguirle por las calles de Londres. La persecución se prolonga durante horas y horas, a través de diversos paisajes urbanos, y por fin, ya al amanecer del día siguiente, ambos se encuentran cara a cara, aunque en apariencia el anciano sigue sin percatarse de la presencia de su perseguidor. Y entonces el narrador llega a una conclusión; “Este anciano”, piensa, “ es el tipo y el genio del crimen más profundo. Él es el hombre de la multitud. El hombre que no puede estar solo. Sería vano seguirle más tiempo, porque no descubriré más sobre él ni sobre sus acciones; el peor corazón del mundo es un libro más indescifrable que el Hortulus Animae; y quizá sea una de las grandes mercedes de Dios que “er lässt sich nicht lesen” (no se deja leer).


En realidad, en el relato se trata de la imposibilidad de descifrar a quien se encuentra en el anonimato de las grandes ciudades modernas, y la desazón que eso produce. Vivir en medio de personas de las que nada se sabe, y que se pasan la vida tratando de tener un valor de mercado. sea cual sea la actividad a la que se dediquen. Los mismos Poe y Baudelaire pasaron sus vidas buscando de manera infructuosa tener un valor en el mercado literario. Como cuenta Benjamin, Baudelaire tenía que cambiar de domicilio con frecuencia en sus intentos de desembarazarse de sus acreedores. Mientras escribía la que quizá fuese la mejor poesía del siglo XIX –en mi opinión su único competidor en esta empresa sería un jovenzuelo que atendería al nombre de Rimbaud y que abandonaría la poco lucrativa poesía para dedicarse al tráfico de armas-, Baudelaire rondaba por las calles del París transformado por los planes urbanísticos de Hausmann, el hombre que arrasó con el Paris antiguo en el que se habían desarrollado entre otras las grandes novelas de Victor Hugo como “Los miserables” o “Notre Dame de Paris”. Ese Hugo rico y famoso que hubiera podido mirar con desdén al pobre flaneur que se las veía y las deseaba para cubrir sus necesidades. Mientras que autores como Dumas, Sue o Lamartine se enriquecían de una manera desaforada, todos los poemas de Baudelaire apenas le reportaron unos pocos millares de francos a lo largo de su vida. Esos autores habían sabido desenvolverse en la fauna literaria parisina, cuyo mayor negocio era conseguir ser publicado en forma de serial en los grandes periódicos, lo que a su vez aumentaba sus respectivas tiradas y , junto a la publicidad, permitía reducir los precios de venta. Pero Baudelaire era incapaz de escribir grandes novelones repletos de suspense, lo que serían los bestsellers de hoy en día. Lo suyo era escribir sobre y para el:


-Hypocrite lecteur –mon semblable-mon frère!


Es decir, para la gente como él, para gente que compartía sus angustias, la gran mayoría de los cuales no le leerían nunca.



Como es sabido, a todas las tribulaciones de Baudelaire se unió el juicio que se le hizo por haber escrito “Las flores del mal”, su gran recopilatorio de poemas. A poco de su aparición, la policía redactó informes en los que se hablaba de su obra como “un desafío a las leyes que protegen la religión y la moral”. El fiscal Pinard informaba después de que se prohibía la venta del libro. La reacción que se había apoderado de Francia después de la derrota de Napoleón y, sobre todo, de la Revolución, no quería dejar las cosas a medias. Había que restaurar el antiguo orden a toda costa.

La defensa del abogado de Baudelaire se basó en la honestidad del autor, como hombre y como poeta, y en que su obra no era ni más ni menos osada en el fondo y en la forma , en la expresión y en el pensamiento, que “cuanto la literatura francesa imprime y reimprime todos los días”. Al final Baudelaire fue condenado a pagar una multa de 300 francos. El mismo fiscal Pinard procesaría también a Flaubert por haber escrito “Madame Bovary”, aunque, a diferencia de Baudelaire, el novelista fue absuelto.

La reacción de Baudelaire fue esta: “Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.”.

Pese a todo, la obra se reeditó en 1861, y fue poco a poco convirtiéndose en un libro de culto y un faro para las nuevas generaciones de poetas. Sin embargo, los réditos financieros de Baudelaire siguieron siendo mínimos. Tampoco las conferencias sobre su obra dadas en Francia y Bélgica cosecharon un gran éxito de público. Atenazado por la sífilis y otras enfermedades concomitantes, Baudelaire fallecería en agosto de 1867.

Cabe preguntarse si mientras Walter Benjamin escribía sobre Baudelaire era consciente de la existencia del que probablemente fuese el auténtico gran flâneur del siglo XX; el poeta portugués Fernando Pessoa. ¿Qué habría escrito sobre este individuo excéntrico, conservador, sentimental y poliédrico, capaz de inventarse docenas de heterónimos en apariencia contradictorios entre sí pero que en realidad conforman una obra poética de una solidez quizá inigualada e inigualable? Pessoa, que significa “persona” en portugués, era el poeta camaleónico por excelencia, capaz tanto de ser el asceta Alberto Caeiro como el vitalista y modernista Alvaro de Campos, émulo poético del mismísimo Whitman, el esteticista Ricardo Reis, que se autodefine como “latinista y monárquico”, y del que Pessoa dice que se trasladó a Brasil por protesta contra la proclamación de la república en Portugal, o el melancólico Bernardo Soares, supuesto autor del inimitable “Livro do Desassossego “, y que es un trasunto apenas disimulado del propio Pessoa, por no hablar del propio Pessoa poeta, quizás un heterónimo más, perdido en el laberinto de la genialidad del poeta lisboeta. En efecto, es difícil saber lo que habría opinado Benjamin de este hombrecillo de origen pequeño burgués , desclasado como pocos, y que se ganaba la vida en ínfimos negocios y ejerciendo de corresponsal comercial para diversas empresas gracias a su perfecto dominio de la lengua inglesa, y cuyo único amor conocido fue una oficinista que respondía al nombre de Ofelia y con la que tuvo una relación más simbólica, platónica y quizá patética que otra cosa.


Harold Bloom, en su canon de la literatura occidental, comparó a Pessoa con el gran Walt Whitman, pero yo añadiría que el autor portugués era una especie de “Whitman on steroids”, capaz bajo sus diversos heterónimos tanto de increíbles himnos a la modernidad como de reflexiones metafísicas que en la aparente sencillez del lenguaje de Alberto Caeiro tienen una profundidad impresionante, a veces expresando ideas que sólo algunos físicos de vanguardia se han atrevido a formular.

Pero la realidad es que, a diferencia de Baudelaire, al casto y metafísico Pessoa, no le hicieron caso ni siquiera los tribunales. Durante toda su vida el flâneur Bernardo Soares –o quizá su heterónimo Fernando Pessoa- llegó a trabajar para veintiuna casas comerciales distintas y a vivir en quince viviendas, por lo general pequeñas habitaciones de renta muy baja. A diferencia de su contemporáneo García-Lorca, flâneur a su pesar en Nueva York y quien llegó a acostumbrarse a los baños de multitudes, Fernando Pessoa, tras el fracaso de las modestas revistas literarias que trató de poner en marcha a lo largo de su vida- Athena fue quizá la más ambiciosa- , vivió en la mayor oscuridad, y falleció en 1935 a consecuencia principalmente de su alcoholismo. Sus últimas palabras fueron: “I don’t know what tomorrow will bring”, como el gran anglófilo que era. Sólo poco a poco su obra sería descubierta y valorada, revelando una riqueza y variedad que sobrepasaría todas las expectativas.

En la Edad Media, hombres como el Dante o Maquiavelo , uno el mayor poeta de su tiempo y el otro uno de sus mayores intelectuales, se convirtieron en figuras públicas de primer rango, emisarios de la ciudad de Florencia ante las grandes potencias de su época. Pero los siglos XIX y XX, la época de la tecnocracia y el capitalismo desenfrenado, no tenían en gran consideración a personalidades “con ese perfil”, como diría un empleadillo de ETT de nuestros días. De manera que el sebastianismo ingenuo que expresaba Pessoa en su libro de poemas “Messagem” estaba destinado a quedarse en su cajón mientras los políticos de la época se afanaban en sus cosas; lo que sería la terrible historia del siglo XX.


Veletri


sábado, 17 de julio de 2021

LA IRREVERENCIA

Durante mucho tiempo, parecía que la irreverencia era una herramienta de la izquierda, o de lo que vagamente se ha dado en llamar “fuerzas progresistas”. El conocido odio contra autores como Voltaire, Rousseau –quien en realidad tenía muy poco de irreverente, al menos en temas religiosos–, Diderot, y otros autores de la Ilustración duró durante generaciones entre las filas de la derecha bienpensante. Más graves todavía fueron las sacudidas de personajes como Darwin, Marx o Freud, que demolieron hasta los cimientos de la llamada moral tradicional. Las sátiras de Voltaire, Diderot u otros enciclopedistas sobre la religión fueron verdaderamente memorables, por no olvidar al Barón de Volney y su célebre libro “Las Ruinas de Palmira”, en el que desarticulaba casi por completo todo el edificio argumental del pensamiento cristiano, recogiendo argumentos que en la época del Imperio Romano ya habían empleado escritores como Celso y Porfirio.

Pero a medida que el pensamiento progresista, con todos sus infinitos matices, fue ganando posiciones y poder, la derecha fue desarrollando su propia irreverencia, una irreverencia a favor del establishment, de los fantasmas del pasado, y de lo que podríamos llamar pensamiento reaccionario. A medida que el miedo cambiaba de lado, también lo hizo el sarcasmo, y uno de los grandes polemistas irreverentes del pensamiento reaccionario –y sé que este comentario mío levantará ampollas– fue Friedrich Nietzsche. Quizá el mayor logro de Nietzsche fue su acierto al emparejar y saber ver los paralelismos entre las guerras culturales del presente con las de los tiempos de Eurípides, Sócrates y Aristófanes y las que estaban teniendo lugar en la propia Alemania de su época. Las que muchas décadas más tarde tomarían también forma en los Estados Unidos y sus famosas “culture wars” y llegarían a afectar a todos los países de Europa.


El primer aldabonazo de Nietzsche contra el pensamiento progresista fue su famoso “El nacimiento de la tragedia”. En realidad, se trataba de un ataque en toda regla no solo contra la idea de la democracia, sino contra todas las corrientes progresistas de su tiempo apenas disimulado en un ataque hábilmente traspuesto en las personas desaparecidas veinticuatro siglos antes de Eurípides y Sócrates, a los que acusaba de haber impuesto un pensamiento relativista y racional que se enfrentaba al pensamiento mítico de dramaturgos como Esquilo o Sófocles. En realidad, casi todo el Nietzsche posterior se encuentra en germen ya en ese libro, objeto en su día del ataque feroz de los filólogos alemanes de su época por motivos que sería muy largo de explicar aquí.

Pero Nietzsche fue ampliando sus ataques a corrientes como el anarquismo, el socialismo, el feminismo y, de manera más repetida y obvia contra el cristianismo. ¿Pero por qué el cristianismo? De sobras es sabido el núcleo de los ataques nietzscheanos contra la doctrina cristiana, a la que acusa de ser una moral de esclavos. Una moral que reprime los instintos naturales del individuo en aras de una trascendencia inexistente. Pero hay un motivo más profundo y de carácter sociopolítico para atacar a la doctrina cristiana; su parentesco, que a Nietzsche no se le escapa, con el socialismo y las ideas de igualdad. Porque más allá de la pompa y el fasto de la Iglesia Católica, el mensaje de los evangelios es un mensaje de pobreza y humildad, condensado en la famosa frase de: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”. Y es ese paralelismo de raíz con las doctrinas socialistas lo que más enoja a Nietzsche con la religión cristiana. Hay que resaltar que Nietzsche, a diferencia de Voltaire y los otros grandes polemistas contra el cristianismo, no le reprochaba su irracionalidad o su carga mitológica, sino aquello que constituía lo más profundo de su mensaje, es decir, su ambición igualitaria y universalista. Si la crítica de Voltaire contra el cristianismo es sobre todo de carácter humanista, exponiendo el absurdo de que tragedias como el terremoto de Lisboa de 1755 formen parte de una supuesta voluntad divina, la crítica de Nietzsche va por derroteros muy distintos.

Por otra parte, la religión cristiana se había convertido en un blanco fácil. En la misma Alemania, el historiador David Friedrich Strauss había demolido de manera impecable e implacable el relato evangélico en su libro “Das Leben Jesu”, –La vida de Jesús– (1836), de tal manera que la doctrina cristiana había caído en desgracia en casi todo el mundo académico germánico. En Francia, Ernest Renan había llevado a cabo una tarea similar con su “Vida de Jesús” (1863), en el cual desmontaba la supuesta autenticidad de los evangelios, negaba la divinidad de Cristo y su resurrección, y comparaba a Cristo con un anarquista:
“Lo que distingue, en efecto, a Jesús de los agitadores de su época y de los de todos los siglos es su perfecto idealismo. En ciertos aspectos, Jesús es un anarquista, porque no tiene ninguna idea del gobierno civil. Este gobierno le parece pura y simplemente un abuso. […] Todo magistrado le parece un enemigo natural de los hombres de Dios; anuncia a sus discípulos altercados con la política, sin pensar un solo momento que haya en ello motivo para avergonzarse. Pero nunca se manifiesta en él el intento de sustituir a los poderosos y a los ricos. Quiere aniquilar la riqueza y el poder, no apoderarse de ellos. Predice a sus discípulos persecuciones y suplicios, pero ni una sola vez deja entrever la idea de una resistencia armada”.

Y en este sentido, la tarea de Nietzsche, más que la de un pensador verdaderamente original, fue la de un genial catalizador que supo canalizar y dar una forma totalmente revitalizada y renovada al pensamiento reaccionario de su tiempo. En realidad, hay pocas ideas en Nietzsche que no hubieran sido expresadas en alguna forma por pensadores o escritores anteriores a él. Pero lo que verdaderamente destaca en Nietzsche es no tanto la originalidad de su pensamiento como el enorme talento de su prosa, que le permite infundir nuevo aliento a ideas viejas como la eterna repetición de la Historia. Una idea que, dicho sea de paso, le resultaba extremadamente útil al pensamiento reaccionario desde el momento que negaba por principio casi cualquier posibilidad de progreso social o cultural. Y es justamente por esa veta anarquista señalada por Renan y otros autores de menor calibre por la que Nietzsche se ensaña con esa moral cristiana que él califica de débiles. Y en este sentido, Nietzsche se puede considerar el gran precursor de la irreverencia derechista de los siglos XX y XXI.

Bien es verdad que el mensaje nietzscheano, extremadamente rico en ramificaciones, ha sido asimilado en muchos casos por el mismo pensamiento anarquista, y reivindicado de manera constante por pensadores como Foucault o Deleuze entre otros. Pero en mi opinión se trata de una elección a gusto del consumidor que ignora de manera deliberada detalles como la repetida misoginia del autor y su clara antipatía personal contra las ideologías de izquierdas.

Otra cosa es la utilización, simplificación y tergiversación por parte de la ideología nazi del pensamiento nietzscheano. Pero así como los intentos nazis de apropiarse de figuras del pensamiento clásico alemán como Kant o Hegel resultan simplemente ridículas –los ideólogos del partido intentaron reciclar para su beneficio incluso el pensamiento de Platón–, hay algo en los escritos nietzscheanos, una reivindicación del instinto y la irracionalidad por encima de la lógica, que hacen que esa asimilación partidista no resulte tan inverosímil.

Pero hubo otros intelectuales europeos, como por ejemplo los franceses Barbey D’Aurevilly o J. K Huysmans que también supieron desarrollar sus habilidades como grandes propagandistas y satiristas irreverentes de la derecha, autores que eran capaces de combinar el catolicismo no solo con el sarcasmo, sino con fantasías que podían compararse en sensualidad a las del marqués de Sade. Un ilustre seguidor e intensificador de estos denuestos de la literatura reaccionaria sería el gran novelista francés Louis Ferdinand Céline con sus panfletos antisemitas escritos durante los años 30 del siglo XX, los cuales tenían ya una muy arraigada tradición en la literatura francesa desde antes incluso de los tiempos del caso Dreyfuss.

Con el paso del tiempo, la irreverencia derechista se volvió cada vez más enconada y agresiva a la par que perdía en contenido intelectual. Su último y más conocido representante a nivel mundial es el inefable Steve Bannon, que no tiene ni la gracia primitiva de Aristófanes ni mucho menos la genialidad literaria e intelectual de Nietzsche, pero sí un perfecto dominio de las técnicas de manipulación de masas aprendidas de maestros como Edward de Bernays o el mismísimo Goebbels y su célebre decálogo. No ha sido el único en los Estados Unidos. Le habían precedido individuos como Rush Limbaugh, un radiofonista iracundo que dedicó décadas de su vida a vociferar contra todo lo que oliera a progresismo o mejora social en Estados Unidos. Con un lenguaje hiriente y rico en el insulto y los giros verbales, el inventor de la palabra “feminazi” dirigió sus pullas contra los defensores de los derechos civiles, el ecologismo, los pacifistas, el movimiento hippy, “Occupy Wall Street”, y, en general, cualquier corriente política que se opusiera al supremacismo y capitalismo ultranza típicos del Partido Republicano. Negacionista del cambio climático y de los efectos perniciosos del tabaco, falleció a principios de este año como consecuencia de un cáncer de pulmón.

No le han faltado imitadores en los propios Estados Unidos y en numerosos países incluyendo por supuesto a España. Personajes como Fernando Vizcaíno Casas –una especie de Aristófanes de andar por casa de nuestro tiempo, y de una comicidad de bastante sal gorda, como era la del propio Aristófanes– y, sobre todo, el famoso Federico Jiménez Losantos han sido maestros en el dudoso arte del denuesto continuo y la calumnia disfrazada de inteligente sarcasmo que en realidad no hacía sino denotar la miseria intelectual de sus autores, tomando siempre como blanco no solo a los partidos de izquierdas, sino, en general, a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Una irreverencia, en suma, para provecho de los ricos y del poder con mayúsculas.

Veletri

viernes, 9 de julio de 2021

LOS ÁNGELES DEL INFIERNO

 Tras sufrir una insuficiencia respiratoria grave y haber llamado al SUMMA 112. Los sanitarios del SUMMA hicieron un magnifico trabajo hasta que me recuperaron y me condujeron en la ambulancia al servicio de urgencias de la Paz. Allí me hicieron una extracción para una gasometría arterial que consiste en una extracción de sangre arterial de la muñeca que puede resultar bastante dolorosa pero que gracias a la habilidad de la enfermera me resultó prácticamente indolora. Después me acoplaron a una máquina que introduciéndome aire a presión en los pulmones me ayudó a poder respirar con relativa normalidad dadas las circunstancias. Rodeado de sanitarios en todo momento y tras un tiempo indeterminado con respiración forzada me hicieron una PCR (la única que se me ha hecho en toda la pandemia). Entonces me comunicaron que hasta conocer el resultado sería llevado a la zona COVID. Debido a que había pasado casi un mes de la segunda dosis de la vacuna fui muy tranquilo y más me tranquilicé cuando vi que era el único paciente en la sala.



Una vez que salió el resultado negativo de la PCR fui llevado a un nuevo servicio creado a partir de la necesidad producida por la pandemia de COVID, la UCIR (Unidad de cuidados intensivos respiratorios). Allí llegué con la máquina de ventilación forzada a la que estuve conectado toda la noche. Estaba en una sala dividida en dos partes, yo estaba en la primera cama junto a la entrada y al fondo, junto a la ventana había un hombre inmóvil tumbado boca arriba en silencio, supe que se llamaba Ángel. En la sala había otro hombre al que no podía ver pero sí oír, éste estaba bastante activo y era muy protestón.

A la mañana siguiente me quitaron la ventilación forzada y me empezaron a suministrar oxígeno mediante unas gafas nasales. Entonces empecé darme cuenta de donde estaba metido, las otras dos personas que estaban en la sala venían de haber pasado una larga temporada en la UCI a causa de la COVID, no me atreví a preguntar cuanto tiempo habían pasado  en la UCI. El estado de Ángel era lamentable, un hombre de 74 años, 1,90 de altura que no podía hablar, ni levantar los brazos, ni comer por si mismo y a penas podía tragar las papillas que le daban. Durante una cura olvidaron echar la cortina y lo que vi fue espeluznante, el hombre no tenía culo, en su lugar había una enorme llaga que no puedo ni quiero describir, solo lo vi durante la fracción de segundo que tardé en darme la vuelta para no verlo. Tampoco tenía talones. A parte de eso los dos compañeros de sala tenían que llevar pañales.

Me volvieron a hacer otra gasometría arterial y esa noche me volvieron a colocar la máscara de respiración forzada para combatir la acidosis respiratoria debido a la cantidad de CO2 que tenía en sangre.

Al día siguiente vinieron los fisios a tratar a los compañeros, empezaron haciendo ejercicios con Ángel para ayudarle para que pudiera empezar a hablar y en esto le preguntaron por su trabajo y dijo que era ganadero en Ciudad Real, le preguntaron por el tipo de ganado y dijo que criaba vacas, desde ese momento Ángel para mi se convirtió en "el vaquero". Poca rehabilitación podían hacer con él debido a su gran tamaño y sus enormes llagas, pero le sentaban en el sillón para que pudiera descansar de tanta cama.

Me hicieron otra gasometría y viendo mi mejoría pude dormir ya sin la máquina que me metía aire a presión en los pulmones.

Al día siguiente llegó otro paciente con una traqueotomía, su ánimo era como una montaña rusa, quería estar bien pero debió de haberlo pasado muy mal y debía tener bastante dolor.

Yo era el único que podía levantarse de la cama, comparado con los otros era muy afortunado.

Al día siguiente me dijeron que me pasaban a planta, cuando me sacaban me despedí de los compañeros y de Ángel me despedí con un "a mejorarse, vaquero", me pareció percibir en su cara como una ligera intención de sonreír...

Me pasaron a planta, un lugar mucho más amable pero ahí no acabó todo, si por una cosa o por otra desde que no bebo cerveza meo bastante poco, pero dejé de mear prácticamente del todo y tuvieron que meterme una sonda para poder vaciar la vejiga.

Ya poco más hay que contar de mi paso por el infierno, un infierno lleno de ángeles de colores blancos, verdes, amarillos fosforito junto un color parecido al vino tinto de los ambulancieros  y otra veces envueltos en batas verdes o moradas. Ángeles que hacen de conductores de ambulancia, limpiadoras, celadores, enfermeras, fisioterapeutas, médicos... Muchos de ellos con indignos contratos basura y que dan todo por nada, pululan por el infierno sin dar una sola muestra de desaliento aliviando el dolor de otros mientras tratan de ocultar o a lo mejor olvidar su propio dolor.

En el hospital pensaba terminar dedicando unas palabras a quienes son partidarios de que haya quien se haga millonario a costa de la labor de los ángeles deshumanizando la sanidad, la educación y los servicios públicos que todos necesitamos, no solo hay ángeles en el infierno... Pero me voy a cortar, no por miedo a que algún censor pretenda banearme, de todas formas todos conocéis el "cariño" que proceso a semejantes elementos y me parece que es más elegante así.

Mi hermano murió entre los ángeles hace un par de años tras dos transplantes de pulmón fallidos.

A mi me han mandado a casa con un aparato de oxígeno, una botella de oxígeno por si se va la luz, un tubo metido por el tubillo (el de mear) conectado a una bolsa de plástico y una proposición de estudio para un posible trasplante de pulmón.

Y un par de cosas más el de la foto del perfil fui yo con 20 años. (os pongo la foto aunque solo sea para presumir de pasado)

En un par de días me voy a ejercer de veraneante, tengo un proyecto para este verano (voy a montar una guitarra eléctrica) también hay mucho que leer y me toca ponerme fuerte para lo que venga en el futuro. Este año me llevaré el portátil, pero tampoco estoy para haceros mucho caso...




Para todos los ángeles especialmente para Matinada que ha cuidado a muchos y para Ximena que también ha cuidado a muchos y también a mi.


Wendix

viernes, 2 de julio de 2021

CONTRA EL ALTRUISMO

 Según la RAE, la palabra “altruismo” proviene del francés “altruisme”, y designa la diligencia en “procurar el bien ajeno aún a costa del propio”. Podría discutirse si el amor de unos padres por sus hijos es altruismo, o incluso el amor, real o supuesto, de un individuo por su país o incluso su clase social es altruismo, dado que , en realidad, de alguna manera el beneficio que se obtenga redundara en provecho propio o en la satisfacción del propio ego. Desde un punto de vista social, suele considerarse como altruismo aquello se hace en beneficio de personas a las que la persona con el llamado comportamiento altruista ni siquiera conoce. Eso parecería, cuando menos, lo más apropiado. 

Fue el filósofo positivista Auguste Compte quien acuñó la palabra en cuestión en el año 1851, y ello en una época en la que Europa se debatía en unos al parecer interminables conflictos de clase. Las revoluciones populares  de 1848 estaban muy frescas en la memoria, y, sobre todo, quedaba el recuerdo imborrable de la Revolución Francesa y de todo lo que esta supuso para el Viejo Mundo. Comte fue además durante años secretario y colaborador del famoso Duque de Saint-Simon, célebre reformador social, y, sobre todo, fue también el ideador del positivismo, y buscaba con sus ideas salir de aquella especie de marasmo social en el que se encontraba sumida Europa. Pero los conflictos sociales en Europa no harían sino enconarse hasta llegar a la revolución de la Comuna en París en 1870-71 inmediatamente después de la derrota francesa ante Prusia. 

De manera probablemente imprevista por su autor, la idea del altruismo fue ganando adeptos a lo largo del tiempo, aunque seguramente no en la manera en que a Comte le hubiese gustado. Porque en una sociedad de un alto grado de desarrollo capitalista, si bien incluso los más humildes pueden permitirse algún tipo de altruismo, algunos pueden ser más altruistas que otros, de la misma manera que también pueden ser más libres, como habría dicho George Orwell. Fue en Estados Unidos donde los grandes industriales y potentados más pronto descubrieron los grandes beneficios de cara a la opinión pública que el altruismo podía proporcionarles. Todos ellos acumularon sus fortunas mediante prácticas abusivas que persistieron durante décadas, y uno de ellos, Andrew Carnegie, se hizo portavoz del llamado “Evangelio de la Riqueza”, según el cual era deber de los ricos utilizar su dinero para dedicarlo a la filantropía. A estos millonarios les guiaba la creencia de que, por supuesto, ellos sabrían como nadie orientar las decisiones de política social evitando lo que ellos llamaban “el despilfarro”. Además, mediante la financiación de instituciones como las universidades, se garantizaban el dominio de los programas de estudio, con lo cual podían manufacturar alumnos que compartieran  de manera bastante aproximada su ideología y sus maneras de concebir la sociedad. Pero sobre todo, con ello se pretendía combatir la mala reputación que estos individuos se habían labrado en la sociedad norteamericana con sus prácticas monopolistas , los bajos salarios que pagaban a sus trabajadores y la creciente desigualdad social en el país. Todo esto no impidió que el presidente Theodore Roosevelt emprendiera una serie de reformas para fraccionar los monopolios e incrementar la competencia, como por ejemplo la Standard Oil de John  D. Rockefeller, otro de los más famosos “robber barons”. 

Especialmente en Europa, la filantropía fue cayendo en desuso para ser sustituida por la carga impositiva sobre las grandes fortunas, de manera particular en los países nórdicos y al socaire de la otra gran revolución de los tiempos modernos, la Revolución de Octubre de 1917. Las clases dirigentes ya no hacían una graciosa donación de parte de una parte minúscula de su fortuna, sino que era el estado el que se hacía cargo del reparto de la riqueza nacional para garantizar derechos como la sanidad gratuita, una educación accesible para las masas y pensiones de jubilación. Fue el canciller alemán Bismarck el primero en crear un seguro de enfermedad para alejar de este modo las tentaciones revolucionarias en su país, que de todos modos volverían a aflorar en Alemania tras la derrota en la Primera Guerra Mundial mediante la revolución espartaquista de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, sofocada a sangre y fuego por el gobierno del socialdemócrata Friedrich Ebert. 

En Estados Unidos, el auténtico catalizador de estas reformas fue el New Deal de Roosevelt. Es creencia común, muy difundida por la derecha neoliberal- volveremos sobre esto más tarde- que Roosevelt llegó al poder con un plan preconcebido para cercenar y poco menos que destruir el sistema capitalista. En realidad, y como explicó el economista John Kenneth Galbraith en su libro “El Dinero”, el primer instinto de Roosevelt al tomar el poder fue seguir una clásica política de austeridad, tras el fracaso de la cual siguió una política monetaria expansiva con rebaja de los tipos de interés. Fue a la vista de la inutilidad de esas medidas para enderezar el caos económico provocado por el crack del 29 y a través de portavoces del keynesianismo en Estados Unidos como por ejemplo el economista Irving Fisher, que se llegó a las políticas económicas del New Deal. Las reformas del New Deal no fueron bien acogidas por Wall Street, que se opuso a ellas desde el principio y llegó al extremo de planear el frustrado golpe de estado conocido como “The Business Plot”, en el que habrían estado implicados clanes como los de los Dupont y los Bush entre otros (1933). En realidad, lo que Roosevelt buscaba no era otra cosa que salvar al capitalismo de sí mismo y evitar una auténtica revolución socialista o comunista, algo que la parte más sensata de Wall Street supo entender aunque no fuera de buen grado. Sin embargo, la salida absoluta de la crisis no se produjo hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Y cabe recordar que la guerra es otra gran empresa estatal. 


De esta forma, el tipo impositivo para las grandes fortunas en Estados Unidos llegó a ser del 90%, y no bajaría hasta la época del presidente John F. Kennedy, cuando fue reducido a 71%. Pero no sería hasta la llegada de Reagan al poder en 1980 que el asunto de la reducción de impuestos y la famosa “trickle down theory” se convertirían en un ariete ideológico contra todas las conquistas sociales ganadas a pulso por las clases trabajadoras. 

De manera que ha sido en las últimas décadas, en los 40 años que han transcurrido desde la contrarrevolución reaganiana, que el concepto de “altruismo” de los Vanderbilt, Carnegie, Rockefeller y compañía ha vuelto a tomar todo su viejo y ominoso sentido. De nuevo las grandes fortunas pueden demostrar su infinito amor a la Humanidad por el sencillo procedimiento de evadir el fisco lo mejor que pueden y luego dedicar lo que para ellos es calderilla a supuestas obras de beneficencia que, en realidad, suelen redundar en su propio beneficio de una manera u otra. Es harto sabido que personajes como Jeff Bezos, Mark Zuckerberg o Elon Musk ni siquiera pagan impuestos al tesoro de los Estados Unidos, y el propio Warren Buffett dijo sin tapujos que su secretaria pagaba más impuestos que él. En cuanto a Bill Gates, no sólo posee un negocio prácticamente monopolista, como es Google, sino que determina en gran medida las políticas de vacunación  del mundo entero mediante la famosa alianza GAVI, influye en las políticas educativas de su propio país, y es uno de los cabecillas de la contrarreforma que está teniendo lugar en la India y que pondrá en manos de empresas como Google, Facebook, Walmart,  Bayer Monsanto y otros gigantes del ramo casi toda la riqueza agrícola de ese país. 

Otro caso a tener en cuenta es el del celebrado Amancio Ortega en España, el famoso dueño de Inditex. otro experto en mantener activos en compañías fantasma en paraísos fiscales como Luxemburgo https://www.infolibre.es/noticias/politica/2021/06/21/amancio_ortega_mantiene_luxemburgo_dos_companias_con_casi_300_millones_activos_121919_1012.html. La mayoría de la producción de sus fábricas tiene lugar en países con una mínima protección de los derechos laborales, tales como Bangladesh, escenario, por ejemplo de la tristemente célebre tragedia de Rana Plaza, si bien la compañía Inditex no fue una de las involucradas en la catástrofe. Las grandes multinacionales de la moda, tales como Mango, El Corte Inglés, Mayoral, Carrefour, C&A, etc., tuvieron que firmar un acuerdo llamado “Accord on Fire and Building Safety in Bangladesh” a raíz de aquel suceso.  Pero quizá cabría agradecerle al empresario español que por lo menos no comparta los delirios galácticos de personajes como Elon Musk o Richard Branson, empeñados en colonizar el espacio por sus propios medios, quizá llevando a cabo de manera consciente o inconsciente un inicio de proyecto similar al que se muestra en la película hollywooodense “Elysium” (2013), en la cual los grandes billonarios de la Tierra se refugian en una gigantesca estación especial aclimatada para ser casi un paraíso mientras que en el abandonado planeta Tierra la inmensa mayoría de la raza humana vive en una especie de gigantesca favela brasileña, sin la menor comodidad o protección social y sin otro imperio de la ley que no sea la de la jungla. 


Veletri

Bibliografía

-India’s Farmers and the Liberal Playbook https://www.counterpunch.org/2021/06/24/indias-farmers-and-the-neoliberal-playbook/

-Capital, Profits and Wages in 2021 

https://www.counterpunch.org/2021/06/24/capital-profits-and-wages-in-2021/

Wikipedia: Robber Barons 

https://en.wikipedia.org/wiki/Robber_baron_(industrialist)

Wikipedia: Business Plot

https://es.wikipedia.org/wiki/Business_Plot