viernes, 4 de junio de 2021

SABER COMO SOMOS (o como nos dicen que somos)

 “Si la miseria de los hombres no se debe a la naturaleza, sino a nuestras instituciones, grande es nuestra culpa.” 

Charles Darwin, Voyage of the Beagle 


Ninguna ocupación es más propia del ser humano que el catalogarse a sí mismo y a sus semejantes. Pascal llamó al ser humano “le roseau pensant” –el junco pensante-, e hizo esta definición  de la relación del ser consciente con su entorno: “El hombre no es más que un junco, el más endeble de la naturaleza, pero es un junco pensante. No hace falta que todo el universo se ocupe de aplastarlo. Un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero aún cuando el Universo lo estuviese destruyendo, el hombre sería más noble que aquello que le mata; porque él sabe que está muriendo, mientras que el universo no tiene ni idea de la superioridad que tiene sobre él”. Pero ese junco pensante , desde el inicio de su andanza por el planeta Tierra, no se dedicó sólo a explorar su relación con ese entorno natural que le era a la vez hostil y beneficioso, sino en determinar el lugar de cada individuo en la escala jerárquica de la sociedad, de la misma forma que se determinaba el valor de cada elemento material en función a su utilidad para la vida humana. Porque sin una determinación del valor de los individuos, no puede haber jerarquías. El quid de la cuestión radicó desde el principio en quien iba a establecerlas y bajo qué parámetros. 

Una vez dejadas atrás las primitivas estructuras comunales, empezó a ser el excedente de producción y la propiedad del mismo el primer determinante del puesto que ocupaba en la escala social cada individuo. El lema “Tanto tienes, tanto vales”, se convirtió en una especie de valor universal que servía para organizar las sociedades humanas. En la antigua Roma, era imposible aspirar a un cargo de peso dentro de la estructura del estado si no se disponía previamente de un peculio considerable (en realidad, esta práctica se ha perpetuado en las sociedades modernas; son raros los congresistas estadounidenses, sobre todo en el Senado, que no disponen de una buena fortuna ). Sólo así se podía llegar a ser senador o cónsul. Existía la diferencia entre patricios y plebeyos, y aunque estos llegaron a constituir su propia asamblea y elegir sus propios tribunos,  la sociedad romana siguió siendo no sólo profundamente clasista hasta su colapso, sino también esclavista. Unos esclavos que eran reclutados esencialmente entre los pueblos sometidos por el Imperio, que por su misma condición de “bárbaros”, y pertenecientes a pueblos “inferiores” tenían muy pocas posibilidades de escapar a su condición. 

El orden feudal que siguió en Europa a la desaparición de Roma presuponía la existencia de un Dios que había delegado su autoridad en los príncipes de la Iglesia y en la monarquía de derecho divino. Todo ello asentado en una cosmogonía que presuponía que la Tierra era el centro del Universo, y , a su vez, el Hombre el epicentro de toda la Creación. Por su parte, los reyes congregaban a su alrededor a una aristocracia que servía para articular de alguna forma el estado feudal y extraían del campesinado sus diezmos y demás prebendas. Era una sociedad en principio hermética y compacta, en la que también las clases populares estaban estructuradas dentro de gremios, si vivían en los centros urbanos, o bien pertenecían al campesinado. 

Pero a medida que la complejidad de la sociedad aumentaba, también lo hacía la intensidad de sus conflictos. Estos podían ser en apariencia de carácter religioso, como los conflictos entre católicos y protestantes, o claramente de clase,  como en el caso de la rebelión del reverendo Thomas Müntzer –condenado hasta la saciedad por Lutero- ,caudillo revolucionario de los campesinos , organizados bajo la llamada “Liga de los elegidos”, y derrotados a sangre y fuego en la batalla de Frankenhausen (1525). ¿Pero es casualidad que Alemania, el país que sufrió los conflictos sociales más agudos fuera también el escenario de la caza de brujas más sangrienta de la Historia? ¿O se trataba de una represión y de una “recodificación” de las diversas capas de la población en base a otros parámetros e intereses? La autora italiana Silvia Federici sostiene en su libro “Calibán y la bruja” la teoría de que :” La caza de brujas está relacionada con el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo que confinó a las mujeres al trabajo reproductivo”, y en concreto con los inicios del capitalismo que requería acabar con el feudalismo y aumentar el mercado de trabajo, eliminando la agricultura de subsistencia y cualquier otra práctica de subsistencia autónoma ligada en ocasiones a tareas agrícolas en terrenos comunales. Federici sostiene que la irrupción del incipiente capitalismo fue “uno de los períodos más sangrientos de la historia de Europa”, al coincidir la caza de brujas , el inicio del comercio de esclavos y la colonización del Nuevo Mundo. Todavía según Federici, los tres procesos estarían relacionados; se trataba de aumentar a cualquier precio la reserva de mano de obra. 

En cualquier caso, se hacía necesario un proceso de categorización de aquellos individuos que , o bien no eran aprovechables para el sistema y por lo tanto debían ser exterminados, como las supuestas brujas,  o bien tenían que ser disciplinados y explotados, como era el caso del comercio de esclavos y de las poblaciones nativas americanas. Los grandes teólogos del protestantismo, como Lutero, Zuinglio o Calvino eran plenamente favorables a la persecución judicial de las brujas e incluso a su exterminio. Aunque las estimaciones varían según las fuentes, se estima que sólo en Alemania fueron quemadas unas 100.000 mujeres bajo la acusación de brujería. Se trataba de aquellas mujeres que no sólo ya no eran apetecibles sexualmente, sino que habían dejado de jugar un papel útil en la sociedad, salvo el de atesorar unos saberes terapéuticos que tardarían siglos en ser reivindicados por la medicina naturista. En cuanto a los esclavos negros, se daba por supuesto que el hombre blanco gozaba del derecho a traficar con ellos y explotarlos para suplir las “deficiencias” de la mano de obra indígena en América. 

Quedaban otras categorizaciones por hacer; la de los locos y la de los delincuentes. Eran los cabos sueltos que quedaban por atar en unas sociedades que aspiraban a un orden jerárquico perfecto, y al fin esos cabos se ataron aunque los grilletes tardasen siglos en forjarse por completo. Poco a poco, tanto los manicomios como las prisiones se fueron institucionalizando y perfeccionando en su mecanismo. Como el pensar en una idea como la injusticia social era inaceptable, en sociedades como la Inglaterra de finales del siglo XVIII y principios del XIX se podía ejecutar a un niño por un delito menor como el hurto o en la Francia de la restauración monárquica –Victor Hugo lo cuenta en “Los Miserables”- , una persona podía ir a parar a presidio durante años por robar comida. El inicio del siglo XIX fue la época de la concepción  del sistema carcelario tal y como lo conocemos hoy en día. Más avanzado el siglo, aparecieron figuras como la de Cesare Lombroso. Si la craneometría había “demostrado” que los negros y los indios eran especies separadas e inferiores, y, por lo tanto, aptas para su explotación, Lombroso fue unos cuantos pasos más allá: con su teoría del “uomo delinquente” y al inventar la disciplina de la antropología criminal, trató de fijar para siempre las tipologías humanas de los delincuentes. Según él, los criminales eran tipos atávicos desde el punto de vista de la evolución que perduran entre nosotros. Armado con este arsenal ideológico, llegó a determinar incluso el tipo de pies que, según él, debían tener las prostitutas: “Mis observaciones muestran admirablemente que la morfología de la prostituta es aún más anormal que la del criminal, sobre todo por las anomalías atávicas, puesto que el pie prensil constituye un atavismo”. De esta forma, la sociedad capitalista quedaba alejada y al abrigo de cualquier posible crítica a su funcionamiento y estructuras. Ni la pobreza ni las circunstancias sociales del individuo podían jugar papel alguno en las conductas delictivas; se nacía delincuente, y se moría delincuente. 

La falsa medida del hombre


Un proceder semejante se aplicó a las personas que padecían trastornos mentales hasta muy avanzado el siglo XX. De hecho, incluso hasta nuestros días. Como explicó el psiquiatra Ronald D. Laing –en realidad, uno de los iniciadores de la antipsiquiatría, aunque él rechazara ese título-, le estaba prohibido al personal médico de las instituciones psiquiátricas a mediados del siglo XX hablar siquiera con sus pacientes, ya que la ideología imperante daba por hecho que hablar con una persona con un diagnóstico era algo así como echarle leña o gasolina al fuego, y , por lo tanto, había que confiarlo todo a métodos como el electroshock, la contención mecánica o la medicación a mansalva. Tampoco aquí las situaciones de trauma social que atraviesan millones de personas en las sociedades capitalistas modernas tendrían mucho que ver con el padecimiento mental, sino que obedecerían a meras características innatas del individuo, no a una especie de síndrome post-traumático social. Por supuesto que las más interesadas en que perviva esta manera de contemplar la psiquiatría son las grandes compañías farmacéuticas, muy atentas a cualquier oportunidad de psiquiatrizar y medicar a mayores sectores de la sociedad con los consiguientes beneficios para ellas. Basta con pensar en la reciente “epidemia” de hiperactivismo que asola a nuestra población infantil.  Todo esta seudociencia ha ido acompañada de la célebre sociobiología y su primo hermano, el darwinismo social, que, al estilo de un moderno Pangloss como el del “Cándido” de Voltaire, pretenden demostrar que vivimos en el mejor de los mundos –capitalistas- posibles. 

Y es de esta forma como los juncos pensantes con una cierta influencia dentro de sus respectivas sociedades han ido catalogando y mediatizando a sus congéneres. A través del arma de la estigmatización, ya sea contra los individuos o contra grupos sociales e incluso razas enteras. Toda una panoplia de herramientas de la marginación a disposición de las clases dirigentes que se han sucedido en la Historia. 


Bibliografía: 

-Calibán y la bruja, de Silvia Federici (Ed. Traficantes de sueños)

-Vigilar y castigar , de Michel Foucault (Ed. Siglo XXI)

-La falsa medida del hombre , de Stephen Jay Gould (Ed. Orbis)

-Wikipedia: 

 https://es.wikipedia.org/wiki/Pena_capital_en_el_Reino_Unido

https://es.wikipedia.org/wiki/Caza_de_brujas


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