sábado, 4 de marzo de 2017

QUÉ HACER AL BORDE DEL SEPULCRO

A lo largo de mi vida me han preguntado muchas veces qué me gustaría hacer si me dijeran que me quedaba poco tiempo de vida (digamos, cinco o seis partidos del siglo). Si me gustaría viajar por el mundo, disfrutar del sexo como hasta entonces no lo había hecho, comprar aquella cosa que tanto había anhelado hasta entonces, escribir mis memorias… Cuestión con un marcado carácter egocéntrico, pues da a entender que eres tú el único sujeto de tu muerte. Lo que jamás me preguntaron y, sin embargo, es lo que realmente me importa, es qué habré de hacer yo con mis seres queridos, cómo quisiera relacionarme con ellos desde el momento que me comunican mi desahucio hasta mi baja en la nómina de los existentes. ¿Qué debo de hacer, alejarme de ellos para paliar el dolor que les pudiera causarles mi fallecimiento o, por el contrario, prodigarme en toda muestra de cariño para aumentar el dolor de mi pérdida, eso sí, dejando para ellos lo mejor que les podría dejar: un recuerdo feliz, entrañable, un ejemplo de fidelidad que les acompañara todas sus vidas?

Cuando uno es joven e indocumentado, puede que se sienta impelido por una vocación: la poesía, la historia, la filosofía, la ciencia, la música… No calcula si cuando llegue a ejercer su profesión la sociedad lo necesita, aunque a él sí le parezca necesario. Otros, en cambio, lo que anhelan de la vida es un puestazo y un sueldazo.

Yo tiendo a creer que aquel que piensa que su vocación es necesaria, sin considerar premios ni costes, atesora un gran capital humano, no entiende una vida que no sea honorable, jamás se sentirá en la necesidad de zancadillear a nadie, acopiarse de unos bienes que no son suyos, y si algo le atormenta es desperdiciar sus últimos días de vida sin colmar de cariño a sus seres más queridos. Los otros, todo lo contrario.

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