sábado, 17 de julio de 2021

LA IRREVERENCIA

Durante mucho tiempo, parecía que la irreverencia era una herramienta de la izquierda, o de lo que vagamente se ha dado en llamar “fuerzas progresistas”. El conocido odio contra autores como Voltaire, Rousseau –quien en realidad tenía muy poco de irreverente, al menos en temas religiosos–, Diderot, y otros autores de la Ilustración duró durante generaciones entre las filas de la derecha bienpensante. Más graves todavía fueron las sacudidas de personajes como Darwin, Marx o Freud, que demolieron hasta los cimientos de la llamada moral tradicional. Las sátiras de Voltaire, Diderot u otros enciclopedistas sobre la religión fueron verdaderamente memorables, por no olvidar al Barón de Volney y su célebre libro “Las Ruinas de Palmira”, en el que desarticulaba casi por completo todo el edificio argumental del pensamiento cristiano, recogiendo argumentos que en la época del Imperio Romano ya habían empleado escritores como Celso y Porfirio.

Pero a medida que el pensamiento progresista, con todos sus infinitos matices, fue ganando posiciones y poder, la derecha fue desarrollando su propia irreverencia, una irreverencia a favor del establishment, de los fantasmas del pasado, y de lo que podríamos llamar pensamiento reaccionario. A medida que el miedo cambiaba de lado, también lo hizo el sarcasmo, y uno de los grandes polemistas irreverentes del pensamiento reaccionario –y sé que este comentario mío levantará ampollas– fue Friedrich Nietzsche. Quizá el mayor logro de Nietzsche fue su acierto al emparejar y saber ver los paralelismos entre las guerras culturales del presente con las de los tiempos de Eurípides, Sócrates y Aristófanes y las que estaban teniendo lugar en la propia Alemania de su época. Las que muchas décadas más tarde tomarían también forma en los Estados Unidos y sus famosas “culture wars” y llegarían a afectar a todos los países de Europa.


El primer aldabonazo de Nietzsche contra el pensamiento progresista fue su famoso “El nacimiento de la tragedia”. En realidad, se trataba de un ataque en toda regla no solo contra la idea de la democracia, sino contra todas las corrientes progresistas de su tiempo apenas disimulado en un ataque hábilmente traspuesto en las personas desaparecidas veinticuatro siglos antes de Eurípides y Sócrates, a los que acusaba de haber impuesto un pensamiento relativista y racional que se enfrentaba al pensamiento mítico de dramaturgos como Esquilo o Sófocles. En realidad, casi todo el Nietzsche posterior se encuentra en germen ya en ese libro, objeto en su día del ataque feroz de los filólogos alemanes de su época por motivos que sería muy largo de explicar aquí.

Pero Nietzsche fue ampliando sus ataques a corrientes como el anarquismo, el socialismo, el feminismo y, de manera más repetida y obvia contra el cristianismo. ¿Pero por qué el cristianismo? De sobras es sabido el núcleo de los ataques nietzscheanos contra la doctrina cristiana, a la que acusa de ser una moral de esclavos. Una moral que reprime los instintos naturales del individuo en aras de una trascendencia inexistente. Pero hay un motivo más profundo y de carácter sociopolítico para atacar a la doctrina cristiana; su parentesco, que a Nietzsche no se le escapa, con el socialismo y las ideas de igualdad. Porque más allá de la pompa y el fasto de la Iglesia Católica, el mensaje de los evangelios es un mensaje de pobreza y humildad, condensado en la famosa frase de: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos”. Y es ese paralelismo de raíz con las doctrinas socialistas lo que más enoja a Nietzsche con la religión cristiana. Hay que resaltar que Nietzsche, a diferencia de Voltaire y los otros grandes polemistas contra el cristianismo, no le reprochaba su irracionalidad o su carga mitológica, sino aquello que constituía lo más profundo de su mensaje, es decir, su ambición igualitaria y universalista. Si la crítica de Voltaire contra el cristianismo es sobre todo de carácter humanista, exponiendo el absurdo de que tragedias como el terremoto de Lisboa de 1755 formen parte de una supuesta voluntad divina, la crítica de Nietzsche va por derroteros muy distintos.

Por otra parte, la religión cristiana se había convertido en un blanco fácil. En la misma Alemania, el historiador David Friedrich Strauss había demolido de manera impecable e implacable el relato evangélico en su libro “Das Leben Jesu”, –La vida de Jesús– (1836), de tal manera que la doctrina cristiana había caído en desgracia en casi todo el mundo académico germánico. En Francia, Ernest Renan había llevado a cabo una tarea similar con su “Vida de Jesús” (1863), en el cual desmontaba la supuesta autenticidad de los evangelios, negaba la divinidad de Cristo y su resurrección, y comparaba a Cristo con un anarquista:
“Lo que distingue, en efecto, a Jesús de los agitadores de su época y de los de todos los siglos es su perfecto idealismo. En ciertos aspectos, Jesús es un anarquista, porque no tiene ninguna idea del gobierno civil. Este gobierno le parece pura y simplemente un abuso. […] Todo magistrado le parece un enemigo natural de los hombres de Dios; anuncia a sus discípulos altercados con la política, sin pensar un solo momento que haya en ello motivo para avergonzarse. Pero nunca se manifiesta en él el intento de sustituir a los poderosos y a los ricos. Quiere aniquilar la riqueza y el poder, no apoderarse de ellos. Predice a sus discípulos persecuciones y suplicios, pero ni una sola vez deja entrever la idea de una resistencia armada”.

Y en este sentido, la tarea de Nietzsche, más que la de un pensador verdaderamente original, fue la de un genial catalizador que supo canalizar y dar una forma totalmente revitalizada y renovada al pensamiento reaccionario de su tiempo. En realidad, hay pocas ideas en Nietzsche que no hubieran sido expresadas en alguna forma por pensadores o escritores anteriores a él. Pero lo que verdaderamente destaca en Nietzsche es no tanto la originalidad de su pensamiento como el enorme talento de su prosa, que le permite infundir nuevo aliento a ideas viejas como la eterna repetición de la Historia. Una idea que, dicho sea de paso, le resultaba extremadamente útil al pensamiento reaccionario desde el momento que negaba por principio casi cualquier posibilidad de progreso social o cultural. Y es justamente por esa veta anarquista señalada por Renan y otros autores de menor calibre por la que Nietzsche se ensaña con esa moral cristiana que él califica de débiles. Y en este sentido, Nietzsche se puede considerar el gran precursor de la irreverencia derechista de los siglos XX y XXI.

Bien es verdad que el mensaje nietzscheano, extremadamente rico en ramificaciones, ha sido asimilado en muchos casos por el mismo pensamiento anarquista, y reivindicado de manera constante por pensadores como Foucault o Deleuze entre otros. Pero en mi opinión se trata de una elección a gusto del consumidor que ignora de manera deliberada detalles como la repetida misoginia del autor y su clara antipatía personal contra las ideologías de izquierdas.

Otra cosa es la utilización, simplificación y tergiversación por parte de la ideología nazi del pensamiento nietzscheano. Pero así como los intentos nazis de apropiarse de figuras del pensamiento clásico alemán como Kant o Hegel resultan simplemente ridículas –los ideólogos del partido intentaron reciclar para su beneficio incluso el pensamiento de Platón–, hay algo en los escritos nietzscheanos, una reivindicación del instinto y la irracionalidad por encima de la lógica, que hacen que esa asimilación partidista no resulte tan inverosímil.

Pero hubo otros intelectuales europeos, como por ejemplo los franceses Barbey D’Aurevilly o J. K Huysmans que también supieron desarrollar sus habilidades como grandes propagandistas y satiristas irreverentes de la derecha, autores que eran capaces de combinar el catolicismo no solo con el sarcasmo, sino con fantasías que podían compararse en sensualidad a las del marqués de Sade. Un ilustre seguidor e intensificador de estos denuestos de la literatura reaccionaria sería el gran novelista francés Louis Ferdinand Céline con sus panfletos antisemitas escritos durante los años 30 del siglo XX, los cuales tenían ya una muy arraigada tradición en la literatura francesa desde antes incluso de los tiempos del caso Dreyfuss.

Con el paso del tiempo, la irreverencia derechista se volvió cada vez más enconada y agresiva a la par que perdía en contenido intelectual. Su último y más conocido representante a nivel mundial es el inefable Steve Bannon, que no tiene ni la gracia primitiva de Aristófanes ni mucho menos la genialidad literaria e intelectual de Nietzsche, pero sí un perfecto dominio de las técnicas de manipulación de masas aprendidas de maestros como Edward de Bernays o el mismísimo Goebbels y su célebre decálogo. No ha sido el único en los Estados Unidos. Le habían precedido individuos como Rush Limbaugh, un radiofonista iracundo que dedicó décadas de su vida a vociferar contra todo lo que oliera a progresismo o mejora social en Estados Unidos. Con un lenguaje hiriente y rico en el insulto y los giros verbales, el inventor de la palabra “feminazi” dirigió sus pullas contra los defensores de los derechos civiles, el ecologismo, los pacifistas, el movimiento hippy, “Occupy Wall Street”, y, en general, cualquier corriente política que se opusiera al supremacismo y capitalismo ultranza típicos del Partido Republicano. Negacionista del cambio climático y de los efectos perniciosos del tabaco, falleció a principios de este año como consecuencia de un cáncer de pulmón.

No le han faltado imitadores en los propios Estados Unidos y en numerosos países incluyendo por supuesto a España. Personajes como Fernando Vizcaíno Casas –una especie de Aristófanes de andar por casa de nuestro tiempo, y de una comicidad de bastante sal gorda, como era la del propio Aristófanes– y, sobre todo, el famoso Federico Jiménez Losantos han sido maestros en el dudoso arte del denuesto continuo y la calumnia disfrazada de inteligente sarcasmo que en realidad no hacía sino denotar la miseria intelectual de sus autores, tomando siempre como blanco no solo a los partidos de izquierdas, sino, en general, a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Una irreverencia, en suma, para provecho de los ricos y del poder con mayúsculas.

Veletri