viernes, 8 de enero de 2021

CRISIS? WHAT CRISIS?



En los últimos meses del año 1973 ocurrieron dos acontecimientos, en apariencia sin la menor relación entre sí, cuyas consecuencias se prolongarían hasta nuestros días. El primero fue el sangriento golpe de estado de Pinochet en Chile el 11 de septiembre de ese año, y el segundo la guerra del Yom Kipur, que se prolongó del 6 al 25 de octubre. El primero significó la primera implantación de la supuestamente nueva doctrina neoliberal de los Chicago Boys de Milton Friedman y compañía, el segundo el inicio de una serie de fenómenos político- económicos que proporcionarían la justificación o excusa para que el neoliberalismo se expandiera por los demás países del mundo. 


A consecuencia de la constitución impuesta a sangre y fuego por Pinochet-muy recientemente derogada en referéndum por el pueblo chileno-, Chile sigue siendo una de las naciones con mayor desigualdad social de toda América Latina. La guerra del Yom Kipur , por su parte, tuvo como colofón, tras una nueva victoria militar israelí, un espectacular aumento del precio de venta del petróleo por parte de los países árabes de la OPEP a los países de Occidente, supuestamente como sanción al apoyo que estos daban al estado de Israel en su ocupación de Palestina. Todo lo cual fue, según se dijo, el origen de un proceso inflacionario y una supuesta pérdida de productividad en los diversos países occidentales.
Y aquí fue cuando el neoliberalismo encontró su coartada. 


Inmediatamente los más sesudos y apoltronados economistas de Occidente empezaron a buscar soluciones a estos problemas que se presentaban con la nueva coyuntura. Y la respuesta de estos varones hipercapacitados y sapientísimos fue casi unánime: había que acabar con la economía de consenso que había surgido después de la Segunda Guerra Mundial y del New Deal estadounidense y sustituirlo por otra economía que potenciase la cultura del esfuerzo, el valor del individuo por encima de la comunidad, y la competitividad. 

A los asesores de Mrs. Thatcher , canonizada y subida a los altares del capitalismo, les faltó tiempo para encontrar los slogans que debían promocionar la nueva cultura: “Society doesn’t exist” y “TINA” (There is no alternative). La victoria electoral de Thatcher, que se basó en gran medida en una feroz campaña contra los sindicatos de trabajadores, fue la muestra de que el neoliberalismo podía llegar al poder a través de unas elecciones sin necesidad de un golpe militar. Su congénere del otro lado del Atlántico, Ronald Reagan, contaba, por otra parte, con un aparato de propaganda igual o mayor. El magnate australiano de los medios de comunicación Rupert Murdoch todavía no había inaugurado Fox News, pero ya había echado sus tentáculos tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, a favor de la causa de la expansión de la misma propaganda. 

No podía ser que los márgenes de beneficios empresariales fueran tan pequeños, que tanta gente viviera –decían- de la sopa boba, de que la población se beneficiara de subsidios para casi todo, o , en países como Estados Unidos, que la matriculación en las universidades fuera casi gratuita, cuando , se decía, la solución estaba en la enseñanza privada. 

Pronto el neoliberalismo desató una intensa e incansable labor evangelizadora más allá de los países anglosajones, y gurus económicos y políticos de todo el mundo lo incorporaron a sus programas electorales. En sus países de origen, el neoliberalismo no acabó con los mandatos de los políticos que lo habían traído, Thatcher y Reagan, sino todo lo contrario. La teoría del “trickle-down” de la riqueza (goteo hacia abajo) fue implícitamente asumida por Tony Blair en Gran Bretaña y Bill Clinton en Estados Unidos. De hecho, quien había dado los primeros pasos hacia el neoliberalismo en USA había sido el presidente Jimmy Carter de la mano de su director de la Federal Reserve, Paul Volcker, quienes habían seguido una política monetarista muy a tono con los dogmas neoliberales para atajar la inflación de los años 70. 

Así que Clinton no hizo sino redoblar la apuesta: suprimió el welfare (una especie de renta básica universal instaurada en tiempos del New Deal) y, junto con Joe Biden, el actual presidente de los Estados Unidos, sacó adelante la Crime Bill de 1994, cuyas consecuencias últimas fueron que la población carcelaria de los Estados Unidos alcanzase las proporciones de la de la URSS de Stalin (ver “The Caging of America, Adam Gopnick, enero del 2012, The New Yorker https://www.newyorker.com/magazine/2012/01/30/the-caging-of-america ). 

Pero todo esto se daba por bueno, en aras de pagar menos impuestos y de limitar, se decía, la interferencia del estado en los asuntos de los ciudadanos. Además, el hecho de que una altísima proporción de los reclusos fueran negros –alrededor de un 40% cuando los negros constituyen sólo un 14% de la población de los Estados Unidos-, tampoco estorbaba en absoluto. Paralelamente, se fue obligando a los estudiantes a que se hipotecaran con los bancos si querían cursar una carrera universitaria, lo que es el origen de la enorme deuda estudiantil actual en los Estados Unidos.
Claro está que hubo países recalcitrantes que no mostraban el mismo entusiasmo hacia la adopción de estas políticas. Los países escandinavos y Francia figuraban entre ellos. 

Pero muy pronto los adalides y profetas de la buena nueva, desde la ya mencionada prensa de Murdoch hasta esa biblia del neoliberalismo que es The Economist , pasando por infinidad de otros medios informativos presentes en cada país, presionaron de manera incesante a los respectivos gobiernos y a la opinión pública en el sentido de la conveniencia de bajar los impuestos sobre la renta, de la “insostenibilidad de las pensiones”, la privatización de la sanidad y delicias semejantes que antes eran sólo típicas de la disfuncional sociedad norteamericana. 

Los gobiernos que no se ajustaban a los nuevos tiempos eran acusados de estar anclados en el pasado e incluso de “reaccionarios”, y , por supuesto, cada país tenía sus “reformistas”, bien reforzados por los respectivos poderes fácticos, y que aplicaron con alegría los viejos dogmas de la famosa “destrucción creativa” del economista Joseph Schumpeter bajo el nuevo envoltorio neoliberal. Esta se presentaba además bajo un disfraz de inconformismo y rebeldía contra “el sistema”. Una broma similar a la de que la reina de Inglaterra, por ejemplo, se declarase republicana de repente). En España los grandes profetas de todas estas contrarreformas disfrazadas de efectividad económica fueron los politicastros del PP, pero la gran tarea de desguazar la industria española durante la famosa reconversión industrial correspondió al gobierno del PSOE de Felipe González.


¿Sirvió todo este arsenal doctrinal para revitalizar la economía? La de las clases dirigentes, por supuesto. Hacía un siglo que los ricos no eran tan ricos. Durante la presidencia de Bill Clinton, la riqueza del famoso 1% de la población creció en un 87% . Durante la de George W. Bush, creció un 77%. Y porcentajes similares se han producido durante las presidencias de Obama y Trump. 

A nivel de ejecutivos, si un alto ejecutivo ganaba 21 veces lo que un empleado medio de su misma empresa en 1970, en la época Reagan pasó a ganar unas 60 veces más, y en la actualidad son unas 250 veces más. Pero las crisis económicas ni se hicieron más raras ni menos agudas. Más bien todo lo contrario. 

A la crisis del dot.com del año 2000 le siguió la mucho más grave de las sub-prime en el 2008, con sus millones de personas desahuciadas tanto en Estados Unidos como en España, los países con mayores déficits sociales y que con más euforia habían abrazado el evangelio neoliberal. Pero esta enorme crisis a su vez ha terminado cediendo en importancia a la del coronavirus, con todo su coste no sólo en vidas humanas sino en cientos de miles de vidas arruinadas.




¿Y cuál es la reacción del sistema ante esto? Se diría más bien que consiste en que nos acostumbremos a la idea de la crisis permanente, en una especie de versión capitalista enloquecida y vuelta del revés de la “revolución permanente” de Trostky. Da igual que las crisis económicas descomunales se produzcan en ciclos cada vez más frecuentes y acelerados porque, claro está, las alternativas serían mucho peores. Y algunos episodios recientes bastan para mostrar la mentalidad de las mentes preclaras que rigen hoy en día los destinos de los mayores países de Occidente. Por ejemplo, la mentalidad del presidente del senado de los Estados Unidos, Mitch Mc Connell, oponiéndose a un subsidio de 2.000 dólares por cabeza a los ciudadanos norteamericanos porque una medida semejante sería : “socialism for the rich”. Eso con decenas de millones de norteamericanos en el desempleo o trabajando a tiempo parcial, y cuando, dado el nivel de vida y la carestía de los precios en Estados Unidos, 2.000 dólares apenas dan para cubrir los gastos de tres semanas de un solo individuo. 

Y como si el mismo plan CARES, supuestamente diseñado para proteger a la población de los estragos de la pandemia pero cuyos mayores beneficiarios fueron una vez más las grandes compañías y fondos financieros, no hubiera sido en sí mismo la mayor muestra imaginable de “socialismo para los ricos”. Por no hablar del rescate financiero masivo de toda la banca, incluyendo a la famosísima J P Morgan, de la crisis del 2008 acometida bajo la presidencia de Barack Obama, quien prefirió endosar el coste de la crisis al grueso de la población antes que a los fondos financieros cuyas prácticas la habían provocado. Pero por cierto que Mc Connell no está sólo en su opinión. Incluso columnistas del The New York Times, como el célebre Thomas Friedman, le han dado la razón en esto. 

Aunque bien mirado ¿ qué otra cosa puede ocurrir en un país en el que diversos políticos del Partido Republicano llegan a comparar a la sanidad gratuita universal –según las encuestas, deseada por un 70% de los norteamericanos- con los campos de la muerte de Pol-Pot? ¿ O en el que en su día un presentador de televisión de la Fox News llegó a situar al fallecido presidente francés Jacques Chirac en la misma familia ideológica que Stalin porque “ambos están a favor de la estatalización de la economía”? 


No cabe duda de que, en el terreno propagandístico, el triunfo de la demencia es universal.


Veletri