viernes, 10 de septiembre de 2021

LA HUIDA

 “A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco” (Michel de Montaigne). 

“Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de una vasta cueva con una lámpara y todo lo necesario para escribir” (Kafka). 

Dos puntos de vista, dos opciones vitales: huir o quedarse. Y esto ya lo sabían Homero y su personaje, Ulises, cuya odisea representa el viaje de la vida (tema recurrente en la literatura). También la literatura es, de algún modo, un viaje,  una huida. 

El hombre es un ser que huye y la historia de la Humanidad es una historia de viajes y huidas sin fin. O no, porque quedarse en el lugar al que uno pertenece es una opción. La historia humana es una dicotomía entre atrevidos y cobardes, inquietos e inmóviles, aventureros y conformistas, Montaignes y Kafkas. 

Está claro que esto de la huida empezó hace cientos de miles de años cuando el hombre apareció en África y desde allí “huyó” por lo ancho y largo del planeta, empezando por Asia y después Europa y Oceanía. Esto es muy conocido, pero pocos conocen la historia de los bantúes (originarios del antiguo Lago Chad), que desarrollaron durante el segundo milenio A.C. unas capacidades agrícolas y un dominio de la metalurgia que originaron un aumento de población y la necesidad de emigrar. Esto les enfrentó a pueblos cercanos,  que tuvieron que huir. Se ve que  esto de la huida, como  el  rascar, todo es empezar (y no conoce de etnias ni culturas).  

Las huidas bárbaras (perdón, las invasiones bárbaras), son un clásico. Los alemanes llaman a este periodo  “Völkerwanderung” (migración de gentes) y los anglosajones “The Migration Period” (periodo de migraciones). Lo cual que godos, suevos, vándalos, anglos, sajones, jutos, francos, lombardos, burgundios  y demás,  huían mientras emigraban y se empujaban unos a otros (además de a los romanos, claro). Huidas que conformaron esa Europa a la que hoy quieren venir los huidos del hambre y la miseria.

El descubrimiento de América supuso una buena huida para mucha gente sin oficio ni beneficio: entre 1820 y 1930 más de 50 millones de europeos huyeron a América. Voluntariamente, claro, porque  la migración forzada de esclavos entre los siglos XVII y XIX, llevó a millones de africanos a América, cosa que inauguró España en el año 1501 cuando llevó a los primeros esclavos africanos a la isla de La Española. En apenas 350 años entre 12 y 15 millones de africanos cruzaron el Atlántico para ser esclavizados en América. A esto habría que sumar los más de millón y medio que murieron en el transporte.



 Pero no pensemos que esto de la “huida” forzada de esclavos es cosa del “malvado hombre blanco eurocéntrico, occidental y dominante” que apareció con el descubrimiento de América. En absoluto, porque ya los egipcios utilizaron el Nilo como ruta de esclavitud (que fue utilizada más tarde por otras civilizaciones). Después le llegó el turno de los omaníes, quienes pusieron en Zanzíbar el mayor nudo comercial de esclavos de la época. Y después los negreros musulmanes, que trabajaban a destajo (17 millones  de esclavos), más que los negreros europeos (11 millones). Por no hablar de los piratas berberiscos, que hicieron “huir”  a europeos al norte de África: hasta un millón y cuarto de cristianos europeos que capturaron en las costas del Mediterráneo, llegando a Paises Bajos, Inglaterra e incluso Islandia  (que se lo cuenten a Cervantes, que estuvo “huido” en Argel). Por no hablar de la esclavitud prehispánica de los mayas, aztecas e incas (supongo que les incrustarían a sus esclavos su relato dominante “mayacéntrico, aztecocéntrico e incacentrico” mientras los “huían”). Ah, y los chinos también (para los admiradores del ascenso geopolítico de China que hablan con victimismo de su opresión colonial por Occidente). 

Habría que citar la huida del exilio republicano tras la Guerra Civil Española hacia Francia y América (un millón de españoles). Y la de los judíos que salieron de Europa (principalmente Alemania y Austria) cuando Hitler llegó al poder y que huyeron a Israel tras el holocausto (siglos antes los españoles ya les habíamos hecho huir). Y los alemanes que huyeron de Polonia, Rusia o Ucrania a la nueva Alemania tras cambiar las fronteras después de la Segunda Guerra Mundial (14 millones). Y los 30 millones de desplazados tras dicha guerra. Y la huida de  los griegos de Turquía y turcos de Grecia antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial. Y la huida de musulmanes e hindúes de India y Pakistán tras la partición de 1947. 

La huida sigue hoy en las guerras en Siria,  Afganistán, Irak, Somalia, Libia Yemen, Eritrea  y muchos otros países. Y en las huidas de emigrantes que buscan una nueva vida en Europa y Estados Unidos. Y las huidas de españolitos del campo a las ciudades en los 50, 60 y 70 del siglo pasado. 

Las huidas de las que he hablado son colectivas, grupales, externas. Pero hay otras individuales, internas e inherentes al ser humano: las huidas personales, de nosotros mismos. Son huidas dolorosas de recuerdos traumáticos del pasado, de un amor no correspondido, de una familia poco cariñosa, de una religión que no nos llenó, de un ideal político que nos decepcionó. Huidas en busca de un nuevo yo con una nueva vida. Estas huidas van con una sensación de no lugar en el mundo, de sentido perdido o nunca encontrado, de la inutilidad de cualquier propósito humano.  

Muchas personas se pasan la vida huyendo. Creen que evolucionan, que crecen, que mejoran, pero en realidad huyen de su mediocridad, miedos, fracasos y frustraciones. Huidas existenciales de una vida aburrida y predecible tras esperar demasiado tiempo a Godot. Huidas de responsabilidades y obligaciones, huidas por dejación y abandono de la lucha vital. Huidas de la realidad real para sumergirse en una realidad virtual de pantallas, monitores e Internet que nos acoge en la sociedad del espectáculo. Huidas del yo real al yo idealizado de Photoshop y Facebook. Por no hablar de la huida final: el suicidio, muy frecuente en este Occidente opulento.

Sea exógena o endógena,  la huida forma parte de nuestra vida. Aunque no sepamos hacia donde, como decía Montaigne. Claro que la alternativa es quedarse estático y fosilizado. No sé qué es peor. Como decían The Clash, ¿debería quedarme o debería irme? 

Un Tipo Razonable