sábado, 18 de septiembre de 2021

EL BELLO VERANO

 La trama de la breve novela “El bello verano” de Cesare Pavese, probablemente el más chejoviano de todos los autores italianos,  es bien sencilla. La joven Ginia, la protagonista, está obsesionada en ser aceptada por un pequeño grupo de amigos, el núcleo del cual es Guido,  un pintor especializado en retratar mujeres desnudas. Junto con su amiga más mayor Amelia vive una serie de experiencias que podríamos llamar iniciáticas en su camino hacia la edad adulta. Por fin, y tras algunas rupturas, se reconcilia con el grupito en cuestión. Pero más que lo que se cuenta, lo importante es cómo se cuenta. Ese estilo en apariencia distante –también como el de Chejov en muchos de sus relatos- pero con el que Pavese consigue demostrar su empatía hacia sus propios personajes y la importancia en la existencia de cada individuo de sucesos en apariencia insignificantes. 

Aunque Pavese en persona no escribió guiones para los directores del neorrealismo italiano, sus historias habrían encajado perfectamente en los cánones artísticos de este movimiento. De hecho, la cuarta película de Michelangelo Antonioni, “Le amiche”, estaba basado en la novela de Pavese “Tra donne sole”. El neorrealismo, dos de cuyos primeros éxitos más sonados fueron “Roma città aperta”  (1945), de Roberto Rossellini, -un testimonio de los últimos meses de la ocupación alemana y gobierno fascista en Italia- y “Ladrón de bicicletas”  (1948), de Vittorio de Sica, era un estilo de cine nuevo y refrescante, que en mi opinión abriría las puertas de lo que luego sería el “cinema verité” francés, pero que no tenía nada que ver con el cine de Hollywood, con sus enormes gastos en decorados, actores de primera fila y  secundarios y efectos especiales, por no hablar del technicolor, sino que se basaba en narrar las experiencias de gente sencilla que se encontraba en situaciones angustiosas o dramáticas a las que tenía que hacer frente como pudiera. Y para ello, se solía recurrir a actores no profesionales que no sólo resultaban mucho más económicos a la hora de presupuestar la película, sino que, sobre todo, transmitían un mayor aire de autenticidad a lo que se narraba. Una gran diferencia respecto al cine de nuestros días, en el que se ve a “revolucionarias” o presidiarias salidas directamente de las revistas de modas o de la jet set cinematográfica.

 La trama de “Ladrón de bicicletas” es la siguiente: un hombre encuentra un empleo como pegador de carteles, y utiliza una bicicleta para realizar su trabajo. Pero en el primer día de su nuevo empleo, un desconocido le roba su bicicleta. Después de muchas gestiones infructuosas para recuperarla, localiza la bicicleta y al individuo que se la robó, pero el ladrón es protegido por sus compinches del bajo hampa que se unen para protegerlo. Desesperado , el hombre trata a su vez de robar una bicicleta como medio de compensar la pérdida de la suya, pero entonces es interceptado y atrapado por un gentío. Sólo la intervención de su hijo Bruno, un niño de corta edad, consigue evitar que su padre vaya a la cárcel. https://es.wikipedia.org/wiki/Ladri_di_biciclette



“Ladrón de bicicletas” lleva décadas apareciendo en casi todas las listas de las mejores películas de la historia del cine. Pero la acogida del público italiano distó bastante de ser tan calurosa. A muchos no les gustaba una película que retrataba una sociedad en la que todavía persistía tanta miseria, y las demás películas neorrealistas, como por ejemplo “Alemania año cero” (1948), de Rossellini, que explica la historia de un niño que ejecuta una especie de eutanasia sobre su propio padre bajo la influencia de la ideología nazi, trataban también temas incómodos que en general se prefería olvidar o no mencionar. https://es.wikipedia.org/wiki/Alemania,_a%C3%B1o_cero . Este cine neorrealista, de izquierdas casi por definición, apoyaba las diferentes  luchas de los partidos de progreso en Italia. Se trataba sobre todo de un cine de denuncia social, en las que se trataba  lo mismo de la pobreza que la especulación inmobiliaria o la corrupción de las clases dirigentes. Las películas de los primeros directores del neorrealismo fueron seguidas por cineastas que partían de unos supuestos estéticos ya diferentes pero que proseguían con esa filiación izquierdista; Visconti, Pasolini, Rosi, Pontecorvo, Antonioni, Scola, Bertolucci, Cavani, por citar sólo unos pocos entre una larga lista. Algunos de ellos se convirtieron en auténticas leyendas , pero poco a poco este brillante cine italiano fue devorado  no sólo por la competencia hegemónica del juggernaut hollywoodense, sino por algo mucho más cercano y bastante hortera; la propia televisión italiana. Este proceso ya había empezado en los años 70 y 80, pero cuando de verdad tomó un cariz irreversible fue con la televisión de Silvio Berlusconi y su profusión interminable de “velinas”, con la erotización y el embrutecimiento generalizado de un espectáculo televisivo que ya era de por si banal antes de la llegada del “Cavaliere”. https://www.elperiodicodearagon.com/vida-y-estilo/gente/2011/02/14/velinas-acusan-silvio-berlusconi-47664747.html 

 

Pero el público, en su gran mayoría, prefirió la puerilización y vulgarización –cuando no degradación- de contenidos al cine en general, y, en especial, al cine de calidad y ya no digamos comprometido. Hoy en día, el cine europeo  –no sólo el italiano- ha abandonado toda pretensión artística y ya no digamos la de crear nuevas corrientes cinematográficas, porque eso ha quedado “old-fashioned”, demodé, en el marco del pensamiento único actual, que abarca también todo lo relacionado con las artes. Los nuevos Viscontis, Antonionis, Truffauts, Goddards, brillan por su ausencia, con quizá rarísimas excepciones que procuran ser lo menos molestas posibles.  Este cine europeo de las últimas décadas se limita en su gran mayoría a tratar de reproducir los esquemas norteamericanos, aunque en algunas producciones todavía puedan apreciarse rasgos diferenciales europeos. De ahí el revuelo que causa una película como “La Grande Bellezza”, de Paolo Sorrentino, ganadora de un Oscar a la mejor película extranjera, con sus obvias influencias fellinianas. Aunque cabe decir que, si bien Fellini bebió en sus orígenes del mismo manantial del neorrealismo –La Strada (1954) por ejemplo-, en el conjunto de su carrera fue un cineasta brillantísimo pero seguramente el menos politizado de su generación. 

En el conjunto de la historia del cine, ese brillante período del cine italiano que duro casi tres décadas quizá sea sólo un bello verano irrepetible como el de la breve novela de Pavese. El propio Pavese se suicidaría en el año 1950 a consecuencia de un serio desengaño sentimental con la actriz norteamericana Constance Dowling. El cine engendrado y concebido en su época todavía le sobreviviría bastantes años. 


Veletri