viernes, 14 de febrero de 2020

LAS HIJAS DE LA TAUROMAQUIA



¡Oh, las dulces hijas de todo el mundo en su relación con la tauromaquia!

Las había que se aficionaban tanto que ya no se podían contener y su único tema de conversación es el de los toros.

Parece que ellas comprendieron, mejor que nadie, esa ceremonia erótico-fúnebre que es mito y demencia al mismo tiempo, y de la que tanto hablan los detractores del espectáculo.

Poblaban los vestíbulos de los hoteles de los toreros en mañana de corrida y departían con aficionados y seguidores, que trataban de cobrar su pieza en el río revuelto, aprovechando la ocasión de que los “matadores”, a esa hora, duermen en sus habitaciones de paso en espera del momento de la hora de vestirse.

La hora de vestirse es ceremonial también de mucho agrado para estas hijas de todo el mundo que se aficionaron a los toros.

Algunas llegan a conseguir la franquía de la habitación y observan con gran atención los cuidados del mozo de espadas que, lentamente y como si aquello fuera sumamente difícil, va vistiendo al maestro.

Entre los pequeños grupos de amigos que han subido a la habitación, ellas aparecen como flores silvestres que no piden más que un poco de aire y que las dejen mirar.

Se acomodan, a ser posible, en una silla que gentilmente alguno de los varones presentes le habrá ofrecido y quedan absortas en la contemplación del ritual.

Hacer encajar a un torero en su traje de luces, sobre todo el pantalón, no es tarea común. El ayudante, una vez que el torero metió las dos piernas en ambas perneras ajusta la sisa de unión de ambas en la ingle derecha y empieza a tirar hacia arriba, hasta el punto que suele izar en volandas al torero. Antes, ha tenido lugar el acomodo del paquete genital contra el muslo izquierdo y, dependiendo de la dotación del mismo, la llamada “taleguilla” surge con todo su (mayor, o menor, todo sea dicho), esplendor.

Y aquí, el arrobamiento de nuestras hijas del mundo, alcanza su momento más álgido, pues contempla el atributo físico de lo que se supone que un torero tiene que tener para enfrentarse a la fiera. Y suspira.

Luego, cuando el matador se va para la plaza entre un revoloteo de apretones de mano, ellas, con toda la unción del mundo, depositan amorosamente un beso en la mejilla del ídolo. El corazón les late demasiado y se dicen para sus adentros que esa noche dormirán sin limpiarse el “rouge”.

Las hay de todas las edades y las hay que hasta se desplazan desde California cuando su torero preferido comienza la temporada. Ha habido más de un torero que ha tenido que soportar, con la sonrisa en la boca, el latazo de esas seguidoras recalcitrantes, que suelen ser, a menudo, talluditas.

Después de la corrida vuelven al hotel y esperan la ocasión de poder despedir a su torero, que sale precipitadamente para tomar el avión.

Ellas, como si el ídolo estuviese allí, como si no se hubiera marchado y aún se notase su presencia en el vestíbulo, se quedan en el bar tomando una copa y cambiando impresiones con algún ligón de ocasión que quiere prepararse la noche.

Hay quienes llegan con la premeditada intención de pasarse a un torero por entre las ingles, pero no tardan en darse cuenta de que los toreros, en temporada, andan un poco escasos para estos menesteres. Excesivas eyaculaciones y la lidia, aunque las dos son “corridas” están más bien reñidas en la mentalidad muchas veces supersticiosa del torero. Aparte de que resta fuerzas, según el acervo popular.

Hace años, en Sevilla, se andaba mal de alojamiento y tuve que acogerme a un hotel de cuadrillas. Una inglesa, que aquella tarde había pretendido los favores de un matador, se había tenido que contentar con sus subalternos, que la llevaron al hotel y, ya metidos en juerga, la vistieron de picador.

La mujer en cuestión, dando trompicones por los pasillos y dejando a su paso un pestazo a vino fino que tiraba de espalda, tenía casi el aspecto de ir a participar en un aquelarre.

Las dulces hijas de todo el mundo no se aficionan en bloque a los toros, pero las que lo hacen acostumbran a propender al entusiasmo más desenfrenado.



Flan Sinnata