martes, 3 de enero de 2017

EL CAPITALISMO A CARA DESCUBIERTA

Un mal día te levantaste con los oídos taponados. Desde hacía tiempo se fue acumulando el cerumen en tus pabellones auditivos sin que tú le prestaras la menor atención e, inexorablemente, aquella execración (alentada por tu propia indiferencia) acabó dejándote medio sordo. La primera impresión fue traumática, pasaste el día intentando quitarte los tapones de los oídos, sin ningún éxito. Pasaron días, semanas, meses y, de manera imperceptible, poco a poco, te fuiste acostumbrando a ello. 
Al punto de que llegaste al convencimiento de que todo cuanto oías era lo que se tenía que oír, que el ruido del mundo no era otro que el que llegaba a tus tímpanos.
Pasaron los años, muchos años, y, por el propio acartonamiento de la senectud, al igual que se te cayeron los dientes, el cerumen se desprendió de tus oídos. De repente, para ti, el ruido del mundo sonaba con estruendo y portaba mensajes luminosos, verdades dolorosas que hasta entonces no pudiste imaginar.

Hoy siento como si mis oídos, después de largos años de sordera, se hubieran liberado de aquella dolorosa escoria que no me dejaba oír más allá de mis orejas. Por fin se me ha abierto la última puerta que me cerraba la entrada a ese último espacio que conecta con todos los demás conocidos para mostrarte la simple y llana realidad, hasta entonces tan arcana.

La política ha muerto. Y mientras duró, solo lo hizo para servir de tablero al ajedrez al que secularmente han venido jugando los amos del mundo, en el que la inmensa mayoría de los seres humanos han servido de piezas.
Durante toda la historia, los amos han jugado al ajedrez en el tablero de la política o en el campo de batalla para repartirse la tierra. Para ganar la partida, ninguno de ellos ha dudado jamás en sacrificar los peones (el común de la gente), los caballos y alfiles (sus capataces), las torres (sus gestores), a la reina (su mujer de paja).

La inmensa mayoría de los seres humanos ha dejado sus vidas en oficios, ciencias, tecnologías, artes, con tres únicos objetivos: ganarse el sustento, mejorar la condición humana y saber. Los amos no, el único anhelo de los amos ha sido (y es) someter al resto, valerse de ellos para asegurarse una vida de ensueño, sin importarles la suerte de los otros. De tal manera que, con el tiempo, han desarrollado un odio visceral al común de la gente. Desprecian a todo aquel que no sea de su condición, utilizan a la gente cuando les es necesario y, cuando no, la condenan a la miseria. 
Cuando, por ejemplo, vieron una gran ocasión de negocio en la construcción, no duraron en privilegiar a los profesionales del gremio, no les escandalizó que una buena parte de la juventud dejara los estudios, comprometiendo su futuro, para coger la llana. Estallada la burbuja inmobiliaria, los trabajadores que, sin saberlo, la hicieron posible, acabaron en la ruina.

La acumulación de capital tiene como única finalidad ética el sostenimiento de la economía productiva, la generación de puestos de trabajo y, en última instancia, el fortalecimiento del estado de bienestar. El capitalismo financiero ha dado al traste con todo ello, pues su único objetivo es maximizar la desigualdad, el superlativo enriquecimiento de unos pocos a costa  del miserable empobrecimiento de la inmensa mayoría, el acopio de todas las fuentes de riqueza, la destrucción masiva de los puestos de trabajo por medio de la tecnología.

Los ricos son felices viendo como el resto se pelea jugando a la política, una política inocua para ellos. Es desolador observar la tibieza de hasta los más radicales políticos del planeta que, en el mejor de los casos, apenas serán capaces de arrebatarles las más miserables migas del pastel. 
Hoy el 1 % de los seres humanos atesora el 90 % de la riqueza del planeta. Y la cosa va a más. A la política se le ha pasado el arroz, la única solución para la especie humana es que el capitalismo reviente. Aunque, evidentemente, los primeros en padecer sus consecuencias serán, una vez más, los pobres.

Muchos expertos dicen que el colapso del euro está al caer y que antes de 2020 el sistema se irá a la mierda. Bonita distopía. Y, por cierto, no hay algoritmo imposible.

Croniamental

sábado, 17 de diciembre de 2016

ESPAÑA Y LOS ALGORITMOS

La zapatiesta del PSOE, que amenaza cronificarse, tiene en Zapatero a un buen aliado. La ha liado, ahora, al tomar partido por Susana Díaz, antes de que ella misma se haya postulado como candidata en un congreso que aún no se atisba en el horizonte. Mientras tanto, Pedro Sánchez persevera con ahínco en su peregrinación a lo largo y ancho del país, recabando apoyos populares, cual nazareno por tierras de Judea.

La sociedad española vive sumida en un sinvivir producto de la distopía hegemónica de una clase política que se ha perpetuado a lo largo de su historia, construida sobre dogmas delirantes tales como su supuesta tradición cristiana (borrando de un plumazo el arrianismo anterior a Recaredo, los ocho siglos de dominación árabe o el agnosticismo bastante generalizado en el siglo XIX y el primer tercio del XX), la idealización de una nación que ha de perpetuarse eternamente como una unidad de destino en lo universal con vocación de imperio, la incuestionada estructura estamental de la sociedad.

Hoy quieren convertirnos a los españoles en camareros a tiempo parcial; en cualquier otro sector económico que no sea la hostelería somos improductivos. Pero, como hay que mantener las universidades abiertas, pues hagamos de ellas fábricas de mano de obra barata para el mercado laboral exterior. A España se viene a comer, beber, echar la siesta y cocerse cual langostino en la playa. Bueno, y a ver fútbol.

Las muchas crisis que padecemos a nivel mundial se podrían resumir en una sola: la pandemia del maldito algoritmo. A finales de la década de los ochenta del siglo pasado, surgió el primer brote de esta enfermedad: el Control Numérico. Algoritmo que vino a sustituir los trabajadores de la industria manufacturera por máquinas-herramienta, robots. A partir de ese momento, la enfermedad se expandió como una plaga. Los algoritmos se desataron. Llegó el algoritmo que invadió viviendas y oficinas, enganchando a toda la población mundial a una red telemática repleta de servicios gratuitos. La prensa, la industria discográfica, los centros de formación, los pequeños comercios, están siendo borrados del mapa por sus análogos virtuales. Y lo que te rondaré.

Más pronto que tarde, todas las actividades humanas productivas serán sustituidas por los algoritmos. A todo profesional le llegará su algoritmo letal. No se me ocurre ni un solo oficio que no pueda ser resuelto por un algoritmo. La inteligencia práctica del ser humano está siendo sustituida por la inteligencia artificial a pasos agigantados. Llegará el día en el que no se necesite a nadie para llevar a cabo una actividad productiva. Si a esto añadimos que vamos en camino de descubrir el algoritmo que te garantice unos pingües beneficios especulando en la bolsa desde tu celular, pues, no sé yo en qué puede acabar todo esto. Igual alcanzamos el paraíso terrenal y nos libramos de la maldición bíblica que nos condenaba a vivir con la frente sudada. Lo que es más probable es que lleguemos al 100 % de paro.

Mientras tanto, en su concepción imperialista del Estado, el PP manda a una adelantada a Catalunya para cuidar del buen gobierno en ese virreinato. Y el PSOE sigue enredado en su zapatiesta, uniendo su destino al del PP, el partido que aún no se ha enterado de que está al acecho el algoritmo que le devolverá a las tinieblas del siglo XVI, de donde no tenía que haber salido nunca. Ese algoritmo justiciero tiene color morado.
Felices fiestas al personal.

Croniamental

sábado, 3 de diciembre de 2016

SOFÍSTICA: LA PERVERSIÓN DEL ELOGIO AL SABER.

La sofística empezó bien, pero acabo mal; como casi todo lo bueno que se pone en manos del común. Eurípides habla de “la sabiduría práctica del buen gobierno”. El caso es que los autoproclamados sofistas se debieron de extraviar un poco, pues el bueno de Píndaro acabó despreciándolos, llamándolos “charlatanes”. 

En un principio, sofista era aquel que se dedicaba a la enseñanza de la sabiduría, creo yo, en términos socráticos; es decir, para el buen gobierno de la ciudad uno ha de ser virtuoso, ha de perseverar en el cuidado de uno mismo, entendiendo –como pensaba Sócrates- que uno era su alma, el cuerpo algo que pertenecía al alma (pues era aquella la que gobernaba a este y no al revés)  y los zapatos, camisetas y abalorios varios y diversos, propiedades del cuerpo. De tal manera que uno era, básicamente, su alma. Por lo tanto, era a ella a la que debía dedicar especial atención aquel que pretendía gobernar a sus semejantes.

Luego llegó la quinta de Protágoras y la cosa cobró un cariz muy distinto. Protágoras fue el primer sofista profesional de la Historia; mucho antes que Antonio Garrigues Walker, Luis Romero, Le Morne Brabant, o tantos otros picapleitos de fortuna. El sofista, al estilo Protágoras, era aquel capaz de engordar todo argumento débil y dotar a sus clientes del don de la impunidad; obviamente, cobrando un pastón y despreciando la máxima virtuosa que predicaba Sócrates y que, al fin y al cabo, le llevó a la cicuta. Sorprendentemente, Protágoras (por encargo de Pericles) fue el primer redactor de una constitución en la que se recoge la enseñanza universal y gratuita.

De la manera en que Heráclito, Hegel y Feuerbach componen el forjado histórico sobre el que se ha construido el materialismo histórico (pensamiento epistemológico que nos permite, con cierta solvencia, explicar las transformaciones sociales a través de la historia), la sofística podría iluminarnos en la compleja construcción del individuo quien, cuidándose de sí mismo –desde el punto de vista socrático-, acaba siendo capaz de gobernar, de hacerse cargo de los asuntos de la comunidad de manera virtuosa.

Pues, para no extenderme más (y yendo al arroz), he de manifestar mi percepción de que en este país hay dos categorías de representantes públicos: los sofistas la estilo Eurípides (repúblicos de la política) y los sofistas estilo Protágoras (especuladores del politiqueo). En definitiva, cuando a Podemos se le califica de “populista”, el que lo hace se está definiendo como “elitista”. De modo y manera que, si he de elegir entre el populismo y el elitismo, sin duda, me quedo con el primero. Pueblo contra élite, son ellos, los elitistas los que lo tal dicotomía han significado. No yo (si no, que se lo pregunten a Sócrates).

Croniamental